EL PAIS › LO QUE SE JUEGA EL CANDIDATO DE SANTA CRUZ

El día de Kirchner

De la JP y el exilio interno, al paraguas duhaldista, la candidatura de un gobernador que se empeñó en hacer una gestión atípica, atacada y elogiada con iguales pasiones. Y que abre preguntas sobre cómo será su gestión si se confirman los pronósticos y pasa a pelear el segundo turno.

 Por Miguel Bonasso

En los años de militancia, en la JP de La Plata, sus compañeros lo bautizaron “Lupín” por el aviador de “comic” creado por Guillermo Guerrero, uno de los dibujantes que secundaron a Divito en la mítica revista Rico Tipo. En la provincia de Santa Cruz (su “feudo” según sus detractores), Lupín se convirtió en el familiar “Lupo” y esas dos sílabas, pronunciadas desde el afecto o el encono, designan algo más que un poder provincial que lleva ya tres períodos de ejercicio: el núcleo de una conducción radial que suele concentrar, antes que delegar, la mayoría de las decisiones.
Hace muchos años que Néstor Carlos Kirchner, el Lupín que estudiaba abogacía y noviaba con su condiscípula platense Cristina Fernández, se convirtió en un político profesional, es decir alguien con las espaldas anchas y curtidas para toda clase de críticas, que muchas veces debe callar lo que piensa y aliarse con los que criticó; alguien que ha transitado, visto y olido los pasillos secretos del Palacio. Un político profesional del peronismo, que hace suyo el pragmatismo del Viejo y sus consejos más socorridos: “Los ranchos también se construyen con ladrillos de bosta”. O aquella confesión de su nutrida correspondencia: “Muchas veces uno tiene que abrazar a gente a la que le patearía con gusto el trasero”. Un hombre del poder, en suma, que no ha perdido, pese a eso, algunas virtudes como ser humano que merecen citarse a su favor en el balance: su fidelidad inalterable hacia los amigos; la decisión de no reciclarse y ocultar su militancia juvenil y una notable espontaneidad para entusiasmarse o enojarse –a sus 53 años– como si fuera todavía aquel muchachón de un metro ochenta y siete que pintaba “Luche y vuelve” en las remotas paredes del año ‘72.
Si hoy accediera a la segunda vuelta y el 18 de mayo se impusiera en el ballotagge, habría que ver cómo coexisten en el nuevo Presidente la tendencia conservadora hacia la realpolitik, las mañas del Príncipe, junto con la fidelidad a una gesta que para él ya fue, que correspondería a un mundo ya extinguido, pero que cada tanto lo reclama desde una nostalgia que le pone límites al realismo. Que lo haría entrar en contradicción consigo mismo, por ejemplo, cuando el establishment le reclamase (como seguramente lo hará) la criminalización del conflicto social.
Néstor Carlos Kirchner (el Carlos ha quedado suprimido), nació el 25 de febrero de 1950 en Río Gallegos. Es santacruceño de tercera generación y descendiente de alemanes y suizos por parte de padre, y croatas, muy católicos, por parte de madre. El es un católico moderado y su esposa, la senadora Cristina Fernández, que se confiesa muy creyente, no ahorra sin embargo críticas a la jerarquía eclesiástica por el apoyo brindado a la última dictadura militar.
Con Cristina se casaron en 1975 y tienen dos hijos: Máximo de 26 años y Florencia de 13. Un año antes, en pleno auge de José López Rega y la Triple A, habían caído presos durante pocos días. Cuando se produjo el golpe del ‘76, a pesar de estar fichados por su militancia estudiantil, siguieron estudiando derecho en La Plata, donde Néstor se recibió ese mismo año. A Cristina, tres años menor, le faltaban tres materias, pero La Plata se convirtió en un infierno y decidieron replegarse hacia Santa Cruz. A vivir, como muchos otros militantes no muy “quemados”, el exilio interno. La retaguardia patagónica no lo libró a Kirchner de ir preso por segunda vez, pero tal vez le salvó la vida, porque salió en libertad a los tres días. Con un socio y Cristina recién recibida abrió el “estudio jurídico Kirchner” y en esos años de “plancha” política obligatoria, se dedicaron a ganar dinero. Fue entonces –antes de 1983– que adquirieron 22 de las 24 propiedades que figuran en la declaración jurada de la actualsenadora. El candidato, por su parte, ha declarado un patrimonio neto de 2.239.515 pesos.
Con la democracia regresó la actividad política y en 1987 Néstor Kirchner resultó electo intendente de Río Gallegos. Su esposa, Cristina, por su parte, fue elegida diputada provincial. Nacería así una curiosa dupla política que se complementa, pero se desarrolla al mismo tiempo por cuerdas separadas. Hasta tal punto, que nunca dan entrevistas juntos. La carrera parlamentaria de Cristina Fernández –que siempre se resistió a ser “la señora de”– sería a la vez polémica y exitosa, al punto de ser dos veces diputada nacional y dos veces senadora.
Kirchner, por su parte, fue elegido gobernador en 1991, tras un juicio político al mandatario provincial menemista Arturo Puricelli, que había dejado la provincia completamente quebrada. El nuevo gobernador comenzó recortando los salarios de los empleados públicos; descuento que devolvería un año más tarde, con intereses, cuando las finanzas de la provincia se restablecieron. A partir de entonces ganaría tal fama de administrador tacaño (suizo al fin) que el humor popular lo bautizó “glaciar Perito Moreno”, porque dicen que tiene “un desprendimiento cada cinco años”.
A partir de entonces desarrollaría un tipo de gestión heterodoxa, que combinó fuerte inversión pública en infraestructura, vivienda, educación y salud, con rigor presupuestario. Aunque Kirchner hizo algunas concesiones al esquema imperante en la era menemista, como la privatización del banco de Santa Cruz (en el que el Estado provincial, de todos modos, conserva una participación), su administración –beneficiada por los altos ingresos petroleros, mineros y turísticos– logró mantener una fuerte presencia del sector público e indicadores sociales opuestos a los nacionales. Según Artemio López es “la provincia con mejor distribución de la riqueza y con menos cantidad de pobreza después de la Capital Federal. Mientras la media de diferencia de ingresos en el país es de 40 veces (entre los más ricos y los más pobres) en Santa Cruz es de once veces”.
No todos opinan igual: según el frepasista santacruceño Rafael Flores, el gobernador tiene un doble discurso: progresista para el país, feudal para la provincia. Flores, uno de los más duros críticos de Kirchner, lo acusa de haber depositado en el exterior más de 800 millones de dólares (de la Provincia) “de los que nunca rindió cuenta”. Los citados fondos corresponden, como se sabe, a regalías petroleras de la provincia y a la venta de acciones de YPF. Kirchner replica que se trata de 527 millones de dólares, depositados en un banco del Gran Ducado de Luxemburgo, que están debidamente auditados por la Legislatura provincial y serán preservados afuera “hasta que se aclare esta tremenda crisis nacional en que serán aplicados a proyectos de desarrollo. Uno debe tener siempre un ahorro”.
Según el citado estudio de Artemio López se crearon 43 mil puestos de trabajo en el último ejercicio y se redujo la desocupación al 3 por ciento. Flores, por su parte replica que un 50 por ciento de los asalariados son empleados públicos. Además asegura que hay una censura férrea y una actitud dictatorial por parte del actual candidato a Presidente. El y otros opositores arguyen que Kirchner amplió la Corte Suprema provincial para asegurarse una mayoría automática y que utiliza recursos oficiales para su campaña proselitista.
En la balanza favorable puede anotarse que, a diferencia de Menem, no registra ningún proceso judicial por hechos de corrupción en su provincia.
Por fuera de críticas y elogios, es bueno saber cómo piensa íntimamente el único político que parece en condiciones de frenar el regreso de Carlos Menem. Néstor Kirchner tiene ambiciones grandes y una tenacidad de colono patagónico para alcanzarlas. A diferencia de Fernando de la Rúa, con quien lo comparan algunos analistas superficiales, tiene esa predisposición genética hacia el poder (y su conservación) que resulta común a losprincipales dirigentes justicialistas. Ya en 1975, cuando se caía Isabel Perón y asomaba el golpe, le dijo a su mujer Cristina que pretendía recibirse de abogado –a pesar de todos los riesgos del momento– porque era imprescindible para llegar a “ser gobernador”. Tenía entonces 25 años.
En 1998, en una reunión realizada en El Calafate (su lugar predilecto), adonde convocó a antiguos militantes del peronismo combativo para un seminario programático, ya le sugirió a unos pocos íntimos que pretendía organizar una fuerza que pudiera presentarse en sociedad en el 2003, para dar la batalla en el 2007. En aquel entonces era el único gobernador justicialista que se había anotado en las filas de Eduardo Duhalde, enfrentado violentamente con el presidente Carlos Menem.
El descalabro del gobierno de la Alianza en diciembre de 2001 y la debilidad de la transición duhaldista lo alentaron para acortar plazos y lanzarse al premio mayor este año. Durante algún tiempo algunos de sus asesores por izquierda aspiraron a que se despegara definitivamente del PJ, para liderar un vasto frente de centroizquierda, pero esta expectativa se vio frustrada por varias razones: entre otras por la renuencia de Elisa Carrió a establecer una alianza. Después, cuando se tornó claro que Carlos Menem ganaría las internas del PJ y podría ser un rival para las presidenciales, Duhalde miró hacia Kirchner como posible delfín. En el camino quedaba la negativa de Carlos Reutemann y la impotencia electoral de José Manuel de la Sota. Kirchner, por su parte, aceptó ser apadrinado por el presidente interino que tanto había criticado porque evaluó que “no llegaba” sin el aparato bonaerense. Ese padrinazgo y la designación de Daniel Scioli como compañero de fórmula le enajenaron apoyos de los sectores más combativos e independientes, que ya estaban desalentados por otros guiños en dirección al centroderecha. Y podría ser que una parte ponderable de esos sectores defina, finalmente, la suerte del santacruceño.
En pocas horas se sabrá si la realpolitik le permitió llegar o si hubiera sido mejor jugarse la patriada de ir por fuera para construir una fuerza nueva.

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