SOCIEDAD › EL MOVIMIENTO SLOW LLEGó A LOS NIñOS

Chicos en bajas revoluciones

El slow es un estilo de vida que busca frenar el vértigo de la sociedad acelerada y consumista. Ahora ya hay propuestas para sumar a los chicos. Niños de entre 6 y 9 años hacen yoga, aprenden a cocinar sano y escuchan música clásica.

 Por Sonia Santoro

–Le ponemos seis cucharadas de azúcar, una cada uno –dice la cocinera.

Hoy hacen mouse de naranjas y merengue. Tienen entre 6 y 9 años y visten delantal y sombrero acorde. De fondo se escucha música clásica, apenas rota unos minutos con la batidora.

–Es pesado esto –dice Victoria, mientras bate–. Estoy cansada.

–Descansá, ¿querés ir al patio?

Sí, quiere. Deja la cocina y se tira sobre un puf en el patio a mirar la nada. Tal vez observa la pared que hipnotiza con el serpenteo continuo de agua, o simplemente sus zapatos. De pronto se le ocurre regar plantas, y allá va acompañada por Pancho, otro compañero.

Así pasan las horas en D-espacito, un nuevo lugar pensado para la recreación de nenas y nenes de 4 a 12 años, que se presenta como una alternativa “slow” a la excitación continua que proponen, por ejemplo, los remanidos peloteros.

Se llama slow a un movimiento que nació en Italia a fines de los ’80 en el rubro gastronomía, en oposición a la instalación de locales McDonald’s y su fast food. Por eso el movimiento más importante gira en torno de la comida y se conoce como slow food (ver aparte). Pronto se expandió a otros rubros: ciudades, turismo, consumo, diseño slow. Hasta convertirse en una especie de filosofía de vida, cuyo logo es un caracol.

El periodista escocés Carl Honoré escribió el libro Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad, ya convertido en una especie de biblia para quienes creen en la desaceleración de la vida, quieren trabajar menos horas pero disfrutar más de lo que hacen, que se respeten los procesos naturales de los alimentos y demás acciones que se fueron perdiendo en las sociedades cada vez más tecnológicas, consumistas y apuradas. Su planteo es que con la desaceleración mejora la calidad de vida.

Y tras esa premisa básica se levantó esta casa sin colores estridentes ni ruidos excitantes, donde se pueden hacer talleres de yoga, armado de juguetes y títeres, cocina slow, música, entre otros. ¿Cuál es la diferencia con cualquier espacio que brinda talleres de expresión para infantes? ¿Es sólo una manera distinta de vender lo mismo?

Desde el mismo patio zen, María Celeste Meana, mentora y fundadora de esta casa, responde sin inmutarse: “Acá tienen la libertad de no hacer cosas que no quieren, el juego es libre, aunque guiado; si se cansaron pueden venir a mirar el techo; además, el espacio en sí los calma”. Un leve olor a lavanda los acompaña siempre, así como los verdes y naranjas tenues con que están pintadas las paredes y puertas de la casa. “Además –sigue–, no hay objetivos institucionales a cumplir, se trabaja según lo que los chicos piden.” En el taller de yoga, por ejemplo, trabajan la respiración y “se conecta con su cuerpo desde un lugar poco conocido para ellos; la idea es que reconozcan sus cuerpos con armonía y tranquilidad”.

También se festejan cumpleaños, aunque no haya animadoras gritando a rabiar para sostener el espíritu infantil en los cielos ni laberintos de goma por los que treparse o tubos plásticos por los que caer una y otra vez para descargar energía. “No es que eso esté mal –dice Meana–, sino que no había una opción a esos lugares; en este mundo tan enloquecido y frenético tienen que tener una opción para relajarse.”

Meana es docente, pero es también instrumentadora quirúrgica y en los últimos años se dedicó a vender implantes de traumatología y neurocirugía. “Vivía en la calle, en hospitales, corriendo para vender, estaba en un nivel de estrés que me consumía y paralelamente empecé a ver que no había espacio para que los chicos pudieran relajarse”, cuenta. Mientras su hijo de 5 años sufría trastornos de sueño y problemas respiratorios, conoció el movimiento slow y encontró la síntesis de lo que estaba buscando.

Uno de los disparadores del libro de Honoré fue justamente un artículo que hablaba de unos nuevos cuentos para niños que en un minuto sintetizan los grandes clásicos. A punto de comprarlos, pensando que con ellos solucionaría sus pocas ganas de dedicarse a leerle a su hijo antes de dormir, se dio cuenta de que algo andaba mal si no podía darle a su hijo al menos un cuento completo cada noche. A fines de 2008 publicó además Bajo presión, donde se dedica a analizar las implicancias del actual modo de vida en la infancia (ver aparte).

Despacito nació en noviembre de 2008 en el barrio de Palermo. Y desde entonces, con el sello slow, se está abriendo paso en el superpoblado mundo de ofertas de entretenimiento cool para niños. Sus actividades pretenden que los chicos tiendan a conectarse con otras cosas, observar, disfrutar, sentir su cuerpo, su respiración, conocerse, aprender a esperar, a que las cosas tienen un proceso. Aprender algo tan complicado para nuestra agenda actual como que hay que comer cuando se tiene hambre, descansar cuando se está cansado y dormir cuando se tiene sueño.

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D-espacito es una alternativa slow a la excitación continua de los peloteros.
Imagen: Rafael Yohai
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