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¿Derrota o regreso?

Además de la derrota, que no se niega, esta crisis trajo a escena a algunos nuevos actores políticos que llegaron para quedarse en la escena argentina.

 Por Santiago Diehl *

El discurso de la derrota del Gobierno que emerge, como lectura de propios y ajenos, tras el desempate del vicepresidente en contra de la Resolución 125 en la votación del Senado, no merece ser consagrado como único testimonio de lo que pasó en estos últimos cuatro meses de vida política del país.

Más allá de la necesaria autocrítica que el gobierno nacional habrá de realizar, la hora demanda poner en práctica la máxima del filósofo Manolito: apreciar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas. Y si un saldo positivo queda de este largo conflicto con las entidades patronales rurales, es el de la repolitización de las masas y, en especial, de los jóvenes.

Durante todo este tiempo, el pueblo discutió acerca de la redistribución del ingreso, de la justicia social, del sistema tributario, de la situación mundial del precio de los alimentos, de la oportunidad histórica para la argentina tras años de crecimiento ininterrumpido, en definitiva, del modelo de país que queremos darnos. Que la sociedad se politice es un síntoma de salud democrática tras años de aletargamiento producido por la saturación de un discurso único cuya jerga y racionalidad última eran puro y duro economismo neoliberal.

Si la política vuelve a suscitar pasiones es porque se percibe su relevancia a la hora de decidir los destinos colectivos. A pesar de la manipulación explícita de muchos (casi todos) los medios masivos de comunicación, el debate público es en sí mismo un signo de vitalidad de nuestra democracia. Cuando ese debate público es llevado adelante por nuevas generaciones que se reconocen como militantes, el futuro no puede ser más promisorio. Como una fuerza irrefrenable de la historia, tras la masacre de jóvenes en los años setenta y con diciembre de 2001 como hito clave, la militancia política está volviendo a ser una identidad colectiva viable para muchísimos jóvenes que quieren ser parte activa en la construcción colectiva de su destino.

Por caso, en la vigilia del jueves a la madrugada, a la espera de la votación del Senado frente al Congreso, la calle fue tomada por fervor juvenil del mejor: cuerpos atentos a la discusión transmitida en vivo, cantos, consignas coreadas y bailadas al ritmo del bombo. Una de las más repetidas a lo largo de estos meses, en las muchas oportunidades que hubo para entonarla, fue:

“No vinimo’ por un chori,

no vinimo’ por un plan,

vinimo’ por un gobierno

nacional y popular”.

El cántico es una respuesta al discurso simplista, berreta y antipolítico que asocia militancia con actividad rentada. Esa doxa mercantilista tiene sus fuentes en el tipo de democracia desmovilizada fantaseada por la dictadura de Videla-Martínez de Hoz y que consolidó el menemismo. Esa perspectiva, que reclama apatía y por lo tanto no puede ni siquiera concebir la pasión política juvenil, demoniza y procura desactivar el enorme potencial de cambio que tienen los jóvenes hoy.

Por otro lado, la recirculación en el habla de los jóvenes de palabras que habían sido desterradas al olvido o el sinsentido, como “pueblo”, “emancipación”, “liberación”, “patria”, “traición”, “soberanía”, que los jóvenes participen y opinen, que ganen las calles, que recuperen su legítima participación en colegios, universidades, talleres, fábricas, oficinas y sindicatos, es un signo de que algo profundo está cambiando.

Al fin y al cabo, ¿qué relación se suponía que podía tener un joven con la política en la Argentina de estos tiempos? Hagamos un mínimo zapping por los consumos culturales masivos de los jóvenes. Un claro producto de la lógica de los noventa es CQC. El gastado programa juvenilista del mainstream gira en el vacío de la burla cínica, una especie de tinellización estetizada por aires rockeros y todos los clichés imaginables de la antipolítica, con alguna excepción para las políticas de derechos humanos.

Un buen indicio del cambio de época son los hilarantes personajes del programa de Capusotto, que satirizan las opciones de identificación que la cultura rockera venía ofreciendo a los jóvenes. Si el rock representó durante los noventa una de las mayores matrices identitarias para los jóvenes, el personaje de Pomelo es una crítica demoledora, que interpela a los pibes diciéndoles que pese a que su personaje es “un boludo con mierda en la cabeza”, igual “va a ser tu ídolo porque es rebelde y provoca identificación con vos, que andás con los problemas de la adolescencia”. Al mismo tiempo, Bombita Rodríguez, “el Palito Ortega Montonero”, encarna una relectura en clave cómica de las organizaciones armadas de los setenta, que entrega una revisión provocativa e inteligente de la relación entre juventud y política.

De vuelta a la no-ficción, que un pibe de la UES sea noticia por haberle enrostrado a Buzzi su traición a los treinta mil desaparecidos, a la reforma agraria y aun a su propia historia, dice mucho. Dice que los jóvenes están volviendo a la pasión política.

* Psicólogo. Master en Política y Comunicación (LSE).

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