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Confesionario en la villa

Cuestiones sociales y familiares se eslabonan en el caso de una familia que, “bajo tensión enorme”, residía en una villa. Se trataba de una de esas familias que “se reúnen alrededor de madres, pero éstas tampoco ejercen matriarcado, sino que a lo sumo funcionan como hermanas mayores y más sacrificadas”. El abordaje apela a recursos tan viejos pero tan nuevos como el “confesionario”.

 Por Sergio Rodríguez *

A invitación de un pastor de la Iglesia Evangélica Alemana y de su compañera, colaboro en una de las denominadas villas miseria, trabajando con chicos y familias afectadas por el alcohol, las drogas –particularmente la pasta base de cocaína–, y las tendencias delictivas. El, desde su saber bíblico y de la vida, ya que fue villero. Yo, desde lo que me dieron el psicoanálisis y mi vida, ya que de chico anduve geográfica y amistosamente cerca de pibes en esas condiciones, que por lo demás distan mucho de ser las actuales.

Tratamos de buscar caminos menos destructivos, menos autodestructivos. En ese trabajo, sobre el que intercambiamos informaciones y conjeturas regularmente y hasta interpretamos transferencias y jugadas inconscientes, tratamos de ir encontrando aproximaciones para entender esa desnudez de lo peor del malestar en la cultura.

Lo primero es la sensación de que no tienen un suelo firme en el que apoyarse. Parecen trapecistas caídos a la red, a los tumbos, tratando de caminar sobre ella. Las familias, en su mayoría con genealogías llenas de agujeros, son campo de enfrentamientos permanentes. Se reúnen alrededor de madres, pero éstas no ejercen matriarcado, sino que a lo sumo funcionan como hermanas mayores y más sacrificadas. Esas familias se salen de sus enfrentamientos sólo para desafiarse con alguna otra familia o grupo adverso, o con “la gorra”, la policía bonaerense. Es una paradoja frecuente que de la misma familia formen parte “gorras”, “transas” (narcos de cuadra, de manzana) y chorros.

Como ejemplo diverso, sin embargo, está el caso de un muchacho de veintidós años que es de los que más pelean por no abandonar a sus amigos cuando caen en el “paco”, la pasta base de cocaína. Pertenece a una familia de más de diez hermanos en la cual todos son hijos del mismo padre, que sigue viviendo con ellos y con la madre. Con ellos vuelven regularmente a la ciudad natal de los padres a visitar a los abuelos que aún viven. El cuenta, contento, cómo los pueblerinos lo saludan afectuosamente, y a veces bromean por su condición de “aporteñado”. La casa de esta familia es una de las más grandes y mejor cuidadas de la villa y es común que allí se reúnan vecinos y familiares a comer asado de hamburguesas y tomar vino o cerveza.

Pero lo más común es que sean familias organizadas en torno de la madre o alguna abuela, porque los hijos son de diferentes padres que ya no están, o no se sabe quiénes fueron. O que sean parejas que se pelean brutalmente, originando enormes rencores en los hijos. Lo que se está disgregando, sin alternativas a la vista, es la familia como primer generador de los lazos sociales. Y este fenómeno afecta no sólo a los villeros. Con otras formas, se hace presente en las capas medias, y también en los countries. Por lo tanto, no sólo está herido el presente, sino también el futuro, a causa de los agujeros transgeneracionales que se van produciendo.

En una familia, se advertía una tensión enorme y permanente alrededor de acusaciones mutuas de evitar el trabajo en la casa, entre las mujeres, y entre los hombres sobre pérdidas de trabajo y, en los que tenían trabajo, faltas. Acordamos con el pastor, que se ocupó en ayudarlos a organizar un esquema de reparto de tareas domésticas y búsquedas laborales. Pero eso no se efectivizaba más allá de dos días. Mientras, yo atendía a solas a los distintos hermanos. Lo hacía en el coche del pastor, estacionado en la puerta de la casa de la familia. Llamaban a esta actividad “ir al confesionario”, no en referencia a los de la Iglesia Católica, sino por el dispositivo del programa televisivo Gran Hermano.

Advertidos del aumento de la tensión agresiva intrafamiliar, decidimos promover una reunión con todo el grupo. Esta familia no comprende sólo vínculos consanguíneos o de pareja. También forman parte de ella varios jóvenes que, viviendo o no en esa misma casa, se nuclean alrededor de esa madre y esos hermanos y los reconocen con apelativos como “tía”, “abuela”, etcétera.

La reunión empezó con las recriminaciones habituales, concentradas en la única que en ese momento no estaba, la hermana menor, de 14 años. Es la más díscola; la acusan de pequeños latrocinios internos, de no colaborar y estar reclamando siempre. Pretendían que se fuera a vivir con el novio, en cuya casa pasaba la mayor parte del tiempo. Es cierto que es la más peleadora, incluso físicamente. Lo que no saben es que al novio, que está en una carrera técnica universitaria, lo pelea tanto como a ellos. En fin, una pequeña, bella y quejosa histérica, que goza con la insatisfacción de los deseos propios y los de sus amores.

La reunión se orientaba en esa dirección. Hice notar que ella presentaba quejas similares contra el resto. Se enfurecieron y empezaron a acusar a la madre de ser la culpable por haberla apañado siempre. Entonces recordé, en silencio, que la jovencita se me había quejado, en el confesionario, de que trabajaba desde los siete años, cuando empezó a ir con los demás a cartonear. Intervino la madre tratando de defenderse y defenderla. Contó que la piba, cuando tenía seis años, la increpó exigiéndole conocer al padre. Ella la envió, acompañada por su tía –hermana de la mujer– a hablar con él, que vivía a una cuadra y media. El hombre la rechazó argumentando que no tenía constancia de que fuera hija suya. La niña no volvió a intentar acercarse a él. Un año después, en 2001, comenzó a cartonear con los hermanos y la madre. Todos se habían quedado sin trabajo y lo poco que lograban comer era con los pesitos que juntaban vendiendo los desechos que recogían en sus salidas. Imaginemos a esa niña, que había recibido tremenda herida narcisística pocos meses antes, caminando por las calles, escarbando basura sin saber bien por qué pero sintiendo el desconcierto, la rabia y la tristeza de la familia. Fue una suerte que reaccionara histéricamente; otra posibilidad hubiera sido una depresión temprana, vaya a saberse con qué destino.

En la reunión, se fue hablando de los orígenes de cada uno. A la hija mayor, la madre “se la había traído de Entre Ríos”, su lugar natal. ¿Quién había sido el padre? Un amor adolescente, referido por la madre pero nunca nombrado. Nombre tampoco pedido por esta hija, que es la más pegada a su mamá, a quien tiene de ídolo. Los dos siguientes eran hijos del único hombre con el cual convivió y que no reconoció legalmente a ninguno, pero, mientras que uno era protegido por él, el otro era puesto en duda. Ese “padre” se fue; según la señora fue echado, y tuvo otro hijo con otra mujer de la manzana de a la vuelta. Terminó arrojado por policías debajo de un tren; según cuenta el mito, antes lo habían castrado por encamarse con la esposa de uno de ellos.

Entre los que no son hijos de sangre, uno dice que su padre biológico está lleno de guita pero nunca lo reconoció. En cambio, él quiere y reconoce a quien siempre convivió con su madre y lo adoptó. Pero el padre adoptivo no vive más con ellos, porque en los últimos años se metió en “transas y choreos”. El hijo por su parte quiere trabajar, pero no logra resistirse, de vez en cuando, a acompañar a este padre y su banda en algunas correrías, lo cual preocupa fuertemente a toda la familia, que hace lo posible para “rescatarlo” (significante insistente entre los pibes del lugar). Los adictos dicen querer rescatarse de “la base”, otra palabra clave.

En esa atmósfera densa, en la que habían dejado de hacerse acusaciones mutuas y en cambio flotaban fuertes resentimientos contra los padres ausentes, la madre desplegó el relato de sus orígenes. Hija de un arriero que no cobraba en plata, sino con el usufructo de una pequeña parcela en el campo de su patrón, donde criaba algunas vacas y animales de corral con los que se alimentaban y cuyo excedente vendían. Hablaba de ese padre con una ambivalencia que se acercaba mucho a la bivalencia descripta por Enrique Pichon-Rivière. Recordaba con rencor sus maltratos, abandonos y desamparos, a la vez que lo alababa por su decisión de mandar al hermano mayor con su hermana menor a la Capital Federal, a trabajar y tratar de encarrilar a esa chica, púber, que hacía desastres en el pueblo.

Ella hablaba de ese hermano con mucho cariño, a la inversa de la menor, de la que hablaba con odio. Ya acá, él trabajó en un frigorífico mientras la más chica seguía en sus correrías, ahora en la gran ciudad. Cierta vez el hermano se apareció en el campo diciéndole al padre que no podía con la chica, que ahora le había dicho que estaba embarazada. El padre le ordenó internarla en un colegio y él volvió dispuesto a hacerlo. En este momento del relato, la voz de la mujer, que siempre aparecía gritona y demandante, comienza a quebrarse; los ojos se le ponen vidriosos, y una lágrima tenue se derrama de su comisura izquierda. Relata que el hermano volvió a Buenos Aires y le comunicó a la hermanita que iba a ejecutar la decisión del padre. Ella le contestó que, entonces, iba a contar que la criatura era de él. Recordé a la hija menor, ausente en esa reunión y que había logrado transformarse en el blanco para el ataque de todos los demás. El hermano mayor de la señora se ahorcó. A esta altura del relato, la señora temblaba. Le pregunté por qué no se animaba a llorar, que no era ningún pecado. Igual se contuvo, pero respiró más tranquila. Por esa noche, era suficiente y nos fuimos.

Obviamente, no hay divanes. El tratamiento personal se hace a la noche en la calle, en el asiento delantero del auto de un pastor luterano. Pasan por él, de a uno, la serie de hermanos. Por ahora, en ninguno de los casos sale de una catarsis quejosa sobre los otros miembros de la familia. Combinamos con reuniones familiares en las que mantenemos el secreto de lo escuchado en el Confesionario y en las que de un modo u otro la escena se multiplicaba. Recién en esa última reunión, se pudo pasar a revisar los orígenes y sus horrores.

* Extractado del libro Desarraigos villeros, de Sergio Rodríguez y Silvia Sisto (comps.), Ediciones Odisea.

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Imagen: Jorge Larrosa
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