ESPECTáCULOS › LEMONY SNICKET, CON JIM CARREY Y MERYL STREEP

El archinémesis de Harry Potter

Después de Harry Potter, el mundo de Lemony Snicket es el más popular de la literatura infantil angloparlante: la adaptación al cine sorprende por su nivel, superior al de la media de Hollywood. A su vez, Javier Bardem demuestra que Mar adentro es más su película que la de Alejandro Amenábar.

 Por Martín Pérez

Apenas comenzada la película, un duende feliz salta por un camino lleno de flores y colores, acompañado por una música alegre e insistente. Pero, por suerte, semejante escena no dura demasiado. Casi enseguida todo se detiene y la imagen se oscurece, mientras una voz en off anuncia que ésta no es la película que se va a exhibir, sino una mucho más oscura y triste. Y que si los espectadores desean ver algo parecido a El duende feliz, bien pueden pasar a la sala de al lado. Porque lo que la voz de Jude Law va a presentar, encarnando la de Lemony Snicket, es la triste y desgraciada historia de los hermanos Baudelaire, cuyo feliz hogar arderá apenas son presentados los niños. “Nadie sabe la precisa causa del fuego en el hogar de los Baudelaire”, explica la voz sinuosa de Snicket. “Pero así fue como los hermanos Baudelaire pasaron a ser los huérfanos Baudelaire.”
Después del mundo ficcional de Harry Potter, habitado por magos, hechizos y juegos de Quidditch, el mundo de Lemony Snicket es el más popular de la literatura infantil angloparlante. Obra del reclusivo escritor Daniel Handler, Snicket es apenas su alias como narrador con ánimo decimonónico de las desventuras de Violet, Klaus y Sunny, los tres huérfanos Baudelaire, de catorce, doce y unos pocos años, respectivamente. Durante una oscura y trágica saga que ya lleva más de una decena de libros, los tres hermanos han ido cambiando de tutores y coleccionando una aventura fatal tras otra, escapando del primero y más ambicioso de esos tutores, el conde Olaf. Con algo de Grinch, otra parte de Beetlejuice y mucho de Cruella de Ville, Olaf es una cruza entre los peores villanos de Dickens y los de Disney. Y el encanto de las historias de Snicket, además del lenguaje con el que están narradas, es la forma en que los tres niños terminan desarticulando las artimañas de Olaf, sin por eso poder escapar una y otra vez de su trágico destino.
Para esta primera película de lo que promete ser una larga saga, sus autores han reunido las tres primeras historias de los Baudelaire. Así es como, en primera instancia, los súbitos huérfanos serán puestos bajo la tutela del ambicioso y descarado Olaf, que sólo quiere el dinero de su herencia. Luego conocerán a un biólogo especializado en serpientes que los tratará como un padre y en más tarde a una aventurera viuda que, luego de su viudez, ha desarrollado una espeluznante cantidad de fobias. A pesar de que la adaptación Brad Silberling, responsable de la versión cinematográfica de Casper, está más cerca del decepcionante trabajo de Chris Columbus al adaptar al cine las primeras novelas de Harry Potter, este Lemony Snicket es al menos fiel a su fuente original en espíritu gótico y aliento literario. Si las primeras adaptaciones al cine de la obra de J. K. Rowling eran abrumadoramente literales, al punto de parecer libros ilustrados, Silberling se ha apoyado en la oscura fotografía de Lubezki y la dirección de arte de John Dexter y Martin Whist para crear un mundo que, si bien no es particularmente cinematográfico, como libro infantil es una obra maestra del troquelado.
Si bien es imposible no encontrar una sola reseña estadounidense (donde los libros de Handler parecen ser muy populares) que no lamente no poder descubrir lo que hubiesen sido capaces de hacer directores de la talla de Tim Burton, Terry Gillam e incluso Wes Anderson con la saga de los Baudelaire, desde una cultura local mucho menos consciente del original es difícil no celebrar, en cambio, que el trabajo de Silberling se eleva lo suficiente de la media del Hollywood industrial. Aunque más no sea por su autoconciencia, ejemplificada en su prólogo. Con un elocuente protagónico de Jim Carrey, encarnando al conde Olaf y sus sucesivos alter egos, y un excelente trío de rostros infantiles como los irresistibles Baudelaire, Una serie de eventos desafortunados es una película que recorre de manera ciertamente afortunada semejante sucesión de eventos. La obra de Handler no se aleja demasiado del trabajo de los clásicos más oscuros y disfrutables de la literatura infantil de todas las épocas, desde los hermanos Grimm hasta Roald Dahl.
Con Meryl Streep como una de las trágicas tutoras de los Baudelaire e incluso Dustin Hoffman como crítico de teatro en un sorpresivo cameo (que puede tener algo que ver con el hecho de que la pequeña Sunny Baudelaire es interpretada por unas mellizas de apellido Hoffman), la película de Silberling es un gótico disfrute. No tan gótico, tal vez, por culpa del humor de Jim Carrey. Pero lo suficiente como para disfrutar de una dirección de arte deslumbrantemente oscura, digna de Burton y su niño Ostra, y del heroísmo trágico de tres huérfanos con particulares habilidades, como la de inventar como Violet, leer como Klaus y morder como Sunny. Personajes que sólo se puede desear volver a encontrar en una de esas salas de cine donde exhiben historias muchos más oscuras e interesantes que las de un duende feliz cualquiera.

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Jim Carrey como el conde Olaf, una cruza entre los peores villanos de Dickens y los de Disney.
 
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