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Nada que hacer

Para los griegos, incluso para los antiguos latinos, el ocio era el único camino hacia la sabiduría (de las clases privilegiadas, de las otras ni hablar). Con el correr de los siglos –y la Revolución Industrial–, el descanso se transformó en un valor, necesario para el mejor rendimiento de los trabajadores... y de la industria del consumo. En la Argentina de hoy el ocio se parece demasiado al monstruo grande y de pie pesado de la desocupación. Sin embargo, hacer nada es un placer para iniciados, capaces de conjurar la culpa y dejarse ir junto con el tiempo (que de todos modos, no se ilusione, no es posible retener).

 Por Marta Dillon

Los ojos se abren un domingo cualquiera, un feriado de estos que abundaron, el primero o el quinto día de vacaciones, en algún momento tiene que ser, es como vaciar el placard cuando llega el verano, como quitar los yuyos de entre los jazmines, hay que hacerlo, saquear la mente de culpas porque el día está lindo, porque hay que aprovechar, porque es una picardía quedarse encerrado o en la cama cuando hay tantas cosas postergadas, tantos cuadros por colgar, tantas visitas por hacer. Nada. Como se dice habitualmente (mentirosamente) cuando alguien por teléfono pregunta qué hacés, como la muletilla de última generación que resume lo que da pereza explicar. Nada. Qué te puedo decir. Nada. Dejar que el cuerpo se abandone a su inercia, que los párpados tranquilamente decidan si descorren el velo de la mirada, porque total, ya sabemos lo que hay del otro lado de esa fina piel que a veces regala estrellas, puntos brillantes, rojos intensos que los niños saben conseguir apretándose las cuencas de los ojos un instante antes del dolor. ¿Qué vas a hacer hoy? Nada, pero nada, nada. Sólo abandonarse al flujo del tiempo que se detiene blandamente cuando no hay resistencia, necesidad de atraparlo, optimizarlo o aprovecharlo. Tiempo cómplice, lábil como un chicle al calor del verano, eterno para quien siente esa cosquilla en la punta de los dedos, como un síndrome de abstinencia para quien tanto esperó el momento de hacer nada y de pronto se encuentra desesperado porque nada parece aburrido o inútil cuando las listas de cosas pendientes son tan largas como los cabellos de Ofelia en su descanso acuático. Nada o casi nada.
¿No es eso lo que se supone que busca la mente durante la meditación, lo que sugieren como técnica los orientales convertidos en new age para optimizar el descanso y estar 0 km con sólo cinco minutos de descanso total? ¿La condición indispensable para que el pensamiento se abra paso entre las urgencias y la información? Pues no, no se trata de eso. Este placer es para iniciados, para quienes son capaces, incluso, de dejar caer el libro que distrae las horas de ocio, porque no se trata de distraer sino de atraer esa suave modorra que tan bien ejercen los gatos, el cuerpo derrumbado por su propio peso, abandonado de toda postura, toda coquetería, olvidado de las buenas costumbres que reprimen ruidos o vedan zonas para las manos inquietas que todavía no entienden la consigna de hacer nada y entonces buscan un timbre, un resorte, algo que active la agitación momentánea a la que seguirá una calma más profunda todavía, merecida (como si hiciera falta), adormecida, testigo de pensamientos que se avientan como a moscas, que se siguen unos a otros como elefantes en caravanas, la trompa de uno atada a la cola del otro, paquidermos que viven 300 años como las promesas que se acumulan y nunca serán cumplidas pero pesan en el ocio como frutas demasiado maduras en un árbol joven. Desecharlas. Dejarlas ir en su caravana lenta hacia ningún lado, hasta que vuelvan. Un día cualquiera. Otro. No éste en que la felicidad está en la ausencia misma de estímulos de cualquier tipo, apenas la brisa de un ventilador, un abanico, el zumbido de un aire acondicionado que pone la temperatura donde debe estar, en un punto medio, suspendido, para convertir en ausente también la necesidad, de frío o de calor, como en una bañera tibia que remede esa ausencia de necesidad de la que no tenemos recuerdo pero es posible recrear un día cualquiera, haciendo nada.
Que el tiempo se escurra o transcurra, que el dolor quede alojado en algún sitio donde la conciencia no lo alcance, que el hambre obligue a una mínima excursión hacia alimentos fútiles, una cucharada de dulce, un trago que ayude a la quietud pero que no despierte voracidad alguna, que la contemplación no lleve los ojos más allá de la ventana, de lo que alcanzan desde el lugar elegido para la ausencia de todo lo que no sea un techo o un cielo, el cambio de luz que llegará si el día se cuela por algún lado, tal vez después de una siesta, la forma más perfecta de hacer nada, mientras otros se afanan por divertirse, por buscar piletas, paseos, conversaciones, asados, dormir mientras otros están despiertos porque esto no es ninguna provincia y en Buenos Aires el tiempo es oro y el oro se paga a no ser que haya adornado la cuna pero éstas son excepciones sobre las que es mejor no pensar porque ya habrá tiempo para eso, este tiempo es tiempo de nada. Nada misma. Nada respiración de gata embarazada que perfecciona todavía más esa manera de acomodarse y dejarse estar porque igual no hay mejor lugar donde ir que el rincón elegido para dejarlo huir todo y a todos, lejos de este ocio que no alumbra pensamientos porque lo que busca es el silencio, silencio vivo, olvido consciente, sereno padecer de las horas quietas, oído atento a la sangre que fluye, los ruidos de la casa, el viento artificial, los gritos de fuera que llegan muy lejos, los niños de otros, los que ayudamos a vivir y que hoy, el día elegido para hacer nada, se arreglarán como saben hacerlo, con su fantasía y sus dibujitos, porque también ellos tienen derecho a dejar que el cerebro dibuje una línea plana y sin sobresaltos, sin ponete el protector o no te tires a la pileta después de comer o ya viste esa película por décima vez. Qué importa. Hacer nada exige aplazar los personajes diarios, la razón de ser de cada uno, las responsabilidades del amor, salvo para ese encastre que llega sin desearlo, de sólo dar vueltas en la cama, una coreografía espontánea, tu brazo aquí, mi pierna allá, la respiración en el hombro, la transpiración en los puntos de contacto, el control remoto que se acciona por qué sí, el intervalo de la nada en otra cansina forma de mecerse, sin buscar un final aunque llegue, y como después de comer, de fumar o de beber, los intervalos justos y necesarios, otra vez el abandono, la perversión del tiempo y de la propia templanza, el conocimiento súbito de que así también se puede transcurrir y seguir siendo sin necesidad de demostrar ninguna cosa, cumplir ninguna regla, conseguir ningún prestigio. Que el trabajo no es dignidad sino necesidad lisa y llana y lo perpetramos en nombre de ese ocio que nunca llega porque la zanahoria está demasiado lejos, siempre un poco más y cuando la tenemos en la boca no gusta. No era esto, no era así. ¿No era hacer nada? ¿No era silenciar la mente, saquear la mente y ver qué queda? ¿No era abrir un silencio en la maraña de crispaciones y dejar que crezca como una premonición de lo inexorablemente por venir la quietud, la nada misma? Amenaza ese abismo, y sin embargo, es tan dulce esta forma de derrumbarse, de dormir sin horas ni luces, detumbarse en cualquier lado, un día cualquiera, como este en el que empieza la semana o las vacaciones, para dejarse estar en la blanda nube de sí mismo, haciendo silencio hasta que llegue el sueño, el de los ojos cerrados y los abiertos, no como lo que es posible hacer cuando el tiempo se desgarre y se escape por la propia necesidad de apropiárselo, ese sueño que se experimenta aquí y ahora, una pausa, un intervalo entre las cosas posibles y las imposibles, el cuerpo como una hoja de ese árbol más allá de la ventana, verde y húmeda en el verano, seca en el otoño, muerta en el invierno. Y qué. Nada que decir, sólo dejarse transcurrir.

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