ESPECTáCULOS › PEPE CIBRIAN CAMPOY PRESENTA DORIAN GRAY, EL RETRATO

“La belleza también da poder”

Es una marca registrada del musical argentino, pero dice que no se siente reconocido. Su receta es seguir adelante: ahora pone en escena su visión del clásico de Oscar Wilde.

 Por Emanuel Respighi

Basta verlo ingresar al Teatro Opera para darse cuenta de que es casi imposible que Pepe Cibrián Campoy pase inadvertido en cualquier lugar al que ingrese. No sólo porque se trata de una de las figuras artísticas más representativas de la cartelera porteña, con más de treinta espectáculos musicales sobre sus espaldas. Pepe Cibrián Campoy es una marca registrada del musical nacional. Pero la atracción que destila este hombre de 56 años trasciende su lugar artístico, a partir de los numerosos y enormes anillos y collares que cuelgan de su cuello, tintineando ante cada uno de sus movimientos como suaves melodías. Una imagen que toma más sentido aun ante el incesante revoloteo de los tres perros ovejeros (dos blancos y uno marrón), que acompañan a Cibrián cada vez que sale de su casa, en Pilar. “Tengo siete perros y estos tres ovejeros me acompañan siempre, a donde vaya: al teatro, a reuniones, a la terapia, al dentista. Ellos conviven conmigo todo el día. A veces digo que no los voy a llevar, pero cuando estoy a punto de salir me miran con unas caritas que me parten el alma. Son muy necesarios”, admite, mientras les acaricia el lomo con la ternura que una madre les dispensa a sus hijos.
Dispuesto a presentar el ensayo general de su nuevo espectáculo, Dorian Gray, el retrato, Cibrián se mueve por el teatro con suma tranquilidad, saludando a cuanto artista, técnico e invitado se le cruza por su camino. Mejor dicho: todos lo saludan a él, que responde ante cada convite con suma delicadeza, pero no sin cierta indiferencia digna de un dandy. Basado en el relato de Oscar Wilde, Dorian Gray, el retrato es otra creación de Cibrián en compañía del compositor y director musical Angel Mahler, dupla que ya tiene más de veinte años de trabajo en conjunto (ver aparte). La nueva puesta musical, que cuenta con 30 actores y 20 músicos en escena, subirá a escena hoy en el Teatro Opera (irá miércoles, jueves y viernes a las 20.30, sábados 19.30 y 22.30, y domingos a las 19.30).
Pionero del género musical en el país, Cibrián tiene en su haber más de 30 espectáculos como escritor y director, aunque admite que no sabe con exactitud la cantidad de espectáculos que estrenó a lo largo de su carrera. “No sé –cuenta en la entrevista con Página/12– cuántos musicales estrené ni soy de seguir mucho las fechas. No tengo claro cuándo estrené tal o cual obra, salvo Drácula. Ni siquiera sé qué día ni qué año murieron mis familiares. No le doy mucha importancia a las fechas.”
–Es un mecanismo de defensa o forma parte de su distracción...
–Es un tema que no me parece importante. No creo mucho en los fines de año. Me parece algo que cuenta sólo para el calendario, pero no para la vida. Este año nos juntamos en casa. Pero como los perros sufren mucho por los petardos, a la medianoche me los llevé al cuarto y me quedé dormido. A la 1 y media vino la mucama y me dijo que ya se habían ido todos los invitados (risas).
–Está visto que no cree en la frase “año nuevo, vida nueva”...
–La gente necesita aferrarse a cosas mágicas y a puntuar la realidad: “el domingo empiezo la dieta”, “el lunes el gimnasio”... El hombre analiza la vida a través de cortes abruptos. La vida de alguien se traduce en veinte puntos, dejando afuera los trayectos, que es lo más interesante. El ser humano no sabe vivir los trayectos. Nos enseñan a llegar, pero no a volver. Yo, que siento que estoy volviendo, me parece lo más bello de la vida, porque en la obsesión por llegar a la meta, ya sea tener hijos, triunfar en el teatro o tener un kiosco, no se disfruta el recorrido. Y volver es precioso porque recorrés lo ido. Yo descubro ríos nuevos, cosas fantásticas que no las había visto en la ida, porque iba muy apurado. La gente vive obsesionada con llegar y se opera todo el cuerpo, incluso el alma si pudiesen, para lograr ese objetivo.
–El problema del poder, uno de los temas que obsesionan a Dorian Gray.
–Dorian Gray es un análisis, desde mi visión, del poder, de la obsesión por mantenerse en el poder cueste lo que cueste. Y la belleza también da poder. Los políticos son el ejemplo paradigmático. Uno se pregunta: ¿por qué Menem no descansa ya y hace su vida? Porque quiere más. Los políticos no entienden que poder dar es lo más maravilloso del mundo, no el poder por el poder mismo. La Madre Teresa de Calcuta era un ser muy poderoso. Wilde, que era un esteta de la belleza, en Dorian... muestra su preocupación por la belleza, sin ser un hombre bello. Su belleza es mucho más sublime que la que él quería.
–¿Es casualidad la elección de esta obra en este momento de la sociedad?
–Sí y no, porque la necesidad del poder o de la belleza siempre está vigente. ¿Quién devolvió el poder a lo largo de la historia? Pocos, y ése es uno de los ejes de nuestros musicales. Drácula devuelve el poder, Calígula también y acá Dorian hace lo mismo. Sería bárbaro que alguien de estos tiempos devolviera el poder. Qué bárbaro que Ibarra, aunque él no haya sido el inspector, por ser el capitán de este barco, baje último, como en el “Titanic”. ¿Por qué no va a renunciar si es que tiene que renunciar? ¿Cuándo vamos a tener adultez y asumir los problemas? Y no pienso que Ibarra deseó que esto sucediera, pero es el responsable máximo y último de lo que ocurrió. Si, como dice el jefe de la Ciudad, Chabán es el responsable porque es el jerárquico, también lo es Ibarra desde su lugar. Si pasa algo con la obra en sí, el responsable soy yo. Los japoneses hasta se hacen el harakiri. Acá no renuncia nadie. La obsesión por el poder es enfermiza.
–¿Y cómo se relaciona usted con el poder?
–Yo tengo un poder maravilloso: tratar de que mi gente crezca. Mi poder pasa por poder elegir elencos. Mi poder pasa simplemente por generar espacios para que mi gente pueda crecer y desprenderse algún día. Pero para hacerlo tienen que saber volar. Yo trato de entrenarlos para eso.
–Después de 30 musicales, muchos éxitos y algunos traspiés, ¿por qué vuelve a insistir con espectáculos nuevos?
–Y si no qué hago... El sentido de mis espectáculos es estar activo. No busco repercusión ni dinero. A mí me da igual el Luna Park, el Teatro del Globo o el Santa María del Buen Ayre. Yo soy feliz trabajando. Tengo necesidad de hacer.
–Pero no cree que inconscientemente puede estar afectado también usted por esa búsqueda de poder que obnubila al ser humano.
–No, porque cada vez hago menos cosas. Tengo grandes colaboradores a los que les delego responsabilidades. Tengo la posibilidad de poder dar.
–¿Cuando comenzó le era más difícil delegar?
–Sí, claro. Primero, porque nadie sabía hacer lo que yo pensaba que sabía hacer. ¿Cómo delegar si uno aún no está hecho? Yo empecé a delegar cuando sentí que estaba entrenado para formar a otros. Pero no soy tonto: yo sé a quién puedo delegar.
–¿Pero no sufría de cierta soberbia juvenil?
–Es que a esa edad no tenés otra forma. La juventud tiene que ser soberbia porque no es respetada. Ser joven no es un mérito: no te aceptan en ningún lado porque no tenés experiencia. Y los proyectos son los que mantienen vivas a las personas. Es una cagada. Trabajo con los jóvenes para darles experiencia. Cuando era joven era soberbio y omnipotente, pero cómo no serlo si aún hoy peleo a contrapelo. Es un país que todavía posee una estructura colonial: lo de afuera es lo mejor y lo nuestro, lo peor. Yo soy argentino. No vivo en París desde hace 40 años, como Lavelli, que es maravilloso, pero ya no es argentino. Es francés, como Marilú Marini. Mi madre nació en España, pero se siente argentina, lo mismo mi padre. Eligieron este país. Yo nací en Cuba, pero soy argentino: toda mi vida trabajé aquí. Argentino es aquel que se rompe el culo trabajando en este país, en las buenas y en las malas, toda su vida.
–Hablando de juventud, ¿es casual que sus elencos siempre estén conformados por jóvenes? ¿Nunca pensó en trabajar con actrices o actores consagrados?
–Los consagrados tienen muchos problemas: siempre tienen grabaciones y están cansados. Están más pendientes de la masividad de la TV. No están entrenados para este género ni para acoplarse a veo el teatro. Lo siento porque cuando hago convocatorias no viene a verme ni me llama, no digo un consagrado, ni un famosito siquiera. No es que yo no elija a los famosos; los famosos no me eligen a mí. Dicen que yo soy un tipo exigente, ¿es ser exigente ensayar hasta que todo salga bien, o pedir que lleguen a horario? Todos quieren ser famosos y mantenerse jóvenes sin hacer un carajo. No sólo operarse es mantenerse joven. Ser joven pasa por las ganas de hacer. Nunca me llamó algún famoso para hacer alguna obra conmigo. Ahora, viene Oliver Stone o cualquier pelotudo de afuera, y todos pasan a hacer pruebas: desde las divitas hasta los más serios. Yo qué más quisiera que contar con un tipo como Alcón, con su experiencia y su presencia.
–¿Pero cree que eso sucede por su fama de obsesivo trabajador?
–Por un lado, es eso. Pero, por otro, también debe ser por el bendito factor de poder. A mí me llama la atención que nunca me llamen para dirigir un musical extranjero, teniendo en cuenta que no hay tantos capitanes de barco para este género. Los productores tienen el prejuicio de que Pepe va a hacer lo que le da la gana. Yo no soy boludo. Si a mí me convocan para hacer un proyecto, voy a hacer el proyecto por el que fui convocado. Si no me gusta, no lo hago. Creen que voy a disputarles el poder, o que les voy a quitar brillo. ¿Qué más voy a querer yo que brillen los otros? Si yo ya brillo... Nunca me llamó nadie. Salvo Juan Rodó (el protagonista de Dorian Gray) que me ofreció dirigir su primera obra, de Jack, el destripador, y acepté encantado. Es la primera vez que alguien me ofrece dirigir una obra.
–¿Lo dice con dolor?
–Sí. Me duele muchísimo que en todos los premios nunca estoy nominado en un género que en este país existe gracias a Pepe Cibrián. Y a mí me importan los premios. Pero éste es un país que siempre rinde los homenajes cuando la gente muere. No me siento reconocido, en ese sentido. Aunque por suerte tengo el homenaje más placentero que puede existir para el artista: los aplausos de la gente.
–¿Le quedó algún sueño pendiente?
–Todo lo que he querido hacer lo he hecho. Todo lo que quiera hacer lo voy a hacer. Yo siempre quise hacer teatro, con eso me basta para ser feliz.

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Cibrián estrena hoy en el Teatro Opera su nuevo espectáculo, para el que volvió a trabajar con Angel Mahler.
 
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