ESPECTáCULOS › EL ACTOR EDUARDO BLANCO PROTAGONIZA “EL ULTIMO DE LOS AMANTES ARDIENTES”

“La comedia es un asunto muy serio”

Lució en el cine, como amigo de Ricardo Darín en “El mismo amor, la misma lluvia” y “El hijo de la novia” y regala su talento a sus papeles televisivos. Como protagonista de la obra de Neil Simon, “que se ocupa de una palabra en desuso: decencia”, el carismático intérprete habla, entre otros temas, del valor del humor en tiempos de crisis.

 Por Silvina Friera

Para el actor Eduardo Blanco, un porteño que se define como un “muchacho de barrio”, criado en un conventillo de Pompeya hasta los 4 años y el resto de su infancia y adolescencia en Munro, la catástrofe del país “está más allá de cualquier intelectualización, tiene que ver con el sentir”. Ese sentimiento se contrapone con el buen momento laboral que vive el actor de El hijo de la novia, que acaba de estrenar el jueves pasado El último de los amantes ardientes en el teatro Metropolitan (Corrientes 1343). La comedia de Neil Simon, dirigida por Carlos Evaristo y protagonizada durante 2001 por Fabián Gianola, cuenta con las actuaciones de Emilia Mazer, Laura Oliva y Patricia Etchegoyen. “No tengo ninguna fortuna en el corralito. Al contrario, simplemente me quedó dinero que cobré por los trabajos que hice el año pasado y que no llegué a retirar. Lo daría con gusto si supiera para qué. Pero en estas condiciones lo estoy cediendo para lo mismo, a un gran pozo negro, como sucedió desde que tengo uso de razón. Así entregamos las empresas del Estado, la educación y la salud”, dice Blanco en la entrevista con Página/12. “Los responsables de esta situación deberían estar presos, pagar por las culpas cometidas. La gente que nos gobierna no es creíble y no me refiero sólo al Ejecutivo, sino también al Poder Judicial y los legisladores -.se enoja el actor–. No tienen vergüenza, deberían renunciar todos”.
Aunque cuando habla sobre la situación argentina, Blanco muestra una mezcla de tristeza y furia contenida –que sabe que comparte con sus afectos más cercanos–, siente esperanza en el futuro porque “la gente se despabiló un poco, está con la cacerola en la mano, siempre alerta”. Sin embargo, el actor reconoce que los cambios históricos se manejan con otros tiempos, por cierto, muy distintos al de las necesidades individuales. “No obstante, la vida debe continuar. No nos van a quitar las ilusiones por más que se esfuercen y se esmeren mucho”, subraya Blanco, recordado por los personajes cinematográficos de El mismo amor, la misma lluvia y El hijo de la novia, films originados por la dupla creativa integrada por Juan José Campanella y Fernando Castets, dos entrañables amigos del actor. En “Primicias”, de la mano de Pol-Ka, se puso en la piel de Zorlegui, un periodista sin escrúpulos que conducía un talk show con tendencia amarillista. “Inevitablemente, la gente lo relacionó con Mauro Viale, aunque no fue una imitación de él porque Zorlegui no se agarró nunca a trompadas en cámara”, ironiza el actor. “Para componer a ese cínico recurrí al zapping y tomé algunas de las características de los diferentes periodistas y conductores de talk show”, agrega Blanco, que participó de la gestación de Teatro por la Identidad. “Es un movimiento maravilloso. Al ciclo 2001 fueron mil quinientas personas por día y muchos pibes se presentaron en la sede de Abuelas para hacerse el ADN porque querían saber su verdadera identidad”, comenta este “muchacho de barrio”, tan parecido al cineasta y actor Roberto Benigni, que dio sus primeros pasos en el teatro independiente con el maestro Roberto Durán.
Blanco, que disfruta del buen momento laboral, sabe que la vida del actor es fluctuante y contradictoria. Y padeció en carne propia la depresión de ser un desocupado sin ahorros ni perspectivas inmediatas. Por esa ambivalencia de la profesión, comercializó bebidas blancas y café en bares, vendió cacerolas (sin saberlo un precursor en el género) y cuanta cosa le permitiera ganarse unos mangos, manejó un taxi y en los 90 armó una productora publicitaria junto con Castets, que sucumbió por el efecto tequila. Blanco conoció a Campanella cuando estaba en un grupo de teatro. El director buscaba actores para Victoria 392, un largometraje en Súper 8, filmado los fines de semanas durante catorce meses, que llegó a exhibirse en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín. Blanco,elegido para protagonizar el film, entabló una gran amistad que se prolongaría en el tiempo y en tres películas que transformarían al actor en una especie de objeto de culto, un actor fetiche de Campanella. Su primer éxito teatral fue en 1982 con Off Corrientes, escrita por CastetsCampanella y apadrinada por Aída Bortnik, en la que encarnaba a un asistente en una productora de publicidad que soñaba con dirigir cine.
El próximo 12 de febrero se sabrá si El hijo de la novia participa en la puja por el Oscar a la Mejor Película Extranjera. “El cine tiene una magia especial. En todos los lugares en donde estuvimos ganamos el premio del público, además de otros premios. Los jurados hablan entre sí para consensuar. El público es espontáneo y no charla con nadie para ver qué vota”, apunta Blanco. “Es un año difícil porque hay mucha competencia; las películas extranjeras, como la francesa Amélie, son muy buenas, pero tengo mucha fe, creo que El hijo... puede ganar. No tengo ninguna fantasía ni expectativa de trabajo en Estados Unidos. Me encantaría ganarlo por Campanella, sería una ironía de la vida que me agrada. Campanella se fue con un puñado de sueños para trabajar en Estados Unidos, a la meca del cine, y recién pudo ingresar en ese mundo volviendo a la fuente, contando las historias propias”, sugiere el actor.
“A veces participo en obras, películas o programas de televisión que aluden sobre alguna problemática nuestra más directa. Ahora me toca enfrentar otro tipo de trabajo como en El último de los amantes ardientes, una comedia inteligente, que habla de los afectos y reflexiona sobre la decencia, una palabra prácticamente en desuso”. Quizás porque el exceso de información sobre la situación del país resulta asfixiante, Blanco admite que con la comedia de Simon el público se va a divertir. “Tanta realidad me resulta en lo personal agobiante. Es desesperante saber que hay unos cuantos millones de personas que no tienen ni para comer. Lamentablemente, no estoy haciendo esta obra para esa gente. Pero hay productores y artistas que a pesar de todo invierten en el teatro”, sostiene.
–En momentos tan críticos, ¿el humor funciona como catarsis?
–Sí, en épocas de crisis el humor es fundamental, porque la gente necesita desconectarse. Para mí la comedia es una cosa seria. Tiene posibilidades de plantear situaciones complejas y hacerlas llegar a la gente, muchas veces mejor que la tragedia porque el espectador entra sin darse cuenta. Yo, en lo particular, necesito del humor porque me brinda un envoltorio mucho más elegante y menos agobiante. El último de los amantes ardientes tiene mucho humor y excelentes diálogos. Además, cuestiona las relaciones de pareja. Barney es un hombre común que lleva 17 años de casado y vive en una rutina que lo coloca en una situación límite. Entonces siente la necesidad de algo más y decide probar con tres amantes. Siempre trato de no juzgar los personajes que interpreto. Busco comprender la escala de valores, el mecanismo del accionar de esos personajes, sea un asesino serial o un padre de familia. Voy por la vida observando y tratando de meterme dentro de cada mundo.

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