PSICOLOGíA › TRABAJO PSICOTERAPEUTICO CON NENES AFECTADOS POR EL VIH

“Me picó un bicho”

Un psicólogo que trabaja con nenes afectados por el VIH cuenta una experiencia donde “el mayor obstáculo, en niños y púberes que contrajeron el VIH por vía materna, es que no cuentan con recuerdos propios de la época en que aconteció el contagio. Esta indefensión es el sello de origen”.

 Por Jorge A. Goldberg *

Los niños afectados por el VIH, a comienzos de los años noventa, transitaban entre los dolores orgánicos y las acechanzas de la muerte. En la sala de pediatría, algunos de ellos dibujaban espontáneamente cuerpos afectados por la invasión de “bichos”. Estos dibujos condensaban al menos dos elementos cruciales: las vivencias de desvalimiento respecto de la enfermedad y una interpelación a los profesionales tratantes. El interrogante subyacente podría formularse así: qué pueden hacer ustedes con un cuerpo invadido por bichos. Esos dibujos propiciaron reflexiones entre médicos, enfermeros y psicólogos, de las que fue tomando forma nuestra modalidad de dialogar con los pacientes. En cuanto a nuestra labor como psicólogos, su finalidad se definió en términos de facilitar que los pacientes desplieguen sus propias vivencias, conozcan y ejerzan sus derechos, detecten sus afectos y deseos más íntimos, aprendan a convivir con el VIH. A este conjunto lo denominamos genéricamente procesamiento psíquico.

El procesamiento psíquico tiene en cada paciente dimensiones singulares. No obstante, con el paso de los años hemos aprendido a reconocer algunos aspectos comunes a muchos casos. El mayor obstáculo para este procesamiento de la enfermedad, en niños y púberes que contrajeron el VIH por vía materna, es que no cuentan con recuerdos propios de la época en que aconteció el contagio. Ello ocurre porque contrajeron la patología en la gestación o durante el amamantamiento temprano. En un estado de máximo desvalimiento, antes de la posibilidad de registrar vivencias transformables en recuerdos y de poder apelar a alguna defensa, inmunológica o psíquica.

Esta indefensión es el sello de origen de la enfermedad en estos niños. Para nuestros pacientes, las experiencias inherentes al control de su estado serológico –internación, extracción de sangre, tratamiento antirretroviral– tienen un alto potencial traumático, ya que el niñ@ padece actos intrusivos, sin poder dar cuenta de las razones por las que su cuerpo es objeto de las mismas. Acaso la experiencia de la persona encarcelada por un hecho que no cometió pueda equipararse con el pánico, la furia impotente y la humillación de nuestros pequeños pacientes cuando comienzan a transitar la vida hospitalaria. El trabajo terapéutico tiene como primer objetivo contribuir a que el niño –y el grupo familiar– emerjan de ese arrasamiento inicial.

Y es necesario crear las escenas aptas para el trabajo psíquico. Este trabajo requiere de escenas sobre las cuales realizarse, y estas escenas se constituyen en el vínculo entre el paciente y el terapeuta. Walter, un niño de tres años contagiado por vía vertical, había mamado del pecho materno durante sus dos primeros años de vida. Pero su madre no tenía expectativas respecto del desarrollo vital de este niño. Cuando lo conocimos, tenía frecuentes momentos de desconexión y un autoerotismo oral en que comenzaba ansioso y culminaba en somnoliento. Entre sus “juegos”, uno me llamó la atención: tomaba una mamadera de juguete y la llevaba a la boca, una y otra vez, en silencio. Cuando le pregunté qué estaba tomando, me contestó con claridad: “Cucarachas”.

Vinculé su actividad y su respuesta con la condición de indefensión que había recibido. Pero me mantuve en silencio. Y al rato el chico me ofreció la mamadera con cucarachas. Me encontré diciéndole que yo no tomaba las cucarachas, las escupía. Mi respuesta pareció sorprenderlo. Luego, al verme dramatizar varias veces el acto de escupir, comenzó a hacerlo él. Su juego de tragar cucarachas fue mudando en el juego de escupirlas, y el acto expulsivo se fue revistiendo de un sentimiento de placer, muy contrastante con su actitud ausente o somnolienta. La actividad de escupir fue luego relevada por actividades de mayor complejidad psíquica, acordes con una creciente vitalidad anímica, como la de dibujar bichos y contar historias acerca de ellos.

A esta labor del terapeuta la denominamos “prestar aparato psíquico”. La meta es contribuir a que el paciente logre crear una escena donde no la hubo y en ella desplegar respuestas subjetivas. En el ejemplo, escupir, dibujar y contar son testimonios de un proceso de respuesta subjetiva. Una vez creada la materia prima de emociones y representaciones vinculadas con ellas, se puede desplegar el trabajo de procesar los problemas nucleares: admisión, naturaleza y origen de la enfermedad, estrategias de curación. Estas cuestiones recién entonces se vuelven accesibles al trabajo de digestión psíquica.

El trabajo de procesamiento suele atravesar ciertos temas prototípicos: captar la naturaleza y origen de la enfermedad; captar la distinción entre objetos y sustancias tóxicas y las que nutren el cuerpo y la mente; desplegar ciertos traumas familiares; admitir el carácter crónico de la enfermedad, y la utilidad de defenderse.

Otro paciente, Alvaro, tiene seis años en el momento de la sesión. Contrajo el VIH por vía vertical, trasmisión madre-hijo. La sesión corresponde al período en que en el centro de su interés está en captar qué hizo posible que se haya enfermado. A Alvaro le llama la atención un bicho de plástico que encuentra en la caja de juegos. Lo toma, lo pone en el suelo. Lo pisa y exclama: “¡Me picó!”. Lo vuelve a tomar entre sus manos, se dirige a la puerta, la abre y deja el juguete afuera del consultorio. Le hago una pregunta que no contesta. Toma una moto, la hace aparecer y desaparecer, la hace andar sobre la mesa. De pronto se le traban las ruedas. Anuncia: “Hay que arreglarla”, lo intenta y las ruedas se destraban, pero enseguida se vuelven a trabar. Se ofusca y la deja en la mesa. Agarra un auto, enseguida lo suelta. Tiene entre sus manos un muñeco, le aprieta el cuello, lo ahoga. Hace lo mismo con otro muñeco. Usa el teléfono de juguete para llamarme. Le digo: “¿Sabés qué vi? A un nene al que lo picó un bicho, después el nene puso el bicho afuera de la habitación pero se quedó con furia. El nene se sacó la furia ahogando a otros nenes que el bicho no había picado”. Alvaro se distrae con unos objetos de uso médico que hay en el consultorio. Pide lavarse las manos. Luego el terapeuta hace referencia al bicho que dejó afuera del consultorio. Alvaro de pronto abre la puerta, grita airadamente “Bicho puto”, vuelve a gritar lo mismo y vuelve a cerrar la puerta, dejando al bicho excluido.

En este fragmento clínico, Alvaro intenta captar la naturaleza y origen de su enfermedad: escenifica que hay un bicho (el “bicho” podrá dar lugar ulteriormente al concepto de virus) que pica a un cuerpo que se defiende con un pisotón: esta defensa se ejecuta pero falla, fracasa (“me picó”). Creemos que se pone en juego algo de la historia del propio enfermar, del fracaso del sistema inmunitario. Es frecuente que el primer desciframiento del origen de la enfermedad tenga este carácter, digamos, biologista: un bicho es la causa única del enfermar. Los niños que disponen de un buen sostén cuentan con la posibilidad ulterior de incluir nuevos interrogantes respecto de la pareja parental: cómo se engendró la enfermedad, qué papel le cupo a cada uno de ellos y qué lugar se atribuye el mismo niño en esta cuestión.

Otro tema en esta sesión de Alvaro es el de admitir la condición de enfermo crónico y descubrir la utilidad de cuidarse y defenderse. Disponer de energía psíquica para luchar contra una enfermedad que se revela perdurable es uno de los desafíos más complejos para la vitalidad de estos chicos. Cuando el niño admite su condición de paciente de una enfermedad perdurable –llamamos de este modo al estado en que el chico declina la ilusión de una cura mágica–, surge la pregunta: estando enfermo, ¿es posible defenderse ante aquello que ya me enfermó? ¿O sólo resta bajar los brazos? De ser posible defenderse, ¿de qué y cómo hacerlo? La secuencia en que Alvaro, luego de ser picado, despliega nuevos actos defensivos –ubicar al agente de la picadura puertas afuera, ir a ese lugar y atacarlo con insultos– señala que el niño comienza a habilitar esos interrogantes para su trabajo psíquico.

* Psicólogo. Sala de Pediatría del Hospital Muñiz.

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