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Horóscopo

 Por Marta Dillon

Me gusta leer el horóscopo. Es así, me gustan las predicciones crípticas e inútiles que esperan en el diario cada día como un bomboncito de chocolate con corazón de dulce de leche. Es más, me gusta increpar a amantes y amigos delatados de pronto por un párrafo, una frase, algo así como “en amor, su intuición no lo engaña” o “no dé importancia a un desencuentro” ¿Intuición? ¿Desencuentro? Qué mejor que el horóscopo para confirmar las sospechas. Una no se puede relajar, ya lo dice Sonia Larsen, o Lilly Süllos. Y no, no voy a decir que creo en el horóscopo, no es una cuestión de fe, de alguna manera es como tirar a cara o ceca, ¿acaso alguien piensa que la moneda sabe lo que una tiene que hacer? No, y sin embargo se le confían algunas decisiones porque más de una vez es imposible tomarlas. A mí me gusta leer el horóscopo, creer que entre sus letras hay algo para mí, alguna sorpresa, un mensaje cifrado. “La fantasía exalta el amor”, dice hoy, un jueves cualquiera sin ningún programa en puerta hasta que en la última página de cualquier pasquín aparece aquella promesa. Magia. Ni más ni menos que eso, un toque de magia en ese alejarse de un compañerito que nunca habíamos visto con buenos ojos. ¿Y el horóscopo de él? ¿Hay algo mejor que leer su horóscopo? ¿Hay algo mejor que hacer los domingos a la mañana que un desayuno de varias horas y los extensos horóscopos de ese día? Sin ese rito, para mí, el domingo no sería tal. La idea es leerlo en voz alta, en ronda, cual locutor de radio Colonia sentenciando el futuro próximo para todos y cada uno de los asistentes de ese día. Lamentablemente mi hija es de leo; mi madre era de leo; yo soy de leo y mis amigas más cercanas son de leo. Y el placer de leernos las predicciones, contradictorias de un diario a otro, es efímero como todo placer. En cuanto a mis novios, sostengo una empecinada atracción por los hombres de acuario. O de virgo. Los astros dicen que no me convienen (y yo podría afirmarlo sin necesidad de pitonisas), pero el amor es así. Nunca conviene. Lo bueno de esta coincidencia es que siempre quedo bien con el que tengo delante y en tren de interpretar libremente, puedo acomodar las sentencias según mi díscolo deseo. En cuanto al trabajo, las ocupaciones y negocios, suelo saltearlas. Tal vez cuando se acaba la parte del amor y las sorpresas puedo volver a empezar y enterarme por ejemplo que al fin los subordinados que no tengo asumirán con alegría mi autoridad. O que saldrán adelante tareas atrasadas. En fin, a mí me gusta leer el horóscopo, y aunque el mismo me diga que debo cambiar los vanos intentos para torcer actitudes que son incorrectas, me va a seguir gustando.

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