ESPECTáCULOS › CHARLY GARCIA DESLUMBRO EN EL RICO LUNA PARK

Influencia, que no es poco

Con dos shows impecables, el rocker presentó su último disco junto a una correcta banda. Impactaron tanto las nuevas canciones como el repaso de clásicos y algunas joyas ocultas de su repertorio.

 Por Esteban Pintos

“¡Miren, chabones!” soltó el artista cuando ardía el estadio Luna Park después de una anfetamínica versión de “Los Dinosaurios”, a toda marcha y en definitiva clave tiempos violentos (Argentina, 2002). Cerraba una de las mejores noches de Charly García que se hayan visto en años, a partir de un espectáculo de sonido y visión propios de sus grandes momentos, con un público rendido a sus pies y una –por fin– ajustada banda como sostén. La magnitud de lo visto y oído puede relacionarse, sin temor, con el tipo de show visto en el mismo escenario, pero a comienzos de los ochenta con Clics modernos y Piano Bar, nada menos. El tiempo pasa, pero el artista sigue aquí. Y ahora, más que nunca. La contundente demostración de calidad musical brindada por Charly García este fin de semana termina de confirmar un nuevo momento de gracia en sus tres décadas de historia grande en el rock argentino.
La lectura del momento-García podría ir por el siguiente eje de razonamiento, desprendido de sus recientes declaraciones y alusiones en vivo. “¿Y ahora qué van a hacer los demás?”, preguntó ácido, antes de parafrasear a Woody Allen con la teoría del fin de la civilización a partir de la edición del simple “I wanna hold your hand” de Los Beatles. Esa es una sus citas favoritas de los últimos tiempos y así se lo hizo saber a las 8000 personas que lo ovacionaban sobre el final-final de un show histórico (otro más). Si hay ego, que sea demasiado: entonces, ¿por qué no anunciar el fin de la civilización después de una performance escénica como la vista el viernes por la noche? Este parece ser el sentido de este regreso con gloria: basta de los “chabones” que hacen rock, de la proletarización del estrellato y su demagogia barrial, esto es cosa de aristócratas, gourmets de la mejor música y cocineros de las mejores canciones. Por eso ahora llegó papá para poner las cosas en orden para luego sí desordenarlas a gusto y placer (curiosidad no tan al margen: el asistente de escenario no debía lucir sólo una remera, ése es un gesto “chabón”). La estrella reclama la exclusividad del lugar que siempre ocupó desde que hizo notar como el flaco del piano en Sui Generis, el todoterreno de La Máquina de hacer pájaros y Seru Giran, y el esteta sonoro que modificó parámetros y límites de la música moderna en los ochenta con la impresionante seguidilla Yendo de la cama al living-Clics modernos-Piano bar. El del viernes por la noche en el convulsionado año argentino de devaluación, eliminación del mundial y feroz represión estatal, fue completo: concepto escenográfico, puesta, calidad de interpretación, riesgo escénico y canciones, todas las que se puedan imaginar y algunas más también.
En las vibrantes dos horas que insumió su actuación, Charly García al frente de la recién formada banda binacional (chilenos ellos, argentinas ellas), descerrajó una ráfaga de clásicos y no tanto en un espectáculo estructurado en dos partes. Sonaron, sí, “Cerca de la revolución”, “Demoliendo hoteles”, “Fanky” y “Yendo de la cama al living”, números infalibles, pequeños momentos de música asociados con momentos en la vida de muchos de los que colmaron el estadio de Corrientes y Bouchard, y que por supuesto se dieron el gusto de cantarlas a vida voz. Lo mismo con “Pasajera en trance” y “Promesas sobre el bidet”, joyas de un repertorio del cuál extraer, en grandes versiones, tesoros ocultos como “Adela en el carrousel”, “Desarma y sangra”, “Seminare”, “Anhedonia” y “El fantasma de Canterville”, más la impactante reaparición de “Autos, jets, aviones ybarcos” nada menos. “Se está yendo todo el mundo”, una frase que ha vuelto a oírse recorriendo la geografía argentina. Así es la impronta García en la realidad nacional, tal como siempre se le reconoció a lo largo de los años: una frase suya basta para retratar un estado de ánimo social, una sentencia se incrusta más fácil en el inconsciente colectivo que cualquier slogan de campaña. Publicitaria o política, no importa.
Del nuevo disco Influencia se ha dicho con razón que recupera el talento de su autor para la composición de clásicos del futuro (“Vicio” y “I’m not in love” lo son, qué duda cabe), ofrece un sonido con personalidad y vitalidad, además de exhibir en todo su esplendor un especial olfato para exhumar canciones de los ‘60 –sus preferidas dentro del vasto conocimiento que posee–, reconvertirlas y transformarlas en casi propias. Pasó con “Me siento mucho mejor” de los Byrds, ya hecho casi propio. Sucede, y sucederá con “Influencia”. A tal punto que así, con el nombre de la canción del creativo y loco Todd Rungren se tituló el disco, en una resignificación de la resignificación misma. García como la influencia mayor del rock argentino, el hombre capaz de combinar talento, academia y carisma rocker. En una escenografía propia de película de príncipe de las tinieblas y castillo habitado por espíritus, el hombre que deja huella con sus canciones, se dio el gusto de probarlo. En compañía de su hijo Miguel, destinado a recibir lo mejor de la influencia misma.
En este contexto, bueno es reconocer que una parte de la responsabilidad y el mérito no le corresponden: la performance del –hasta este fin de semana– desconocido trío chileno, combinado con el dúo Epumer-Lizarazu (otro regreso el de Hilda, guiño a los buenos tiempos de Los Enfermeros), elevó y potenció la prestación escénica de la estrella. Así, se lo vio suelto, seguro, fresco, capaz de beber de una ¡botella de agua! en escena y dedicarse a cantar y gozar de lo que estaban produciendo. Si una parte de él dijo stop! poco importa. Después de esta serie de shows y de otros que vendrán, sea con la selección de canciones que sea (hay y de sobra) queda claro que el hombre sabe de lo que habla y lo demuestra en el terreno que mejor domina. La combinación ideal para enfrentar otro año de bajón nacional.

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Charly, el príncipe que volvió para reclamar su lugar en la aristocracia rockera argentina.
Para estos shows, formó una banda compuesta por tres chilenos, Gabriela Epumer e Hilda Lizarazu.
 
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