ESPECTáCULOS › “EL VIAJE DE MORVERN”, UN NOTABLE FILM DE LA INGLESA LYNNE RAMSAY

Bruma, éxtasis y Velvet Underground

Reformulando el “realismo sucio” habitual en el cine británico, la película sigue a una chica embarcada en un camino impredecible.

 Por Luciano Monteagudo

¿Qué se puede hacer en ese pequeño pueblo perdido de Escocia, salvo trabajar de cajera en un supermercado durante el día y perder las noches en algún club donde la música suene bien fuerte, hasta aturdir? En eso está una chica llamada Morvern Callar, cuando una tarde llega a su departamento y se encuentra con el cadáver de su novio en la puerta de la cocina. Todo indica que se trata de un suicidio, por qué no. Al fin y al cabo, el hombre no sólo le dejó su cuerpo frío, inerte, sino también una pequeña y heterogénea herencia: un razonable puñado de libras esterlinas, un casete con su música preferida y una novela recién terminada en el disco rígido de la computadora.
Lo primero que hace Morvern (la notable actriz Samantha Morton, que fue toda una revelación en un pequeño film británico llamado Under the skin y a quien el público argentino descubrió como la amante muda de Sean Penn en Dulce y melancólico, de Woody Allen) es agarrar el casete, ponerlo en su walkman y volver, como si fuera una noche cualquiera, al boliche de siempre, donde pueda conseguir alguna pastilla de éxtasis. Como un zombie en su propio limbo, Morvern atraviesa ese mar de ruido con su propia música en los oídos, llevando consigo aquel legado (Velvet Underground, Can) que le dejó su amante suicida. Cuando ella vuelva, él seguirá allí, impertérrito y ella decidirá apropiarse de su novela (¿él para qué la quiere, si ya está muerto?), agarrar la plata e invitar a su mejor amiga, Lanna (Kathleen McDermott), a recorrer España.
Lo que sigue es El viaje de Morvern, una película que tiene la virtud de romper con la tradición del realismo sucio británico sin necesidad de abandonarlo por completo. Algo de esto ya sucedía en Ratcatcher (1999), el primer largo de la realizadora Lynne Ramsay, una graduada de la National and Television School de Londres que se ha convertido en la gran esperanza del cine inglés actual. El personaje de Morvern es un poco como tantos que viene describiendo el cine británico de los últimos años, el de una juventud con un horizonte siempre gris, que en este caso ella cambia drásticamente por el sol del Mediterráneo.
Pero lo que logra Ramsay con un estilo muy particular es dar cuenta también del mundo interior de Morvern, como si a partir de un determinado momento el espectador escuchara, cómo ella, solamente los sonidos que salen de los auriculares del walkman y que resuenan en su cabeza, con el paisaje extraño de ese mundo exterior, de esa luz cegadora que proporciona el verano español. En esa estilización –que responde más a una singularidad de la mirada que a un artificio–, en ese punto de vista del extranjero que ve con ojos nuevos y sorprendidos los espacios generosos y las líneas rectas y en fuga de una terra incognita, pareciera encontrarse algo del linaje del cine de Michelangelo Antonioni, particularmente de El pasajero, un film con el que El viaje de Morvern tiene más de un punto en común, empezando por cierto aire existencialista.
A diferencia del periodista que componía Jack Nicholson en el film de Antonioni, Morvern no cambia de nombre, pero sí de identidad. Ahora pasa a ser la protagonista de una vida novelesca, abierta a la aventura de serotra persona, como si esa novela que le dejó su novio y que ella hizo suya se hubiera materializado en su propio periplo, en ese camino sin final a la vista. En esa incertidumbre, en esos espacios vacíos que la protagonista no tiene apuro en completar, está lo mejor de un film al que se lo siente vivo, como si se le pudiera escuchar la respiración.

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Morvern y su amiga Lanna, lanzadas a una vida novelesca en España.
 
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