SOCIEDAD › HABLA EL CREADOR DEL PROGRAMA DE DONACION DE ORGANOS MAS EXITOSO

Las claves para conseguir donantes

El español Rafael Matesanz vino para asesorar al Incucai. En pocos años logró ubicar a su país en el primer lugar en cantidad de donaciones. El secreto es hablar en el hospital con los familiares de cada fallecido. Rechaza las campañas mediáticas y los registros.

 Por Pedro Lipcovich

Está en la Argentina el hombre que desarrolló el programa de donación de órganos más exitoso del mundo. Rafael Matesanz, artífice del “modelo español” –que, en pocos años, ubicó a ese país en primer lugar en cantidad de donaciones, seguido, lejos, por Estados Unidos– explicó a Página/12 qué puede hacer la Argentina para llegar a ese resultado. Las figuras clave del programa son los coordinadores que, en cada uno de los hospitales, se ocupan de la más difícil de las tareas: hablar con las familias de personas que ya han muerto, pero cuyo corazón late todavía, para comunicarles que el ser querido falleció y solicitarles la donación. Estas entrevistas terribles duran varias horas y su desenlace depende en gran medida de la capacidad del operador. El desgaste de estos entrevistadores es tal que, tras pocos años de trabajo, deben ser reemplazados. En la experiencia de Matesanz, el éxito no se consigue por apelaciones masivas –aunque es importante que la población esté concientizada– sino por una organización sanitaria donde la perspectiva de la donación está presente en cada sala de terapia intensiva. El modelo español ya fue trasladado exitosamente a Italia y su creador vino a Buenos Aires para asesorar al Incucai. Matesanz juzga contraproducentes los “registros de donantes”; en cuanto a los “llamados a la solidaridad” para pacientes determinados, en España simplemente están prohibidos.
La efectividad de los programas de donación de órganos se determina según la cantidad de donaciones por año y por millón de habitantes: en España, llegan a 34 por millón; el país que le sigue es Estados Unidos, con 21 por millón; el promedio en la Unión Europea es 16 por millón. En la Argentina, la cifra actual no supera 6,9 por millón.
A fines de los ‘80, España estaba en 14 por millón, bien abajo en Europa. Se creó entonces la Organización Nacional de Trasplantes dirigida por Rafael Matesanz: en 1992, España había ascendido al primer lugar del mundo en cantidad de donaciones. “Básicamente, se trata de una organización en red –explica Matesanz–, con un coordinador nacional, coordinadores regionales y un coordinador en cada hospital: estos últimos suelen ser médicos de terapia intensiva y su intervención es crucial.” Este profesional está a cargo del proceso desde que se detecta un posible donante: alguien que ha sufrido muerte encefálica, pero cuyos órganos son aptos para trasplante. El siguiente paso es entrevistar a la familia.
–¿Cómo se le pide a una familia que done los órganos del ser querido?
–Es muy difícil –contesta Matesanz, quien actualmente preside la Comisión de Trasplantes del Consejo de Europa–. Lo primero es comunicarles que el ser querido ha muerto. Explicarles que, aunque está conectado a un respirador y su corazón late, ha fallecido. Conseguir que entiendan que no hay vida humana sin cerebro y que el cerebro del ser amado está destruido. La entrevista puede durar varias horas. En las familias puede haber crisis de ansiedad. No pueden aceptar que esté muerto, ¿no se podría hacer algo por salvar su vida? Se les explica que no. Con toda la paciencia. Sólo después se puede plantear que hay otras personas cuya vida depende de un gesto de generosidad. Si el entrevistador actúa bien, la gran mayoría de las familias da su aceptación.
–Esta actitud del entrevistador se contrapone a la cultura más bien tecnificada y apartada de lo afectivo que predomina en la medicina actual.
–Esa cultura es un mecanismo de defensa de los médicos: en el caso de las donaciones de órganos, debemos abandonarlo y dar la cara. Lo más fácil y común es anunciar que el paciente murió y retirarnos; no es fácil cambiar y esta dificultad explica por qué en la mayoría de los países hay tan pocas donaciones de órganos.
Tan difícil es que “los coordinadores no deben seguir en esa función más de dos o a lo sumo cuatro años; porque la tarea implica un enorme desgaste psíquico y está comprobado que, pasado cierto tiempo, la cantidad dedonantes que obtiene cada coordinador empieza a bajar. En Alemania, Holanda, Bélgica, no han tenido en cuenta esto: los coordinadores lo son de por vida y esto trae problemas serios. Y lo mejor es que el coordinador, sobre todo en hospitales medianos o chicos, no se dedique sólo a esta tarea, de modo que cuando llega a saturarse es reemplazado y continúa en el hospital con otra función”.
No sólo es difícil para el profesional: “También lo es para la familia, por supuesto. Sin embargo, encuestas a un año de plazo mostraron que, de las familias que aceptaron la donación, el ciento por ciento volvería a hacerlo, mientras que de quienes se negaron, el 70 por ciento se arrepintió. Los que accedieron reconocen haber obtenido un consuelo: una parte del ser querido siguió viviendo en otra persona, pudieron salvarse cinco, seis vidas. Porque no hay que olvidar que, por cada donación que se niega, hay una persona en el final de la lista de espera que va a morir.
–¿Qué opina del “consentimiento presunto”, según el cual toda persona es considerada potencial donante mientras no manifieste lo contrario?
–No sirve –fue categórico Matesanz–. En muchos países, incluso España, hay leyes de consentimiento presunto, pero no han funcionado. Brasil hace cuatro años intentó una ley de ese orden, pero enfrentó mucha oposición social. Es que siempre se termina pidiendo la autorización de la familia; en la cultura latina, pero no sólo en ella, hay un sentimiento de que los familiares deben decidir sobre el cuerpo, y las leyes no pueden emprenderla a golpes con las realidades sociales.
Matesanz tampoco es partidario de que los donantes se registren en vida. “Esto no sirve para aumentar las donaciones; al revés, puede disminuirlas. El mensaje que preferimos trasmitir es: ‘Comuníquele a su familia su voluntad de donar sus órganos’; porque la familia es la que va a decidir. El “sí” a la donación de órganos, anotado en un documento de identidad, no garantiza nada, y el “no” elimina de la donación a esa persona. En Holanda, hace unos años se empeñaron en hacer un registro de donantes: gastaron mucho dinero, consiguieron que se anotara casi el 15 por ciento de la población, pero la tasa de donaciones en ese país no supera el 11 por ciento. Lo esencial, lo que sólo logra un entrevistador cuidadosamente entrenado, es el consentimiento familiar.
En cuanto a los pedidos públicos, “en España los hemos prohibido. En rigor, ningún país permite que el público done órganos para una persona en especial: debe recibirlos quien esté primero en la lista de espera y esta condición puede variar de minuto en minuto según la gravedad de los casos. Los anuncios públicos siempre provienen de gente que tiene contactos con periodistas o con médicos o con políticos: ¿y los familiares de los otros pacientes en lista de espera? Si llega un órgano para el paciente publicitado, todos van a imaginar que fue por los anuncios: ¿y los demás, que tal vez hubieran tenido prioridad? Estos mensajes sólo producen angustia en la población, que los recibe impotentes, y dan una imagen de ineficacia del sistema. Sus únicos destinatarios verdaderos, los familiares de quienes están en muerte cerebral, no están mirando la tele, y quien puede y debe acceder a ellos es el entrevistador del sistema de donaciones.
Desde hace un par de años, Matesanz viene aplicando el modelo español en la región de Toscana, en Italia, donde consiguió subir las donaciones a más de 30 por millón.
–¿Cuál es su diagnóstico de la situación en la Argentina?
–En la Argentina, las negativas familiares llegan al 50 o 60 por ciento, mientras que en España están en el 20 por ciento, con algunas regiones por debajo del 4 por ciento –contestó Matesanz, quien visita el país en el marco de un acuerdo entre ambos ministerios de Salud.
¿Por qué acá tanta gente se niega? “Jamás hay que culpar a la población de que haya pocos donantes. Hay que buscar la diferencia en la técnica del profesional que entrevista a la familia. Y en la Argentina el sistema todavía está muy centralizado: los hospitales avisan al Incucai, quedesplaza personal para efectuar la entrevista y obtener el órgano: lo grave es que así el hospital participa poco, no queda suficientemente involucrado. Si, en cambio, el coordinador forma parte del hospital, la donación de órganos pasa a ser una tarea más del hospital. De otro modo, la mayoría de los donantes se pierde en la fase de detección, porque el médico no se detiene a pensar que tal o cual paciente es un potencial donante”.

Compartir: 

Twitter
 

A fines de los ‘80, España tenía 14 donantes por millón de habitantes, de los más bajos de Europa.
 
SOCIEDAD
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2019 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.