ESPECTáCULOS

Esa eterna lucha del bien y el mal

“Veronica Guerin”, de Joel Schumacher, se apoya en Cate Blanchett para un retrato grueso de la periodista inglesa.

 Por Martín Pérez

Un nombre y un apellido. Tal es el título de la última película de Joel Schumacher, el mismo que hundió la franquicia de Batman y el que metió a Colin Farrell en una cabina telefónica. El nombre y el apellido es el de una periodista irlandesa que, allá por 1996, desde su columna en el periódico Sunday Independent, denunció a los traficantes de drogas en Dublin hasta que fue asesinada. Con su asesinato, perpetrado por dos sicarios vestidos de negro en una moto, comienza y termina Veronica Guerin, la película. Un producto cinematográfico que simplifica al mundo y a su protagonista, armando un recorrido sencillo que rodea una tragedia con música celta, y el rostro de algún niño siempre cerca como para explicar rápidamente cualquier heroísmo.
Ciertamente heroico es el papel de Cate Blanchett que, con pelo corto y una presencia al mismo tiempo ingenua y decidida, carga con todo el peso del film en un casi permanente primer plano, desde el mismísimo afiche promocional. Porque Veronica Guerin es casi todo el tiempo Cate Blanchett, y muy poco más. Allí va ella, caminando por un suburbio de Dublin, entre jeringuillas usadas con las que, por supuesto, se verá jugar a los niños. Y allí está otra vez, preguntándole a un drogadicto de cara sucia cómo consigue el dinero para picarse. “Amenazando con contagiarles el sida a mujeres como vos”, le responde el drogadicto, blandiendo una jeringa didácticamente.
Pero como en el sencillísimo mundo de Veronica Guerin contra los malos del lado bueno sólo está Cate, ella se aliará primero con los policías y luego con los políticos. Y hasta con los delincuentes. Pero quienes jamás le darán tregua son sus colegas, los periodistas “en serio”. Para ellos, Veronica y sus columnas de denuncia son apenas un eterno autobombo. Y, por supuesto, el que tampoco le perdonará sus columnas será su peor enemigo, el lado oscuro del film, el mal personificado en un traficante de drogas.
Si de algo habla la historia de Veronica Guerin es del heroísmo del que hace la diferencia. Y cómo esa diferencia puede cambiar el mundo. O, al menos, el mundo que lo rodea. Aún al precio de su vida. Pero si de algo habla Veronica Guerin, el film, es cómo una película puede simplificar la visión del mundo hasta hacer banal cualquier heroísmo. Idealista y terca, Blanchett/Guerin avanzará hacia lo suyo, como si fuese lo más simple del mundo. Mientras tanto, quienes la rodean sólo la miran hacer. Sus colegas, su jefe, su familia, la policía, los políticos y hasta los criminales. Al punto que, cuando por primera vez el mal se asoma en el mundo privado de Veronica, el espectador no puede creer que se hayan tardado tanto. Heroica sin saber bien por qué, y condenada a ser mártir cuando finalmente lo sabe por culpa de todos esos rostros de niños que no dejan de aparecer siempre en cuadro, el film de Schumacher es apenas una “historia de la vida real”. Pero de las que banalizan esa realidad al tiempo que canonizan a su protagonista, sólo para hacer la diferencia. Económica, por supuesto.

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Guerin fue una periodista que escribió sobre los traficantes en el “Sunday Independent” y fue asesinada.
 
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