SOCIEDAD › LAS MUJERES QUE PISAN FUERTE EN LA BICICLETA DE LA CITY

Arbolitas

Algunas eran promotoras callejeras; otras, estudiantes. Hay extranjeras -peruanas, bolivianas– que hasta hace poco vendían en puestos improvisados. Todas ellas son ahora arbolitas: aprendieron con velocidad los trucos de la selva y dicen que consiguen más clientes que los hombres.

 Por Alejandra Dandan

Para empezar hay que olvidarse de Buenos Aires. Por un rato, ninguna de esas doce cuadras de la city es lo que parece. Están los bancos, están las agencias de cambio, pero en medio de todo eso hay un furioso tránsito humano que, sotto voce, trabaja en el oscuro mundo del dolar paralelo. En ese mundo que tiene un staff de arbolitos bien populares desde la disparada del dolar, están cambiando las cosas: hace unos días entraron las arbolitas superpoderosas. Ellas son las mujeres que, hartas de las promociones callejeras y los puestos ambulantes, largaron todo para ponerse a pedalear en la bicicleta financiera. Están tan entusiasmadas con eso de cambiar billetes que al final del día consiguen mejores números que sus colegas de especie. Las arbolitas son tantas como las caras y las procedencias. Algunas llegaron del Paraguay sólo para ganarse los 100 o 150 pesos que levantan en un día, hay de Bolivia y de Perú, pero también muchas argentinas. Ahí, en ese universo supervertiginoso y especulativo aprenden de todo, incluso los códigos de supervivencia de esta selva.
El Negro Flores lo cuenta fácil: “Mirá –dice–, son todas paracaidistas, acá ninguna es de carrera.” La carrera del Negro Flores es la de arbolito. Hace años maneja ese asunto de andar cambiando plata en la calle y nunca como ahora vio tantas mujeres. Ellas parecen decididas a cambiar de rubro como lo hicieron esas tres mujeres peruanas que se acercan tímidamente a la parada de Flores.
Las tres se aproximan ahora como una avanzada de cualquier ejército aunque sus armas, claro, no son diseños de guerra convencionales. Las de la city hacen su guerra armadas con riñoneras, lentes negros, pinturita roja en la boca y una cara de nada tan clara que podrían pasar hasta por monjitas. Están ahí, haciendo nada, contra una pared o caminando hasta que de pronto casi se paran y gritan “cambio/cambio” como en voz de guerra.
Las arbolitas paracaidistas referidas por el Negro Flores nunca fueron paracaidistas, ni hicieron saltos al vacío. Lo más azaroso en sus vidas fue, tal vez, esa incursión atrevida en esta selva donde lo único que hay son demasiados arbolitos, pero hombres. Hace unos diez días, Claudio conoció a una de ellas en una de las esquinas más top de la city.
–Tenía una mesa justo en Corrientes y San Martín.
–¿Una mesa de dinero?
–Qué mesa de dinero, de remeras, de relojes y todo eso.
Es verdad. Cuando la especulación por el dolar despertó a todo ese mundo de árboles que andan por aquí, ellas abrieron bien los ojos. Al principio sólo miraban, pero pocos días después, entre remera y remera fueron diciendo “cambio/cambio” cada vez más desatadas. Al final se desataron del todo y ahora mientras una parte aún cuida el viejo negocio, otras andan entre la gente que hace fila en agencias de cambio o en los bancos.
El mundo de arbolitas importadas del Perú es poderoso sobre Corrientes y sólo alguna parte sigue camino hacia San Martín, pero ahí, ahí es otra historia. Sólo se aceptan superpoderosas más viejas y entrenadas.
Arbolita primera
–¿Profesión?
–Directora de cine.
–¿Ocupación?
–Cambio dólares, hago cuatro horas de cola por día.
La arbolita Cristina es egresada, dice, de la Escuela Superior de Artes Visuales. Tiene 24 años y el pelo larguísimo. En la era convertible hacía una película subsidiada por el INTA, cuando la crisis se enfureció se cayó el dinero, la película y su vida entera. Se hizo árbol de día a partir del viernes 18 de enero.
–Sabés qué pasa con las minas –dice un árbol, es decir uno de los que cambia billetes un poco más adelante.
–¿Qué?
–No tienen permiso, bah... Nadie tiene permiso, pero ellas vienen, se ponen acá y te la quitan a vos que la estás “poniendo”.
Lo que “ponen” los arbolitos es lo que ellos definen como “arreglos”, una suerte de coima que les permite seguir de pie durante todo el día. El cambio es ilegal y para poder hacerlo pagan, algunos le pagan a la policía y otros a quienes trabajan para mesas de dinero clandestinas. Las chicas se salvan, o tal vez se cuidan más.
Como la chica Chips, que está ahora en Lavalle y Florida. Está dando vueltas entre la turba de gente que busca cambio frente a la agencia que está en esa esquina. Tiene un fajo en la mano, pero no tiene billetes sino unas promociones que funcionan como un cobertura. Cuando pasa alguien sospechoso dice cualquier cosa, menos ese mecánico cambio/cambio que le deja la voz gastada.
La arbolita Chips no es ni una de las amas de casa que enloquecieron con el tema de la especulación y, según se cuenta por aquí, andan también a la caza de clientes. No es tampoco una de las paraguayas que llegaron a la patria financiera para empezar con el pedaleo. Ella fue hasta ahora promotora en un local de Lavalle. Cuando empezó la cuestión con el dólar, su jefe le ofreció una comisión y un nuevo trabajo. En la misma esquina son dos, con ella está otra empleada del mismo lugar. El punto es que son más efectivas que los hombres; ellas aseguran que hacen más ventas que sus colegas de parada.
–¿Por qué es eso?
–La gente te cree más, por la cara. El tema es que con los tipos tenés que ser rápida.
–¿Por?
–Sí, tenés que ser más rápida que ellos porque si no te pasan. Pero ahora no puedo hablar, no puedo hablar.
Y dijo demasiado. Tal vez por eso, ahora mismo, un sujeto la agarra por el brazo y se la va llevando bien lento. En unos minutos, los dos desaparecerán dentro de un local de Sacoa, pero antes paran dos veces en la peatonal. Ella habla y él la reta. Ella vuelve a decir algo que ahora no se escucha y él no deja de hablarle mientras se la lleva.
En la misma esquina, el día siguiente las cosas son un poco distintas. La arbolita Chips sigue ahí con su amiga. El trabajo principal de las promotoras devenidas en especies arbóreas es ahora el contacto: buscan clientes y los ponen en contacto con su jefe. El resto de la operación queda en las manos de ese hombre y en general se cierra en cualquiera de los locales de la peatonal donde aparentemente se vende todo menos dinero.
Esa especie de vida paralela que, de pronto, aparece en todos lados, es una de las cosas que más le gustaron a la cineasta que todavía sigue haciendo la cola en Velox, una de las casas de cambio de Sarmiento y San Martín que en algunos momentos del día está repleta. En ese momento, Cristina lleva exactamente 1 hora con siete minutos esperando para cambiar 1000 dólares, tope máximo en esta agencia. Con esa suma se está moviendo todos los días. Todos los días hace una cola, cambia dólares, los vuelve a vender y con la diferencia sobrevive. La brecha entre la compra y la venta que en general es de diez o quince centavos por dólar, nada más, le da buenos resultados y por eso insiste.
La cola del Velox esta mañana está llena de agitados con espíritu cacerolero. Por lo que parece, la casa de cambio ofrece el mejor precio a la redonda.
–¿Tanto esperan por diez centavos más en el cambio?
–Qué diez centavos, ni diez centavos –dice uno–: hacé la suma, ¡es una fortuna!
Tal vez de paso, Cristina esté imaginando algunas de las mejores imágenes de Nueve Reinas. Ese contorno de pases, de manos que pasan sueltas, que disimulan pero están recargadas de dinero, tiene algo de lo que Juan llama “pasamanos”. Juan, además de arbolito, se hizo jefe dearbolitas. Un día estaba “arboleando” por Corrientes y se paró frente a una promotora. Le preguntó cuánto ganaba por día. Ella dijo diez pesos. El puso tono de retruco y le ofreció el doble: “Te doy eso, más comida, más un toque por los tipos que me traigas”.
Después de todo, nadie puede evitarlas.
–Eso sí –dice el árbol Juan–, si quieren ¡te voltean!

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Suelen llevar riñoneras o pequeñas carteras. Parecen no hacer nada, pero en el momento preciso lanzan el grito de guerra: “Cambio, cambio”.
 
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