ESPECTáCULOS

Federico García Lorca, entre la melancolía y el placer de vivir

La actriz Virginia Lago consigue en “El ángel” un apasionado retrato de dos caras del poeta, encarnadas en su obra y su trágica muerte.

 Por Hilda Cabrera

En la medida en que atrapa desde la emoción, este montaje se convierte en experiencia teatral melancólica y apasionada sobre la figura de Federico García Lorca y en pieza exigente para el espectador, al que le reclama una participación mental activa. Quien asista a la pequeña y bella sala Orestes Caviglia del Cervantes no tendrá escapatoria. Si no quiere desentenderse tendrá que aceptar el entramado sensorial que proponen la actriz Virginia Lago y el músico Marcelo Alvarez, también en escena, en canto y guitarra. Sin exagerar los tonos, una y otro enlazan fragmentos de obras, poemas y reflexiones del poeta granadino y de estudiosos de su obra, como Alfredo de la Guardia y el hispanista irlandés Ian Gibson, y versos del gran Miguel Hernández.
En este rastreo de sensibilidades, que no es tarea inédita en la actriz (como lo demostró en Vivir en vos, espectáculo sobre canciones de María Elena Walsh), la muerte ocupa un lugar central. Esta domina la ambientación compuesta de telas rojas que contrastan con el blanco de los trajes de los intérpretes. No falta sin embargo el pañuelo encarnado, que la actriz coloca a la izquierda de su pecho, en clara alusión a una herida abierta. Un gesto que se le vio también en su protagónico de Mariana Pineda, cuando la dirigió el fallecido Jaime Kogan. La muerte es además fuente de inspiración de un tema de Alvarez: ¡Ay, qué día tan triste en Granada!
Se ha dicho que el trágico final del poeta nacido en Fuentevaqueros acrecentó su celebridad. Sin embargo, Lorca era ya famoso fuera de su país antes de ser ejecutado. En su pueblo natal se le rindió un homenaje en 1929, pero es cierto que despertaba sentimientos ambivalentes. El 16 de agosto de 1936, tras el levantamiento del 17 de julio del general Francisco Franco, se lo llevaron de la casa de la familia Rosales rumbo al edificio del Gobierno Civil de Granada. Un piquete de guardias de Falange Española lo fusiló el 19 de agosto en el paraje de Viznar. El recuerdo de esa muerte acosa en este espectáculo que Lago tiñe de rojo, pero subrayando la existencia de otro universo lorquiano, placentero y musical.
La utilización de un afiligranado dibujo de Lorca como telón de fondo (un ángel, reproducido aquí por la artista plástica Patricia Blanco) es parte de ese rescate. No lo es en cambio la “luna muerta” que cuelga desde lo alto, señal de que persiste la “pena negra”.
Lago resuelve con oficio la traslación escénica de los textos: preserva la esencia del lenguaje poético, de la palabra y sus misterios. Dentro de ese microcosmos pesan las ausencias, la muerte. Por eso no se entiende la sonrisa de la actriz en las secuencias más sombrías. Se puede pensar que la exaltación y el deseo de rescatar la alegría supuestamente visceral del poeta se anteponen a la palabra, y entonces ese gesto se parece al de quien cree hallarse ante las puertas de algún paraíso. Fuera de esta observación, el trabajo de la actriz es impecable. Lago demuestra conocer profundamente la obra de Lorca y se automoldea en cada secuencia. Pasa de uno a otro texto con admirable ductilidad. Intercala poesías y testimonios (el de un enterrador, por ejemplo), canciones y apuntes teóricos del mismo poeta y de otros autores. La emoción se traduce a veces en canto chispeante, como en la interpretación de Los pelegrinitos, esos primos adolescentes enamorados que van a Roma para que los case el Papa. La actriz se apropia del desborde imaginativo del poeta, e incluye canciones populares españolas recopiladas por Lorca, y las opiniones de éste sobre esas expresiones, tan semejantes a las del célebre Manuel de Falla, quien sostuvo que era necesario ir muy al fondo para no caricaturizarlas.
En tanto experiencia teatral, El ángel logra de modo sintético dar cuenta de la variedad de facetas de un artista que conmovió con sus metáforas y su rebeldía creadora, con ese bizarro tono mítico que imprimió a los temas del amor y de la muerte, y con sus fábulas y bromas, características de los artistas trashumantes, como lo fue él mismo con su Teatro La Barraca, cuando entre 1932 y 1935 llevaba entremeses y obras breves por toda España.

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La puesta del Cervantes apela en todo momento a la emoción.
 
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