PSICOLOGIA › IMAGINARIO DE LA CATASTROFE EN LA CULTURA COTIDIANA

Psicoanálisis de la certeza del desastre en la Argentina

Hay un desastre real en la Argentina pero también uno imaginario, sostiene la autora y, al examinar esta relación, avanza en temas como el del lugar actual del psicoanálisis, las razones del éxito de Freud en esta tierra, las figuras del Padre monogámico y del que juega con su hijo... porque se lo mandan.

Por María del Carmen Meroni*

La configuración imaginaria de un desastre subjetivo que parece no tener fin ya forma parte de la cultura cotidiana que nuestra comunidad ha logrado generar, sobre todo desde su más reciente crisis: una descomposición de los lazos, las regulaciones, derechos, contratos, del tejido social y de los ideales colectivos, evidenciada a fines del año anterior, cuando estalló el pacto monetario. Descomposición largamente anunciada, cuyo origen más próximo suele ubicarse casi tres décadas atrás, en el asesinato impune, planeado desde el Estado, de aquellos a quienes en la Argentina se los nombra con el eufemismo de “desaparecidos”.
Pero es necesario hacer una diferencia: una cosa es la conmoción subjetiva producida por un desastre sin fronteras anticipables y otra cosa es la estabilizada creencia en el desastre, que instala una certeza ominosa, una consumación catastrófica “naturalizada” que (es necesario recordarlo) también ofrece el consuelo de una respuesta. Haciendo memoria, podían “estar ya allí”, certeras, sin condiciones ni consecuencias, la revolución que nadie detendría, la eutanasia ideológica de los indeseables, la democracia plena de los puros de espíritu, la nación del Primer Mundo, y ¿por qué no entonces, igualmente indiscutible y compacto, el desastre? (¿Se escucha en el horizonte la herencia lógica de la estética de la destrucción: “cuanto peor, mejor”?) Es un modo de marcarle una frontera a lo incalculable, con una certeza anticipatoria que no se entretiene en detalles, ni condesciende a proyectos laboriosos, certeza actualmente medida con la fatídica vara del escenario irrecuperable que nos precede, al precio de que se imponga la conclusión de que no es posible tener incidencia alguna en el cuadro del que formamos parte; apenas, si acaso, algún alivio transitorio. Desde luego, la desesperación (en los mejores casos, la angustia) no se hace esperar.
Se podría decir que la creencia en el desastre consumado es causada por la conmoción cotidiana que nos produce la desarticulación de una escena en la que estamos incluidos. Es verdad, pero buena parte de su efecto traumático consiste, sin embargo, en que el impacto nos sobreviene un segundo después de advertir, cada uno, la impresión de que algo de lo que esa conmoción nos informa ya lo sabíamos, y la inquietante cuestión de por qué, si es que acaso, cada uno (hasta qué punto, en qué circunstancias) actuaba como si nada supiera, de aquello que tanto nos impacta y sin embargo no tanto. El imaginario del desastre suprime estos y otros matices. Su contundencia traumatizante tiene la virtud de la claridad, correlativa al peso mortífero de la devastación naturalizada.
Cuando se configura el imaginario del desastre, estamos ante una situación en la que ya anticipamos que nada se puede hacer para introducir o quitar algo en la catástrofe compacta. La resignación, la entrega, el aislamiento, la furia, la inhibición, la nostalgia, también los diversos clamores del alma bella son el producto observable del empecinamiento en seguir desconociendo lo anteriormente desestimado y de la reiterada pretensión de tener ya (como antes) consolidada una respuesta, allí donde no la hay o todavía no la hay. Dicha anticipación prepara el lugar propicio para su “complemento”, el canalla, que opera en el sentido (no es necesario atribuirle siempre la intención) de manipular la angustia del semejante ofreciéndole la salvación; de eso se trata en el caso del cinismo “simpático” que está tan de moda, de la ostentación de arrogancia, mesianismo, o pretenciosa humildad. A ese personaje se lo solía llamar “psicópata”.
El psicoanálisis es ajeno al campo de la llamada “salud mental”, aunque así se nombren algunas prácticas sociales en las que un psicoanalista participa (en el malentendido del lenguaje) prácticas con que el Estado y las corporaciones reglamentan políticamente la conducta deseable y prescripta para los individuos (con su carácter de masividad, segregación,vigilancia, moralidad, higiene, represión del malestar sexual, control social de la inadecuación) desde los albores del capitalismo. Lo cual no exime en absoluto al psicoanalista de tener que arriesgar una interpretación que no puede declararse inefable o ampararse en la intuición, ni carecer de una orientación, ni prescindir de un saber, y que además no lo exime de tener que dar cuenta de lo que ocurrió con aquello que, aun sin saberlo, anticipaba como saber, al decidir su acción. Pero ese saber no es indicativo, y esa acción no tiene efectos anticipables, aunque no es necesario que ellos sean erráticos o caóticos (basta un punto fuera de cálculo para no poder prever nunca en dónde nos lo vamos a encontrar) y aquello que cada uno anticipaba como saber al decidir su acción, es algo de lo que casi siempre nos enteramos después. La acción del psicoanalista pone en primer plano un intersticio inevitable entre el saber y el acto, y en ese intersticio el psicoanálisis ha inventado un saber siempre en falta sobre un Sujeto que dice más de lo que sabe y goza más de lo que es posible decir, que es el único saber con que el psicoanálisis cuenta, aunque no sea poco.
El imaginario del desastre como anticipación compacta (y la nostalgia que le es correlativa) se opone a la experiencia intersticial del saber en falta, que es el fundamento de la teoría psicoanalítica y también de la apuesta que pone en marcha cada inicio de un tratamiento analítico. Ya sea que todo conduzca al Cielo, o que todo conduzca al Infierno, la certeza en la consumación de los tiempos es siempre parte de una creencia religiosa. Cuando las estabilizaciones imaginarias preexistentes se quiebran y la angustia acecha, es más difícil conservar (nunca está garantizada) la posición que la práctica del psicoanálisis promueve por el mismo movimiento que induce: aquella de que no hay progreso, es decir de que cada uno, uno por uno, debe resolver, careciendo de un destino sellado en el origen o de alguna buena o mala consumación prefigurada, su encuentro con el goce, con el deseo, con la ausencia de una relación proporcional formulable entre los sexos. Encuentro no idéntico, pero no menos enigmático, cuando reinaba el ideal del Padre en el marco de la familia monogámica, que cuando los cuerpos del capitalismo pueden transexuarse y clonarse, sin que podamos tampoco saber hoy la cifra exacta de esa no identidad. No parece, al menos por el momento, que eso vaya a eliminar la crónica inadecuación de los sexos en el animal humano. Tampoco las estructuras (no siempre sintomáticas) de neurosis, configuración subjetiva muy habitual ante la experiencia de dicha inadecuación.
Desde luego, no hay (nunca hubo) retorno al pasado, ese que la nostalgia pinta como habiendo sido siempre más venturoso. No analizamos a las histéricas vienesas que recibía el Profesor Freud, los fantasmas (y los síntomas, los goces, los actings) se configuran en el campo del Otro (“la subjetividad de la época”, la llama Lacan), y esto tiene marcas locales y temporales. No es necesario leer la última información para concluir que el capitalismo que promovía la ilusión del bienestar general de las organizaciones basadas en la célula familiar, sostenida en la ficción ideológicamente eficaz del Estado Benefactor, no tiene retorno. No es necesario para saberlo leer a Marx o a Lenin, tan pasados de moda.
Es recomendable, sin embargo, visitar al economista Joseph Schumpeter (1883-1950), austríaco, ministro de Finanzas del Imperio Austro-Húngaro en su juventud y profesor de Harvard en su madurez, hombre de una lógica rigurosa (agudo teórico del capitalismo allá por 1942: Capitalismo, socialismo y democracia, tomo 1, segunda parte) para ver brillantemente anticipadas las tesis de Lacan, en su matema del año 72 en Milán, sobre el discurso del capitalismo, cuyo éxito según Schumpeter y Lacan (digo bien: su éxito, y no su fracaso) genera condiciones de saturación que alteran su estructura y conducen a su implosión. Que no es lo mismo que su destrucción, disolución, ni mucho menos superación. Para colmo, tampoco puede predicarse la “invención”; saber que, eventualmente, ella existe, no la hace anticipable. Hacer apología programática del contingente elemento “ex nihilo” en la subjetividad, realiza una anulación obsesiva: prescribe aquello que sólo puede constatarse. (Indíquele usted a un padre que juegue libremente con su hijo al menos una hora diaria: es la fórmula más eficaz para que no haya juego.) Hay cosas, en fin, que no se buscan, se encuentran: siempre nos enteraremos después.
No es extraño que se haya afincado, difundido, expandido, en Argentina, ese saber fragmentario y contingente sobre un Sujeto, que el psicoanálisis trajo al mundo. Se trata de una tierra poblada por oleadas de inmigrantes, es decir desarraigados de las guerras, hambrunas y revoluciones de varias partes del planeta (mucho después, otros trajeron el psicoanálisis a esta orilla), que llegaron a una cuasi-nación frágilmente establecida, apenas un instante antes, a través de algunos trabajosos pactos (preexistentes, como dice el Preámbulo de aquello que se llamó “Constitución”), que otorgaban sanción instituyente a los actos todavía frescos de conquista y de rapiña, ejecutados sobre el terreno predominante de una estructura tribal de clanes y caudillos, que coexistía con el exceso histórico de la ciudad-puerto, tempranamente enriquecida en su pasado colonial gracias al lucrativo contrabando, tan cercana (como quien dice, al alcance de la mano) de Londres y a París.
Una gran fragilidad imaginaria no resulta infrecuente en estas tierras; la pasión trágica, el goce melancólico, la anticipación forzada de una consolidación grandilocuente, tampoco. Desde hace más de dos décadas, también hemos renovado entre nosotros la constatación de que el salvajismo humano genocida y saqueador puede imperar abiertamente, sin que ningún predominio de la razón se interponga para frenarlo. La versión más inocente y simpática del hábito saqueador (lo que hoy se designa con los eufemismos “ideología rentística de nuestras clases dirigentes” o “debilidad tributaria del Estado argentino”) aparece en el involuntario testimonio político de Bioy Casares, que reproduce en su Diario el consejo que le dio un viejo arrendatario de la estancia familiar cuando él decidió “poblar el campo”: “No ponga ovejas, Adolfito. Con ellas no para uno de gastar en remedios. Ponga vacas. Basta darles campo y agua y ellas le darán un ternero todos los años”. Junto a la candorosa reflexión: “¿Cuánto gasté, o gastaron mis padres y mis abuelos, en médicos de plantas (o en veterinarios para las vacas)? Absolutamente nada”. ¡Hay que sacar!, ¿por qué habría que poner alguna cosa?: el origen rapiñero hecho código y costumbre.
Parece una desgracia pero es bueno recordar (aunque nada asegura el feliz resultado) que la enorme creatividad, el genio, la imaginación para inventar alternativas frente a la contingencia, el virtuosismo para el diseño artesanal de los recursos y la disposición para lo novedoso, que la inconsistencia feroz de las tradiciones, la ferocidad como tradición y la experiencia de la precariedad y el desarraigo pueden también producir. No sólo crimen, canallada, uso abusivo de modas y tendencias, banalidad, excesos de arrogancia y de adaptación como prótesis de algún “ser”, melancolía, desolación. También es constatable una enorme ductilidad para extraer del mismo déficit la herramienta que no estaba dada de antemano. No lo sabemos sólo los psicoanalistas, aunque estemos en mejores condiciones para teorizar su fundamento subjetivo; este saber empírico lo tienen las empresas e instituciones que alojan en el mundo a ejecutivos, diseñadores, técnicos y científicos argentinos.
El psicoanálisis, que desfallece en medio de los ejércitos monolíticos, de las religiones consolidadas y del totalitarismo de masas, florece, en cambio, sobre las “líneas de falla geológica de la corteza terrestre” (en el terreno de la subjetividad), y ha florecido en estas tierras, en que la norma en las configuraciones del Otro ha sido la de una salvajefragilidad. El psicoanálisis en nuestro medio, en los tiempos más difíciles, no cesa, asombrosamente, de florecer. Estaríamos tentados a decir que no podría ser de otro modo, si la necesidad de nuestro acto no nos privara también de esa certidumbre. Acaso las más bellas flores del saber hacer, potente e innovador, en el campo del Sujeto que el psicoanálisis inauguró, ¿no nacieron del dominio herido de la grandiosa Viena del Imperio Austro-Húngaro, durante la penumbra decadente del emperador Francisco José, o de la Francia de porte soberbio y tradición luminosa, que descubría con vergüenza hasta dónde había llegado a colaborar con quienes colaboró, al final de la guerra que inauguró el capitalismo tal como hoy lo conocemos (tal como también Jacques Lacan nos lo enseñó a deletrear)?

* Miembro (A.M.E.) de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

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