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Argentina, o el sabor de una nueva generación

La película de Carlos Carrera, presentada en competencia oficial, explica por sí sola el escándalo que desató en México: Gael García Bernal es un cura inmerso en las oscuridades terrenales de su orden, que remiten al pasado y al presente. El cine argentino, en tanto, talla fuerte en el País Vasco.

Al costado de la competencia oficial, al lado de los grandes nombres del cine internacional, a prudente distancia, incluso, de los directores consagrados de su propio país, una nueva camada de realizadores argentinos se foguea en el circuito internacional participando de “Made in Spanish 02”, la sección con que el Festival Internacional de Cine de San Sebastián rinde tributo a las nuevas tendencias. La excusa es una minicompetencia –con un premio de 18 mil euros– entre un grupo de películas experimentales o documentales cuyos temas estén relacionados con los intereses globales de la comunidad hispanoparlante, pero en rigor la muestra se ha constituido en un termómetro de las nuevas tendencias, en que tallan fuerte los directores del llamado Nuevo Cine Argentino.
De las trece películas extranjeras elegidas por los organizadores, nada menos que seis son argentinas: Caja negra, de Luis Ortega, El juego de la silla, de Ana Katz, Mercano el marciano, de Juan Antín, Sudeste, de Sergio Bellotti, Un día de suerte, de Sandra Gugliotta, y Un oso rojo, de Adrián Caetano. Bolívar soy yo, una coproducción colombiano-francesa, dirigida por Jorge Alí Triana, Francisca... ¿de qué lado estás?, una coproducción española-mexicana-alemana dirigida por la mexicana Eva López-Sánchez, y O invasor, del brasileño Beto Brant son otras de las presencias llamativas en esta competencia paralela, un bocado de cardenal para los que buscan en el cine algo más que relatos y formas tradicionales, entre ellos miles de jóvenes españoles desvelados, que por momentos parecen los verdaderos protagonistas del Festival.
Si Adolfo Aristarain, que produjo una catarata de elogios en los medios españoles con Lugares comunes, y Carlos Sorín, que mañana entra en competencia con la en Argentina inédita Historias mínimas, juegan en primera en este nivel de festivales, el seleccionado de nuevos realizadores y actores a los que la “Spanish 02” corporiza a los ojos de la crítica y el público europeos es un muestrario, de los varios posibles, de la pujanza de la segunda división del cine argentino. Una camada llena de gracia, contrastes, bullicio, nuevos acentos y nombres, matices políticos y, por qué no, de estéticas contrastantes. De hecho, hay un abismo entre la gravedad de la historia que cuenta Sandra Gugliotta en Un día de suerte, la historia de una chica de San Cristóbal que, expulsada por la situación argentina, se va a vivir a Italia, para descubrir allí que ése no será su lugar en el mundo, y la liviandad jocosa, volada y por momentos subversiva de Antín hijo en Mercano el marciano, de inminente estreno comercial en la Argentina. Para Gugliotta, Buenos Aires es una ciudad a la que hay que volver, para Antín un sitio del mundo que ni los marcianos pueden entender.
Bellotti filma ortodoxamente en el delta del río Paraná Sudeste, su adaptación de un cuento notable de Haroldo Conti, lleno de sus tópicos, mientras Ortega hace público un extraño y complaciente ejercicio personal, no exento de riesgo y de escenas poéticas pero fuera de foco en una Caja negra que es, a su vez, una declaración de amor a Dolores Fonzi. Esa distancia –la misma que va del pulso consagrado de Caetano en Un oso rojo a la gramática iniciática de Katz en El juego de la silla– no molesta, ni desentona, ni siquiera incomoda. Por el contrario, es una confirmación de la pujanza y variedad de esta camada de directores y productores que vienen lavándole la cara al cine argentino, aun cuando mezcle películas notables con películas fallidas, concepciones de elite con intentos por impactar en el corazón de las masas, meros devaneos esteticistas con historias necesarias y bien construidas.
La generación de Pablo Trapero y Lucrecia Martel, de Adrián Caetano y Bruno Stagnaro, producto a su vez de la explosión de las escuelas de cine y del vacío de los discursos del cine argentino anterior, no viene a San Sebastián en busca de premios –aunque a ninguna de las películas le vendrían mal los euros al ganador de “Spanish 02”– sino más bien para encontrarse con un espejo que le devuelve una imagen impactante, la de ser centro del interés mundial. Ya se sabe, y parece imposible, mirando el resto de la realidad argentina: luego de la oleada mundial de interés por el cine iraní, de la posterior moda del cine oriental, hay ojos de todo el planeta considerando que la nueva cosa es el cine argentino. Para el marciano de Mercano..., ésta sería una prueba más de que la Argentina no sólo es difícil de soportar, sino también imposible entender.

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“Un oso rojo”, de Adrián Caetano, uno de los seis films argentinos de la sección “Made in Spanish 02”.
 
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