EL MUNDO › OPINION

Veletas y núcleo “duro”

 Por Sergio Kiernan

Pocas veces hubo una salva de activismo y propaganda tan sostenida y furiosa como la que se apuntó al Frente Nacional en las últimas semanas. Jean-Marie Le Pen y su gente fueron calificados de fachos, fueron escarnecidos y ridiculizados. Votarlo pasó a ser sinónimo de todo lo malo: ser racista, grasa, incivil, resentido, fascista, pequebú asustado, desclasado, berreta y gorilón. La campaña de la segunda vuelta sacudió la modorra y todo el mundo, como para sacarse la culpa del resultado de la primera y exorcizar a la bestia, trabajó para que el lepenismo quedara afuera. Lo lograron: hasta los trotskistas votaron por el conservador Chirac, tapándose la nariz, mucha gente que ni siquiera había votado esta vez apareció para parar a Le Pen y el candidato cuerdo ganó por paliza.
Y aun así, “le fachó” no perdió ni un voto.
Este será el dato más preocupante de todo este proceso. Por qué Le Pen llegó a la segunda vuelta ya fue analizado hasta el cansancio: que la pérdida socialista, que la bronca que llevó a dispersar el voto de izquierda en partidos pequeños, que la indiferencia que subió el ausentismo. Pero esos son los problemas del arco político que va de la derecha democrática a la izquierda más dura, y no la dinámica interna de la derecha fascistoide.
Lo que hay que recordar es que el Frente Nacional tuvo casi el 17 por ciento de la votación en la primera vuelta y un pelito más en la segunda. Como en el ballottage fue a votar más gente, los números que votaron por Le Pen son mayores en términos reales. Por lo tanto, el candidato mantuvo su voto y captó voto flotante. Estos síntomas indican que hay un núcleo “duro” en Francia que realmente está de acuerdo si no con las ideas, con la actitud hacia la política de Le Pen. Además, parece que este lucimiento trasciende el voto protesta: no fue un cacerolazo morboso y complejo, fue voto en serio.
¿Es un protofascismo a la francesa? Difícil decirlo, ya que Le Pen se mueve en una línea ambigua entre el cuestionamiento radical con contenidos nazis y racistas, y un reaccionarismo extremo pero de este lado de la línea. Esto puede ser por convicción –Francia no es Alemania, el siglo XXI ya no está para uniformes y brazaletes– o una estrategia de perfil bajo para ganar terreno y después cumplir la verdadera agenda.
Y el que piense que esta elección no es tan importante y subraye que en la anterior a Le Pen le fue como la mona, recuerde que Hitler en 1931 era el Loco Adolf, con su bloque gritón en el Reichstag y un voto veleta que iba y venía. Un día pasó un ballottage, puso un pie en el gobierno y el resto ya lo sabemos.

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