PSICOLOGíA › EN LA PERSPECTIVA DE LA DIFERENCIA

Sócrates, Alcibíades y matrimonio gay

El autor comenta el proyecto de ley de matrimonio “para todas y todos”, aprobado por la Cámara de Diputados de la Nación, en la perspectiva “de la modalidad que adopta la función de la diferencia en el cuerpo social: sin alteridad no hay amor posible y sin amor no hay sociedad que se sostenga”.

 Por Sergio Zabalza *

Una sociedad democrática merece el nombre de tal cuando sus miembros se muestran dispuestos a revisar sus instituidos sacralizados. Quizá por eso, la reciente sesión en que la Cámara de Diputados de la Nación trató el proyecto de ley que habilita el casamiento entre personas del mismo sexo movilizó una serie de alentadores pronunciamientos e interesantes reflexiones en el seno de nuestra compleja comunidad. Para mencionar tan sólo algunas, hubo quienes pusieron el acento en el clima de tolerancia y libertad que primó en el debate; otros, en cambio, con un horizonte más ambicioso, avizoraron la posibilidad de un cambio cultural más favorable al compromiso que a la gastada hipocresía de los prejuicios.

En uno y otro caso, vale la pena indagar las razones por las cuales muchas voces, que suelen confrontar al calor de la lucha partidaria, esta vez compartieron diferencias desde sus más íntimos resortes subjetivos. Aportamos una respuesta: el tema que convocaba la voluntad y el espíritu de nuestros representantes –al menos de muchos de ellos– era precisamente el lugar y la modalidad que adopta la función de la diferencia en el seno del cuerpo social. Porque sin alteridad no hay amor posible y sin amor no hay sociedad que se sostenga.

En efecto, un niño adviene como sujeto en el lugar del malentendido –de la diferencia– entre los padres. En qué consiste esta diferencia es toda la sencilla e inmensa pregunta en juego. Por eso, bien podemos colegir que la trascendencia que alcanzó el debate sobre este proyecto, que otorga a los homos los mismos derechos que a los héteros, obedece a que el mismo constituyó –sépanlo o no los legisladores– la puesta en acto de una decidida pregunta sobre la naturaleza misma del Eros, esa fuerza que –según Freud– cohesiona a las personas al constituir un colectivo.

En El Banquete, texto liminar para la cultura occidental, Platón se sirve de un mito para afirmar que el Eros nace de la unión entre la riqueza y la pobreza. Es la carencia, la falta de Penías (pobreza) lo que la impulsa a engendrar un hijo de Poros (la riqueza). Con lógica parecida, los dos personajes principales –Sócrates y Alcibíades– dibujan el derrotero por donde la diferencia hace un lugar al impulso erótico.

En efecto, apartándose de las lecturas tradicionales que ubicaban a Sócrates como la encarnación del Eros, la filósofa Marta Nussbaum conjetura que si el más feo de los griegos, con su amor por las leyes de la República, representa el aspecto más abstracto del amor, su amante –Alcibíades– es quien carga con la falta propia de un sentimiento particular que, en su contingencia, no necesita justificaciones.

En otros términos, si –tal como el mismo Platón explicita– “el amor no es amor de lo bello”, sino de “la generación y procreación en lo bello”, el impulso erótico no abreva de objeto actualizado alguno sino de su constitutiva carencia. Por eso agrega que los amantes “ni siquiera podrían decir qué desean conseguir realmente unos de otros [...] es evidente que el alma de cada uno desea otra cosa que no puede expresar...”.

No es entonces la anatomía la que asegura la eficaz concurrencia de lo hétero, sino la disposición a jugar la falta que convoca la alteridad más allá de la eventual conformación física del partenaire. Pocas cosas más devastadoras para un niño que vivir sometido a la autoridad de esos padres que están siempre de acuerdo en todo.

Un padre varón y una madre mujer de ninguna manera garantizan la diferencia, ese malentendido donde un chico encuentra un lugar para su advenimiento subjetivo. Antes bien, es el deseo de quien convoca la llegada de un niño como metáfora del amor, es decir, de una falta que se dona, de una carencia que se entrega sin pretender ser suturada u obturada.

Por eso Jacques Lacan abandonaba aquella temprana formulación según la cual La Familia [1938] se conforma a partir del matrimonio, para afirmar que el lazo social se funda en un deseo que no sea anónimo. De allí el valor que cobran las identificaciones en el crecimiento de un chico. Pero cuidado, a no confundir el campo femenino y el masculino con la anatomía.

“Que un ser vivo esté envuelto en el lenguaje, en el sistema de los significantes, tiene por consecuencia para él que las imágenes lleven siempre más o menos la marca de ser asumidas en el sistema como significantes, tal como obliga la función del tipo y de lo que se llama lo universal. Ahora bien, al ser atrapadas las imágenes en el juego del significante algo se pierde, como lo muestra toda la experiencia analítica, a saber, la función imaginaria en la medida en que responde por el acuerdo del macho y la hembra. ¿Cómo no se percibe esto? ¿Cómo aún no se volvió común? ¿Y cómo no pasó todavía a alguna forma efectiva de renovación de las instituciones? [...] no hay más reconocimiento como tal del macho por la hembra ni de la hembra por el macho. Todo eso que una exploración un poco profundizada nos demuestra de la historia de una pareja, es que las identificaciones allí han sido múltiples, recubriéndose y formando siempre al final, al final, un conjunto compuesto.”

Entonces, para los debates que se avecinan: conviene tener en cuenta que un niño hace su elección sexual a partir de la diferencia que se juega en su entorno: familia –hétero u homo parental– escuela, hospital, club, grupos de arte, etcétera. Si queremos aportar a nuestra gente joven esta rica diversidad, más vale proveerlos del marco legal que ampare las nuevas prácticas sociales. La diferencia es el hogar del sujeto.

* Psicoanalista.

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