ESPECTáCULOS › LA EDICION MARCO EL CRECIMIENTO Y LA CONSOLIDACION DEL BAFICI

Una ventana porteña al cine sin concesiones

La muestra, instalada en la agenda internacional, se consolidó como una plataforma de lanzamiento del nuevo cine argentino. Además, ratificó su condición de puente ideal para transmitir al público lo más novedoso y anticonvencional que sucede en el planeta cinéfilo.

 Por Horacio Bernades

Si hubiera que definir en una sola idea el sentido que tuvo la quinta edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, la idea debería ser inevitablemente que éste fue el año de la consolidación. Desde su inauguración en 1999, el Bafici ha venido experimentando un crecimiento sostenido, tanto en términos de perfil propio como de audacia y rigor en la programación. A lo cual hay que sumarle la confirmación de un doble carácter esencial: al mismo tiempo que se constituye en plataforma de lanzamiento para el nuevo cine argentino, el festival porteño es una ventana abierta, por la que entra el cine de todas las latitudes. A todo eso debe agregársele que este año, el festival dirigido por el crítico Quintín –con sus colegas Flavia de la Fuente, Luciano Monteagudo y Marcelo Panozzo acompañándolo en la programación– creció en cantidad de películas seleccionadas, en el número visitantes extranjeros y en cifras de concurrencia a las salas.
El resultado de todo esto es que el Bafici ya está definitivamente instalado, con el máximo prestigio, en la agenda internacional. Hasta el punto de que algunos observadores muy fogueados empiezan a arriesgar la opinión de que podría tratarse, a esta altura, del evento cinematográfico más suculento que Latinoamérica tiene para ofrecer. Hay en la región festivales más grandes, poderosos y tradicionales, pero es difícil que alguno de ellos brinde al público un menú tan rico y variado, tan sistemático y osado como el que el festival porteño viene sirviendo año a año. No hay más que repasar el catálogo de la edición que acaba de finalizar para encontrarse con una programación capaz de ofrecer un panorama de lo mejor del cine internacional, estrenar las más interesantes películas argentinas y hacerse lugar para presentar, al mismo tiempo, la obra de cineastas cuyo descubrimiento es tarea pendiente hasta para los más curtidos cinéfilos y programadores extranjeros.
Para poner un ejemplo contundente, uno de los visitantes de este año –el crítico neoyorquino Kent Jones, editor en jefe de Film Comment, la mejor publicación especializada de Estados Unidos– repetía a quien quisiera escucharlo que era en Buenos Aires donde acaba de conocer la obra del cineasta suizo-canadiense Peter Mettler, a quien considera una de las grandes revelaciones cinematográficas de los últimos años. A su turno, se cuenta que no fue fácil convencer al realizador alemán Harun Farocki (de quien el Bafici ofreció este año una retrospectiva completa) para que bajara hasta Buenos Aires a acompañar la muestra. Bastó con acercarle un catálogo del festival para que el severo cineasta pidiera pasajes urgentes. Y después no dejó de ver películas, como si se tratara del más entusiasta de los aficionados.
Además de Mettler y Farocki, el Bafici acaba de dar a conocer las obras completas de otros nombres esenciales del cine contemporáneo, como el georgiano Otar Iosseliani, el alemán Fred Kelemen y el japonés Nabuhiro Suwa. Un panteón que no muchos festivales del mundo están en condiciones de erigir. Pero no todo es cuestión de panteones, ya que la grilla del Bafici brinda también la posibilidad de emprender viajes más aventurados, a territorios en los que el cine se convierte en laboratorio experimental. Allí estuvieron las películas del francés F. J. Ossang encabezando el lote de un cine cuya única esclavitud es la libertad total.
En ese mismo lote, no puede dejar de mencionarse la cabalgata a través de un continente que no suele aparecer en los mapas cinematográficos (la paralela “Una historia secreta del cine australiano”), lo más raro del cine inglés (“Gran Bretaña: excéntricos y visionarios”), las últimas olas orientales del “Nuevo cine queer de la China” o las sesiones sólo-para-noctámbulos de “Tarde o temprano” y “Del crepúsculo al amanecer”. Como consecuencia de esa variedad de ofertas, el Bafici se va poblando de las tribus más heterogéneas, cuyas fidelidades son tan estrictas como divergentes. Bastaba con comparar el público que seguía en silencio laretrospectiva de Harun Farocki con el que se despatarraba durante las películas de F. J. Ossang para corroborarlo.
Además de abrirle ventanas al público local el festival ha asumido, desde sus inicios, la responsabilidad de fomentar uno de los hábitos más acendrados del mundo cinematográfico, de los ‘90 para acá: ver y gustar del nuevo cine argentino. El evento que se abrió hace cinco años con el lanzamiento internacional de Mundo grúa –para consagrar el año pasado a Tan de repente, una de las favoritas del circuito de festivales internacionales– debe necesariamente mantener bien alta esa bandera. La edición 2003 se ocupó de multiplicar las futuras “niñas bonitas” del cine argentino en el exterior, con Los rubios (Albertina Carri) como buque insignia y Ana y los otros (Celina Murga), Nadar solo (Ezequiel Acuña), Extraño (Santiago Loza) y Yo no sé qué me han hecho tus ojos (Wolf-Muñoz) siguiéndole los pasos bien de cerca. No se trata de meros globos de ensayo: el hecho de que dos festivales del peso de Venecia y Locarno se disputen en estas horas a Ana y los otros no hace más que confirmar la importancia que el Bafici ha adquirido en el lanzamiento internacional del nuevo cine argentino.
En su edición 2003, el festival porteño no ha hecho más que consolidar ese carácter, al inaugurar el “Buenos Aires Lab”, un laboratorio para el desarrollo de films independientes que permitió a un lote de cineastas seleccionados presentar sus proyectos a posibles inversores extranjeros. Lo cual abre para el Bafici la posibilidad ya no sólo de seleccionar y exhibir cine argentino independiente, sino también de colaborar con su futuro despliegue. A la vez, la gira de casi dos meses que veinticinco de las películas exhibidas en el festival están a punto de emprender (por Córdoba y otras ciudades) tiende otro puente, esta vez hacia el interior del país, como para seguir impidiendo que la palabra cine y la palabra rutina vuelvan a ser sinónimos.

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“Ana y los otros”, de Celina Murga, obtuvo el premio especial del jurado.
 
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