ESPECTáCULOS › EL INGENIOSO HIDALGO VUELVE DE LA MANO DE LIBERTABLAS

Volver a reír con Don Quijote

Luis Rivera López, creador del grupo, es autor de una versión para chicos que combina muñecos y actores y va en el Cervantes.

 Por Silvina Friera

Nadie se atrevería a poner en tela de juicio una certeza literaria fundacional en el mundo hispano: El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha es la primera novela moderna, que nació por obra y arte de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) a principios del siglo XVII. Las interpretaciones discurren entre quienes perciben al protagonista como paradigma del idealista heroico, añorado en estos tiempos carentes de modelos dignos de imitación, y aquellos que consideran que es la parodia o “el elogio de la locura”. Pero, más allá de estas diferencias, existe un consenso generalizado en torno de esta novela: la obra hace reír, pero también promueve el pensamiento. Así lo entiende el director Luis Rivera López, creador del grupo Libertablas y autor de una versión libre para chicos que combina títeres y actores, desde ayer en el Teatro Cervantes.
“Cuando comienza el relato, Quijote parece un loco absurdo cuyo único objetivo, tal vez el único de Cervantes cuando escribió la novela, es hacer chistes acerca de lo ridículo y absurdo de las situaciones. En la puesta tratamos de mantener ese espíritu humorístico, gracioso y popular, de reírse de las desventuras del héroe”, cuenta Rivera López en la entrevista con Página/12. Con la belleza plástica de los títeres, una de las características de Libertablas (integrado por Mónica Felippa, Marina Svartzman, Soledad Vidal, Hugo Dezillio, Diego Ferrari, Gustavo Manzanal y Jorge Sánchez), el grupo está acostumbrado a versionar clásicos de la literatura, como Gulliver, de Jonathan Swift, Pinocho, de Collodi, y Las mil y una noches. “Los chicos juegan constantemente con situaciones imposibles y, al igual que Quijote, encuentran justificaciones o excusas para explicar lo que les pasó”, señala el director. “La visión romántica del caballero que lucha contra los molinos de viento es posterior y no sé si estaba en la intención del autor”, dice Rivera López.
–¿Esta lectura “utópica” es una construcción de las generaciones siguientes?
–No es que sea una lectura forzada, lo que no sabemos es si Cervantes quiso darle esa interpretación o si se dio a pesar suyo, a partir del siglo XVIII. Es interesante estudiar cómo el autor tiene necesidad de matar al personaje al final de la segunda parte, cuando el héroe termina vencido, regresa a su casa y muere. La lectura que uno hace de esa muerte es que Quijote no podía vivir sin su locura, lo cual plantea una valorización de la locura que, por otra parte, tampoco sabemos si estaba en las intenciones del autor. Las lecturas del Quijote héroe real, de los molinos de viento como de los sueños imposibles de cumplir son un poco trilladas y obvias. Hoy siento la necesidad de volver al humor como sustento de la historia, para que después cada espectador, especialmente los adultos, saque sus propias conclusiones.
–De acuerdo con la extensión de la obra, ¿cómo trabajó la adaptación?
–Seleccionamos episodios porque es una novela monumental dentro de la cual hay otras novelas como los siete capítulos del curioso impertinente. Encontramos un sistema de síntesis que nos gustó. Don Quijote vive sus primeras aventuras como actor, como si fuera una obra de teatro convencional, pero escenificamos los sueños del caballero porque lo que se ve no es solamente la realidad. Gracias a los muñecos y los cambios de luces, mostramos lo que Quijote está viendo: en lugar de Dulcinea, una princesa, en lugar de un molino de viento está observando a un monstruo. Cuando sucede el famoso episodio del retablo del titiritero maese Pedro, Quijote se entusiasma tanto con la obra que rompe todo el retablo y los títeres de los moros. En nuestra adaptación, el caballero lo compensa al titiritero permitiéndole contar su propia historia.
–¿A qué atribuye el interés y la vigencia que conserva el Quijote?
–Quijote no es un loco lindo, es un loco furioso. El quiere ser justo, pero queriendo serlo es tremendamente injusto, entonces perdura como una profunda simbolización del destino humano. No es simplemente la historia de los buenos y los malos, él es bueno y malo, el que se propone las mismas cosas que no puede cumplir. Por otro lado, Quijote inicia la novela, lo cual significó una revolución descomunal. Mientras fue despreciado en España, los extranjeros, especialmente los ingleses y franceses, empezaron a escribir a la manera de Cervantes. Es importante recuperar la parodia, porque en muchas visiones actuales se pierde un dato fundamental: que el Quijote es un personaje que está fuera de época aun en el Siglo de Oro y eso hace que sea muy humorístico. Aunque es un humor muy primario y payasesco, basado en los golpes, en las caídas y las volteretas, resulta muy teatral. Por eso, León Felipe lo llamaba “el payaso de las bofetadas”, y por eso, en definitiva, nos reímos de su desgracia.

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“Es importante recuperar la parodia”, dice Rivera López.
 
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