ESPECTáCULOS

“Los rubios” o el cine como fuente de preguntas

Albertina Carri da un interesante giro sobre la temática de los desaparecidos y su herencia, mezclando el documental, la ficción y el “cine dentro del cine” para plantear interrogantes que van más allá de la mera identidad.

 Por Horacio Bernades

Desde fecha reciente y en forma creciente, tanto a través de documentales como de films de ficción, el cine argentino viene encarando el tema de los hijos de desaparecidos, grupo generacional que hoy bordea los 30 años y es como la prolongación más visible y presente de los horrores de la última dictadura militar. Más allá de las diferencias de matices, en esas películas –Botín de guerra, (h) Historias cotidianas, Figli/Hijos– el punto de vista desplegado por realizadores y protagonistas apunta a la recuperación en bloque del pasado, tendiendo un puente con la generación de los padres e intentando preservar un legado que se mantiene a salvo de toda crítica. Es frente a ese canon que una película como Los rubios se planta, hallando puro vacío, orfandad y ausencia allí donde aquellas han preferido tender lazos conductores, y eligiendo hacer de ese vacío su tema y su relato.
Allí donde hubo semejante corte (la desaparición de buena parte de una generación), ya no hay transmisión posible, parecería decir el film de Albertina Carri, que tras obtener una importante repercusión en festivales internacionales (entre ellos el de Cine Independiente de Buenos Aires, donde ganó dos premios y dos menciones) se estrena ahora en Argentina.
Carri enfrenta su tema no precisamente desde el lugar del testigo, sino el de protagonista directa. Nacida en 1973, la realizadora tenía tres años cuando sus padres –el sociólogo Roberto Carri y la licenciada en letras Ana María Caruso, ambos militantes de la organización Montoneros– fueron secuestrados por un grupo de tareas. Llevados al campo de concentración al que el macabro humor del terrorismo de Estado bautizó “Sheraton” (la comisaría de Villa Insuperable, ubicada en el oeste del Gran Buenos Aires) fueron fusilados, según se supone, meses más tarde.
El hecho de prácticamente no haber conocido a sus padres es determinante en el modo en que Carri se vinculó con ese corte en su vida. Obligada a “construir” a los padres a través del recuerdo, la evocación de terceros y la propia imaginación, podría decirse que lo que marca esa relación es la definitiva fusión entre filiación y ajenidad. Es a partir de esta contradicción insoluble que se construye esta deconstrucción del horror que es Los rubios, donde la realizadora busca rearmar la identidad de sus padres y encuentra que sólo es posible el diálogo con la propia identidad. En tanto sus recuerdos presentan inevitablemente fusionados con los de otros, en Albertina Carri memoria y ficción tienden a hacerse indiscernibles. De allí que Los rubios adopte una forma híbrida entre el documental, la reconstrucción ficcional y el ensayo. “Mi nombre es Analía Couceyro y en esta película represento el personaje de Albertina Carri”, dice a cámara, en una de las primeras escenas, la actriz Analía Couceyro.
De allí en más, la película pendula entre la primera y la tercera persona, con Carri filmando a la actriz que representa su papel y con el equipo de rodaje como elenco.
Del mismo modo y con total coherencia de forma y contenido, Los rubios navegará entre distintas formas de representación, incluyendo la investigación documental (con testimonios filmados de quienes conocieron aRoberto Carri y Ana María Caruso), el género “cine dentro del cine”, el film de denuncia (ex vecinos de los secuestrados huyen de la cámara, como sólo puede hacerlo quien todavía tiene algo para ocultar), la confesión mediada o crudamente personal, la dramatización y hasta la utilización de muñequitos Playmobil para representar –desde la mirada de ese niña que era Carri cuando se llevaron a sus padres– escenas aparentemente tan poco representables como pueden serlo el secuestro y definitiva desaparición.
Como resultado, esta masa fílmica llamada Los rubios logra narrar la tragedia al mismo tiempo que reflexiona sobre el modo de hacerlo, como bien lo demuestra la inclusión de ensayos en los que la actriz, en su papel de realizadora, repite ante cámara un monólogo que la directora incesantemente pule y corrige, ante la mirada de una segunda cámara que a su vez la registra a ella.
De tal manera, a medida que avanza el relato se va haciendo claro que el tema de Los rubios no son tanto “los rubios” (el apelativo que algunos vecinos daban a Carri y Caruso) como el viaje de su hija Albertina hacia la propia identidad. Condición que el film plantea –otra diferencia de fondo con el resto de los films sobre el tema– no como certeza, sino como interrogación. Materializado en los frecuentes traslados físicos que la realizadora, su actriz y equipo de rodaje realizan –entre la ciudad y el campo y entre la isla de edición y el barrio–, este viaje hacia la identidad se va develando, de a poco, como el verdadero tema de la película. Consecuentemente con este desplazamiento, “Los rubios” dejan de ser los padres para devenir una familia sustituta, un segundo grupo de pertenencia que se constituye en el curso del rodaje y terminará consolidándose en los planos finales. Allí, el círculo que hasta entonces parecía imposible de redondear tiende a cerrarse, de modo tan emotivo como melancólico y certero.

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La joven directora argentina toma su propia historia para construir un film admirable.
 
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