LA VENTANA › MEDIOS Y COMUNICACIóN

Utopía

Lucía Caruncho sostiene que la comunicación reproduce el statu quo, pero al mismo tiempo es la comunicación la que permite poner en jaque lo obvio, lo naturalizado.

 Por Lucía Caruncho *

Tipos, arquetipos, roles, estereotipos, modelos, fenotipos, se debaten, se mezclan, se cruzan en el discurso mediático. El habla, los enunciados, las palabras, articulan imágenes del mundo. La comprensión del otro es, en el discurso de los medios, siempre y necesariamente simplificadora. Es en esta tensión constante entre lo dicho y lo omitido que se construye la significación de la realidad, donde la política y lo político no son ajenos.

En períodos preelectorales, la maquinaria discursiva de los actores políticos se disputa, más que nunca, el espacio simbólico. La derecha, la izquierda, el centro, los progresistas pujan por ocupar un lugar dentro del espectro ideológico político, pujan por asociar su figura a la salud, la seguridad, la educación, la igualdad, la integración, la equidad. Los partidos políticos, los planes, los programas de gobierno quedan relegados en pos de la transmisión de símbolos. El marketing político discute con la propaganda, ambos buscan su lugar entre los indecisos, los desencantados, los apolíticos.

El cambio, la transformación, lo hecho, no reconocen logros fuera de su partido. La historia misma se difumina tras los personalismos. La verdad y la mentira, lo bueno y lo malo, lo lindo, lo feo legitima los discursos políticos. Mientras tanto la crisis de representación y de los partidos políticos sigue su camino. Los grandes relatos se abaten, se derrumban. La ciudadanía se debate entre las ideas y el contenido, entre las formas y el carisma. La ciudadanía se agrieta, se deprime, se privatiza y encuentra en el voto la expresión insatisfecha del descontento político.

Las reglas, las normas, las pautas se materializan en instituciones sociales, políticas, culturales, su existencia regula los comportamientos ciudadanos y políticos. La forma en que se respetan, se ejecutan, se implementan depende en gran medida de cómo se entienden, de cómo se significan, de cómo se comunican. La pérdida de legitimidad de las instituciones políticas pone a los medios de comunicación en el centro de la escena. El discurso mediático define visiones políticas antagónicas, integra la política al discurso, al mismo tiempo que la resiste, la desprestigia. La política no se incorpora a la comunicación como forma de representación, lo político se desvirtúa en la calumnia y la política genera operaciones mediáticas en búsqueda de la legitimación.

Sin embargo, las ideologías no han muerto ni ha llegado a su fin la historia del mundo. La hegemonía predicada, la visión dominante, se encuentran en tiempos mediáticos peleando por subsistir. La crisis es crisis, es mutación, transformación y cambio de significación. Altera los signos, la comprensión, la interpretación, la orientación. Al cuestionarse el sentido común se interroga el origen, las raíces, las representaciones y con ello necesariamente la historia. La comunicación reproduce el statu quo, los estereotipos y modelos sobre los que se asienta la significación del mundo. Pero es también la comunicación revolucionaria en su misma esencia al permitir poner en jaque lo obvio, lo dicho, lo normalizado, lo naturalizado.

Es en la comunicación donde se transmite la creencia, la creencia en un cambio, es en la comunicación donde se interroga la historia, es por tanto en la comunicación donde reivindicar los derechos humanos, sociales, étnicos, culturales, sexuales, económicos, individuales, políticos, raciales. El cambio es institucional pero también y fundamentalmente sociocultural.

Si los medios sólo transmiten imágenes de inseguridad, pobreza, suicidios, muertes, asesinatos, homicidios, el discurso único es que cada vez se está peor. Es ésa la creencia imperante.

Pero existen personas que día a día trabajan en pos de la integración, que contribuyen a erigir mejores condiciones de vida, que construyen política. Son sujetos anónimos, son gestos ignorados, es que lo que no se ve no existe. No se niega que aún se precise de cierta ingenuidad para creer en democracias ideales, pero son eso, ideales, modelos, hacia dónde ir, construir.

En la medida en que hay una idea, sea ilusoria u optimista. En la medida en que hay creencias, en que se reconocen intereses, conflictos, poder, es en esa medida en que se hace. Es en la medida en que se hace, en que se transforma lo público, que se integra, que se rescata la historia, que se construye identidad, identidad para ser, para hacer, para creer.

Si las ideologías han muerto, las creencias, los valores, la política, lo político ha muerto. Si no se cree en algo, si no se cree en una sociedad más justa, más equitativa, más integrada, nada puede hacerse. Queda la nada, sin antes, sin después, sólo la nada.

* Maestranda en Ciencias Políticas y Sociología (Flacso).

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