ESPECTáCULOS › EL MUSEO MUNDIAL DEL TANGO, UN VERDADERO TEMPLO DEL GENERO

Los testimonios de un siglo y medio

El lugar cuenta con una invalorable serie de objetos cedidos por Horacio Ferrer, y ofrece un impecable recorrido histórico.

 Por Karina Micheletto

El lugar lleva el nombre de Museo Mundial del Tango. Pero Horacio Ferrer, su principal creador, prefiere llamarlo “el sitio de las musas tangueras”: “Un espacio para la inspiración y la creación, un lugar de trabajo, y no un cementerio de arte”, explica el poeta. Creado recientemente por la Academia Nacional del Tango, que también preside Ferrer, el museo brinda un buen panorama de la evolución del tango, con detalles atractivos y curiosidades históricas, y resulta ágil para recorrer, con un tono didáctico que va guiando al visitante por distintos aspectos de la historia y las características del género.
Ferrer puso a disposición del museo una importante colección personal de fotografías, discos, objetos, partituras y manuscritos originales, a la que se sumaron algunas donaciones y la colección de la Academia del Tango. “Es que yo siempre fui guardando todo, y ese material me sirvió para escribir mis libros, pero nunca con la idea de que iba a terminar en un museo”, cuenta el autor de Balada para un loco. En el museo hay, por ejemplo, una máquina de escribir Olivetti que perteneció a Cátulo Castillo, y que su viuda le obsequió a Ferrer con un último poema inédito, La guitarra, aún puesto en el carretel. Recortes periodísticos que describen el multitudinario velatorio de Julio Sosa en el Luna Park, que anuncian la muerte de Francisco Canaro, o comentan sorprendidos el éxito del espectáculo Tango Argentino en los ‘80 en Europa. Magazines de Roberto Goyeneche y Susana Rinaldi, discos de pasta y long-plays. Zapatos de baile de 1920, vestidos de Tita Merello, un smoking de Aníbal Troilo y hasta un chambergo de Carlos Gardel. Todo, prolijamente enmarcado en un recorrido cronológico que guía al visitante por la historia del género.
El recorrido propuesto comienza en 1850, con la prehistoria del tango, y llega hasta la actualidad. Basado en un análisis que Ferrer publicó bajo el nombre El siglo de oro del tango, abarca una división de ocho períodos: las simientes y la génesis del tango, la eclosión y la formalización de la Guardia Vieja, la transformación y la exaltación de la Guardia Nueva, la modernización de la vanguardia y el período contemporáneo, y lo que llama “sacralización” de la actualidad. Con una clara función didáctica, en cada período se especifican los hechos más importantes que lo delimitan y los nombres que lo protagonizaron. La última época analizada es la de 2000 hasta la actualidad. Y allí hay realmente un panorama amplio del tango actual, con la inclusión de propuestas jóvenes como las de Omar Mollo, Daniel Melingo o La Chicana. “Quisimos abarcar todas las expresiones actuales, jóvenes o no jóvenes”, detalla Ferrer. “A los 92 años, el Chula Clausi sigue tocando el bandoneón, y también representa al tango actual. Como decía Atahualpa Yupanqui: ‘Para que sobrevivan los nietos no hace falta matar a los abuelos’”.
La exposición permite, de paso, apreciar los cambios tecnológicos y estéticos por los que atravesó el género. De los discos de pasta de 78 revoluciones por minuto se pasa a los primeros long-plays, luego a los cassettes y magazines, y finalmente hay CDs y DVD. Las gráficas de partituras, programas de conciertos y tapas de discos van evolucionando estéticamente. En cada período, además, hay expuestos avisos de la época, objetos de uso cotidiano y fotografías de la ciudad, y queda claro que los cambios en el tango también tienen que ver con cambios en las edificaciones, los automóviles, las vestimentas, las costumbres.
La otra sección importante del museo es la que Ferrer bautizó como “el Olimpo de las Glorias”, un homenaje a todos los creadores del tango. Allí se incluye una cuidada exposición de retratos de Annemarie Heinrich, la más notable fotógrafa de artistas de la Argentina, creadora de un lenguaje fotográfico avanzado para la época, sobre todo por la utilización de la luz en sus tomas. Allí aparecen, retratados por la fotógrafa, Hugo del Carril, un jovencísimo Alberto Castillo, Lucas Demare, Azucena Maizani y Charlo, entre muchos otros. En otro sector hay varias reproducciones gigantes de todas las glorias del tango, entre las que aparece también Ferrer. ¿No le da miedo estar entre tantos muertos?”, le pregunta con media sonrisa un visitante que lo reconoce. “Para nada. Yo los conocí a todos ellos, y conozco a los jóvenes de hoy”, responde tranquilo el poeta. Por último, hay un bello escenario por el que todos los días pasarán distintas orquestas, bailarines y cantores. En la programación de la semana, por ejemplo, están la Orquesta Típica Fernández Fierro, Imperial Tango, La Sexta, Camino Negro y Fervor de Buenos Aires. Para que, como insiste Ferrer, éste sea un Museo del Tango vivo. “Es hora de abrir este Museo Mundial del Tango para atesorar tanto corazón y tanta belleza que, nacidas del pueblo y destinadas al pueblo, han alcanzado louvres y hermitages del arte”, anuncia el poeta en el folleto de bienvenida. Unos turistas piden sacarse una foto con Ferrer y, mientras cumple el pedido, el autor redondea la intención del museo: “Quisiera que los que vienen acá se lleven una imagen lo más auténtica posible de la cultura argentina. Que sepan que todo esto se vivió y se sigue viviendo en Buenos Aires, porque es la obra viva de diez generaciones de artistas”.

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El museo incluye fotografías, discos, objetos, partituras, manuscritos, afiches originales.
 
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