ESPECTáCULOS › GRACIELA MONTES Y EMA WOLF
OBTUVIERON EL PREMIO ALFAGUARA DE NOVELA

“Hay que saber correrse de posición”

Las autoras, de notable trayectoria en la literatura infantil, ganaron con un libro “para grandes”, El turno del escriba. Escrita a cuatro manos, un capítulo cada una, la historia se remonta al siglo XIII. Montes y Wolf fueron premiadas con 175 mil dólares.

 Por Silvina Friera

El destino tiene sus vericuetos imprevisibles: un viajero pasó a la historia, pero el escriba que le concedió la inmortalidad se perdió en la nebulosa gris del anonimato. Pero en un país sudamericano, la justicia literaria quizás empiece a revertir ese olvido. Por primera vez dos mujeres argentinas ganaron el premio Alfaguara de Novela con un texto que revela lo que significa hacer un libro para salvarse, lo que implica escribir encerrado en un calabozo, reconstruyendo mundos posibles. Ellas son Graciela Montes y Ema Wolf; el libro galardonado con 175 mil dólares es El turno del escriba, una historia que, según el jurado, “es la recreación de una época fascinante de la humanidad, la de los descubrimientos y la atracción por lo desconocido, que trasciende el marco histórico para convertir su escritura deslumbrante en un acto de libertad”. Los personajes centrales del libro, el escriba Rustichelo y el viajero Marco Polo, coinciden en la cárcel en la Génova del siglo XIII.
Después de responder las preguntas que les hicieron en una conferencia de prensa con España y varios países latinoamericanos, las escritoras se acercaron a la sede de la editorial, todavía sorprendidas por la noticia. Wolf dice que cuando recibió el llamado de España pensaba que eran de la empresa de gas porque el domingo por la noche le robaron el medidor de su casa y se tuvo que bañar con agua fría.
El escriba del título es Rustichello de Pisa, un rehén de guerra de Génova –por entonces, en 1298, es la ciudad-Estado más fuerte del Mediterráneo– que vive su decimocuarto año en la prisión. Este escriba viejo y cansado, que ha iluminado y copiado para las casas reales de Europa, nunca consiguió interesar con sus cartas a ninguno de sus antiguos empleadores. Nadie parece preocupado por la suerte de este viejo prisionero, pero las vueltas del destino transforman su futuro cuando llega a la prisión Marco Polo, el afamado viajero veneciano que alcanzó los confines de Oriente. En los relatos de Marco Polo, y en sus propias habilidades como copista y “casi escritor”, encontrará la salvación: escribirá un libro que le permitirá obtener de nuevo el favor de los príncipes cristianos, y su liberación de la cárcel.
“Un escritor, que tiene presente al lector, siempre está corriéndose de la posición del escritor a la del lector y de la del lector al escritor mientras escribe; solamente que aquí al compartir la experiencia con otro el proceso de escritura se vuelve más complejo y difícil, pero es el mismo tipo de trabajo si lográs despojarte de los aspectos más soberbios y vanidosos que tiene la escritura, de esa actitud del escritor de que está siendo genial todo el tiempo y que lo que escribió no deberá ser tocado ni comentado por nadie porque es una inspiración divina –señala Montes, respecto del hecho de haber escrito la novela a cuatro manos, un capítulo cada una–. Pero cuando escribís para los chicos, es muy difícil mantener esa posición porque la escritura para chicos te da una esgrima diferente. Si uno tiene esa actitud plástica, de poder mover las cosas, es una experiencia formidable.”
El turno del escriba, presentada bajo el seudónimo Mark Twin, fue elegida por unanimidad entre las 649 novelas presentadas al concurso. Las autoras, que empezaron a bosquejar el libro en el café Marco Polo (en el barrio de Belgrano), se tomaron su tiempo para escribir esta novela para adultos. Durante cinco años acopiaron información sobre estudios medievales muy específicos. Según Wolf, como “había que amueblar la novela con mucha información”, en tanto implicaba una reconstrucción geográfica de la ciudad de Génova y de la época, se sirvieron de artículos muy eruditos sobre las ferias en esa ciudad, las canciones y poemas anónimos sobre la vida de los genoveses, material que encontraron en la biblioteca del Instituto de Cultura Italiana. También, vía mail, se contactaron con una especialista de los prisioneros pisanos en la Génova del siglo XIII. Mientras leían libros y documentos en italiano, francés, inglés y hasta en latín, iban orientando la trama de la escritura.
La primera coincidencia estaba vinculada con el protagonista que pivotea el relato. “Marco Polo es un personaje fascinante y su libro prenuncia la modernidad”, aclara Wolf. “Rustichello es un escritor, entonces se le plantean los problemas de un escritor –compara Montes–, cómo atrapar la historia para que no se le escurra, cómo sostener la atención del lector, todas las cuestiones que el escritor tiene entre manos es la que él tiene con poca experiencia e historia. Es un escritor nuevo, y eso es lo sorprendente”.
–La Edad Media carga con una mancha de oscuridad. En este trabajo de documentación, ¿cuáles fueron los aspectos más reveladores que rompieron el clisé de ese oscurantismo?
Graciela Montes: –La complejidad de las organizaciones sociales, de la política, el grado de negociación. Había un sindicato de prisioneros pisanos, tenían un representante para dialogar con sus captores. Descubrimos el nivel de complejidad y sutileza que había en la Edad Media, al contrario de lo que se imagina, que todo empezó en el Renacimiento y que en realidad en ese tiempo nadie pensaba mucho. Y sin embargo estaban sucediendo muchísimas cosas. Había eclosiones y cambios que dejaron marcas, como la organización de las ciudades.
Ema Wolf: –Además no tenían reyes, eran repúblicas y eso les permitía manejarse con una independencia fantástica. Si les venía bien, contrataban un subjefe comunal, una figura suprema de otra ciudad, cuando los conflictos internos eran demasiados engorrosos y las madejas no se podían deshacer, se ponían de acuerdo y llamaban a alguien de afuera. Es sorprendente cómo controlaban las ciudades, por ejemplo los puntos de vigilancia estratégicos quedaban en manos de genoveses, jamás de extranjeros. Y la severidad del control que tenían sobre los funcionarios públicos.
G. M.: –Y el poder, que estaba en cinco familias, en eso sigue siendo un poco igual, no ha cambiado demasiado. (Risas.)
–Ustedes sostienen que su generación fue marcada por la dictadura militar. ¿Qué tipos de marcas persisten en la escritura?
G. M.: –Cualquier situación de resistencia frente a una coerción dramática, como es en este caso la celda, te hace recordar la dictadura. Yo tengo un libro para niños, Otroso, que es una construcción de un universo subterráneo, secreto, clandestino, un laberinto donde se resiste con construcciones imaginarias a la opresión de una patota. Cuando lo escribí no pensé expresamente en la dictadura militar, pero aparecen estas marcas, aunque creo que son un poco inconscientes.
E. W.: –Me pregunto si no habría que mirar un poco más debajo de lo explícito en toda la literatura para adultos y para chicos, qué es lo que hay en la ficción que no trata específicamente este tema, pero donde aparecen claramente esos fantasmas de nuestra generación.
–El hecho de que ustedes estén fuertemente vinculadas con la literatura infantil y de que han hayan ganado este premio, ¿atenuará ese prejuicio de géneros menores que suele abundar en el mundo literario?
E. W.: –Venía pensando en eso. No lo sé, ojalá sirviera para que se empezara a mirar al libro para chicos de una manera más desprejuiciada. De hecho, la mayoría de la gente que escribe para chicos también lo hace para adultos. A los que menos nos sorprende esto que pasó es a nosotros, pero a los que están fuera de la zona de la literatura infantil, a lo mejor les resulta llamativo por la cantidad de hojarasca que hay interfiriendo la mirada del adulto sobre la producción para chicos.

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Graciela Montes y Ema Wolf, todavía sorprendidas por la distinción.
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