ESPECTáCULOS › LA INDUSTRIA EDITORIAL ARGENTINA ATRAVIESA UNA CRISIS SIN PRECEDENTES

Ahora, comprar libros se parece a un lujo

La cantidad de libros publicados cayó más de un cincuenta por ciento. El precio de los ejemplares creció, ostensiblemente. La gente compró menos que nunca. Sin embargo, las editoriales, que viven quejándose, no apuntaron a lo nuevo. ¿Se convertirá la Argentina en un país factoría, por sus ahora bajos precios de impresión?

 Por Verónica Abdala

Menor cantidad de libros publicados, muchas menos novedades, tiradas bajas, suspensión de las importaciones de libros, y fuerte apuesta a la exportación. Estas fueron algunas de las medidas salientes entre las que implementaron durante este año las grandes editoriales que operan en la Argentina del peso devaluado. Es que todas, en mayor o menor medida debieron replantear sus políticas comerciales para sobreponerse a la profunda crisis económica y política que enfrenta la Argentina, y que se traduce en una situación crítica para el sector. Sin embargo, el 2002, que comenzó negro y sin que los editores se atrevieran siquiera a hacer diagnósticos sobre lo que vendría, termina con una estabilidad relativa: ahora este país bien puede ser una factoría, que convenga a las editoriales internacionales a la hora de fabricar sus productos.
El achicamiento sostenido que viene golpeando al mercado de los libros desde hace por lo menos dos años (en ese lapso cerraron 250 librerías en territorio nacional, y dejaron de publicarse 25 revistas culturales), se agudizó fuertemente en la primera mitad del año, simultáneamente al proceso de devaluación-recesión. Prueba de ello es que la cantidad de libros publicados durante el 2002 se redujo entre un 50 y un 70 por ciento respecto del anterior, según admitió el presidente de la Cámara Argentina del Libro (CAL), Rogelio Fantasía. Esa es exactamente la proporción en que cayó la venta de libros en el mismo período.
En estos últimos meses, sin embargo, la situación consiguió estabilizarse en parte, desde la perspectiva de los editores. En la otra orilla, escritores y lectores temen los efectos que puedan tener en el largo plazo las profundas transformaciones que afectan a la industria editorial.
Estas son algunas de las medidas que se implementaron en este marco: algo así como las Instrucciones para sobrevivir al derrumbe, cuyas consecuencias son aún impredecibles:
- No más importados. La devaluación condujo a la reducción y/o suspensión de la llegada de libros impresos afuera, ya que las editoriales optaron por no trasladar a pesos el costo de los libros en dólares. La cifra de libros importados circulando se redujo este año en un 95%. A través de esta medida, las editoriales consiguieron minimizar al máximo las pérdidas económicas que podrían haber sufrido de no vender el material importado, carísimo al bolsillo argentino. Para los lectores, esto supone en tanto, pérdidas que no pueden calcularse en términos monetarios: esta realidad los priva de conocer o acceder a los títulos que circulan por fuera del circuito local, lo que supone un empobrecimiento invaluable en términos culturales.
- Fuerte apuesta a la exportación. La devaluación tuvo una relación directa, a su vez, con que se empezara a imprimir en la Argentina un porcentaje importante del material circulante, lo que abarató el costo de producción y consecuentemente evitó mayores aumentos de precios (éstos aumentaron un promedio cerca de un 35% en los primeros meses del año, y luego se estabilizaron o sufrieron aumentos leves).
Un número considerable de editoriales reconoció ya a principios del año la posibilidad de exportar como una ventaja competitiva, en el mercado internacional: para los demás países, y para las casas matrices que operan en el exterior, resulta cada vez más barato producir aquí. Y a los editores locales también les conviene, pese a que el insumo básico, el papel obra, se importa y su costo aumentó casi en un 300%.
Esta realidad revirtió una tendencia más o menos extendida, años atrás, la de imprimir afuera –en España, por ejemplo– para importar luego el material. (Eso explica, por ejemplo, que novelas escritas afuera, como la última del español Arturo Pérez Reverte, La reina de sur, y susposteriores siete reediciones, se hayan impreso en la Argentina, desde donde fueron distribuidas al resto de los países latinoamericanos.)
Actualmente, son cerca de 150 las editoriales que exportan. Sus responsables, aseguran que la exportación de libros será crucial en el futuro, y coinciden en que la demanda internacional se centra básicamente en los libros científicos, las novelas y los cuentos de autores nacionales. Y algunos hasta sueñan con que la Argentina llegue a recuperar parte de la gloria perdida de mediados del siglo, cuando las editoriales argentinas –Losada, Emecé, Sudamericana, Peuser, Claridad, etc...– tenían fuerte presencia en el mercado hispanoparlante.
- Apuesta a lo seguro, menos libros, y muchas menos novedades. Las editoriales, en lo que podría calificarse como una política común destinada a hacer frente a las pérdidas desde todos los ángulos posibles, se cuidaron además, de ajustar la oferta a la demanda, para evitar los sobrantes. Esta iniciativa significó una reducción notoria del flujo de libros que se publicaron este año, y una apuesta clara a las “ventas seguras” (autores consagrados, best-sellers, reediciones de títulos exitosos etc...).
Las novedades que la CAL registró este año (hasta octubre, de todas las editoriales) son algo más de 7.500, lo que supone un abrupto descenso de títulos nuevos circulando, ya que se habían registrado 11.700, en el 2000, y 12.300 el año pasado. La cifra global de títulos registrados durante este año (es decir las novedades más las reimpresiones), entre tanto, suman 8.300, cuando en los dos últimos años esa cifra ascendía a 13.150. (Ver cuadro adjunto).
Esto también puede leerse como un dato definitivo del empobrecimiento cultural, en la medida en que las editoriales casi no publican a autores nuevos, ni están dispuestas a asumir ningún tipo de riesgos en este sentido.
“El primer libro de Kafka tiró 800 ejemplares y el de Brecht 600. ¿Qué hubiera pasado si alguien decía que no valía la pena publicarlos?” planteó el periodista uruguayo Homero Alsina Thevenet en una columna de El País de Uruguay en la que defendía la tesis de que si las tiradas pequeñas y las novedades desaparecen queda comprometido el porvenir de los países latinoamericanos. Según Thevenet, que asume el punto de vista opuesto al de los empresarios, la misión esencial del editor es la de “descubrir nuevos autores, en todo género posible, corriendo los riesgos de nuevas inversiones, pero también ganando el porcentaje de aciertos que después obtendrá”. Ante este tipo de planteos, las grandes editoriales –que intentan salvarse solas– hacen pito catalán.
- El achique, caso por caso. En su intento por hacer frente a las crisis, el grupo editorial Planeta, admitió que este año publicó un tercio del volumen de material que había sacado al mercado un año antes (de un promedio de 22 títulos por mes pasó a diez “de máxima potencialidad”, según definió su director general, Ricardo Sabanes), y aumentó en un 50% sus exportaciones. Editorial Sudamericana (perteneciente al grupo alemán Bertelsmann) bajó de 600 a 180 títulos anuales, suspendió en enero del 2002 la importación de material, y también se inclinó a exportar libros desde la Argentina a sus sedes de México, Colombia, Venezuela, Perú y Puerto Rico. Alfaguara sacó un 60% menos de novedades en relación al año anterior. Colihue publicó solamente diez de los treinta títulos originalmente planeados. Yenny-El Ateneo pasó de publicar un promedio de 8 títulos mensuales a sacar como máximo 3. Atlántida pasó de diez títulos mensuales a dos. Y sigue la lista.
Además de las reducciones más visibles, buena parte de las editoriales se achicaron hacia adentro, despidiendo trabajadores o reduciendo sus salarios. El grupo autodenominado “Trabajadores (ocupados y desocupados) autoconvocados de la industria editorial”, por ejemplo, denunció hace unosmeses una “ola de despidos masivos y de reducción de los salarios” en una cantidad importante de editoriales, entre las que se citaban “Pearson, Planeta, Emecé, Sudamericana, Grijalbo-Mondadori, Norma, Ediciones B, Aique Larousse, Santillana, Puerto de Palos, Atlántida A-Z, Colihue y Troquel”. Más allá de las consideraciones puntuales, hechos como la difusión de un documento de este tipo revela la gravedad de la situación que enfrenta a las partes.
- Una especie que desaparece: las visitas internacionales. La devaluación y el ahorro forzoso impidieron la llegada masiva de escritores extranjeros, que en años anteriores era moneda corriente. Este año, los literatos extranjeros que hicieron pie en territorio argentino son tan pocos –el estadounidense Paul Auster, el español Juan José Millás, el mexicano Carlos Monsivais, el polaco Ryszard Kapuscinsky, el peruano Jaime Bayly, la chilena Marcela Serrano, la china Wei Hui, la española Rosa Regás, son algunos de ellos–, que casi pueden contarse con los dedos de las manos. Y no se espera que la tendencia vaya a revertirse en el corto plazo.
En este sentido, las dos visitas más importante del 2002 fueron las de Auster, que vino en abril y se convirtió en la figura más relevante de la Feria del Libro, y Kapuscinsky, que llegó en octubre. Pero, oh casualidad, ninguno de los dos fue traído por sus respectivas editoriales. Kapuscinsky –autor de libros como La guerra y el fútbol y Ebano, entre otros que reúnen sus crónicas y reportajes, y que publica Anagrama– pudo venir gracias a que la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano organizó un taller intensivo en Buenos Aires, con la colaboración de la Fundación Proa. La llegada del autor de La música del azar, Leviatán, Mr. y Vértigo, en tanto, fue auspiciada por el Malba, la Fundación El Libro y el agente literario Guillermo Schavelzon. El hecho de que la Feria del Libro haya sido un éxito importante de público no es menor: fue interpretado como un gesto de resistencia de la gente que, en medio de los desastres de la vida social, busca aliento, estímulo y consuelo en la cultura. O aunque más no sea, se entretiene mirando los libros que compraría si pudiese o comprará cuando pueda.
Las posibilidades de mejoría del sector, coinciden los editores, dependen en buena medida de que la posible reactivación de la economía a un nivel más general, y aún en ese caso conviene la prudencia. Como dicen los médicos: los enfermos pueden descompensarse fácil y rápidamente, pero la recuperación casi siempre es lenta.
Los editores saben que no les será fácil levantar cabeza, en el marco de la situación general, y siguen buscando formas de satisfacer intereses que, en última y en primera instancia, son comerciales. Los escritores, más allá de las diferencias puntuales, viven el proceso con profunda angustia: muchos de ellos sobreviven inmersos en la incertidumbre de no saber si podrán publicar sus cuentos y novelas, y ni siquiera si podrán hasta cobrar lo que les corresponde por lo ya publicado. A los lectores, en tanto, no les queda más que resignarse ante una realidad que duele: el un país que añora su antiguo esplendor, el acceso a los buenos libros, empieza a parecerse a un lujo.

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