SOCIEDAD › UN ARGENTINO VOLUNTARIO EN LA ARMADA ESPAÑOLA, ECHADO TRAS UN ACCIDENTE

“Muerto de hambre, vete a tu país”

Lucas Caride es cordobés, tiene 20 años y en 2001 se incorporó a la Armada ibérica tras la convocatoria publicitada aquí. Después de sufrir una serie de humillaciones y discriminaciones, sufrió un accidente de trabajo. Como fue considerado no apto, le cancelaron el contrato.

“Muerto de hambre, por qué no te vuelves a tu país y dejas de sacarnos el trabajo.” Podría tratarse de un argentino discriminando a un inmigrante de un país vecino, pero la humillación no reconoce orígenes ni fronteras: lo gritó un sargento primero de la Armada española a un joven argentino con doble ciudadanía que hacía dos años se había enrolado en esa fuerza y que había viajado a ese país seducido por promesas varias, desde pocas horas de trabajo y buen sueldo, hasta conocer otras culturas y posibilidades de estudiar. El sueño terminó cuando sufrió un accidente de trabajo que preveía una prolongada rehabilitación. Por ese motivo y por ser “extranjero”, le negaron la renovación de contrato, quedó sin trabajo, sin cobertura médica y, según las propias palabras del joven, “discriminado por ser sudamericano”.
“Me echaron por dos cosas, porque me había lastimado y por ser ‘sudaca’”, resumió ayer desde su casa de Villa Carlos Paz, Córdoba, Lucas Caride, de 20 años, que desde hacía poco más de dos años trabajaba en las fuerzas armadas españolas a bordo de la fragata “Extremadura”. En junio de 2003 resbaló y rodó por una escalera. Se desmayó y se fracturó un hombro. “Habíamos pedido botas de seguridad adherentes, pero nunca llegaron”, explicó. Lo operaron el 24 del mismo mes y sólo le cubrieron económicamente un mes del posoperatorio, mientras que la rehabilitación total estaba estimada en un mínimo de seis meses.
El contrato de dos años estaba a punto de vencerse y, según las normas de las fuerzas españolas, el conscripto debe pedir la renovación. Caride fue con su superior, el capitán de corbeta Ernesto Zarco Gil, y le comunicó su decisión: a pesar de las promesas incumplidas, quería seguir en la Armada. La respuesta no fue la esperada: “Usted tiene derecho a presentar la solicitud, pero yo elevaré sobre usted los peores informes que haya escrito en toda mi carrera. Cuando lean lo que digo de usted, no le renovarán nada”, advirtió el militar.
El anuncio terminó con el interés del joven por la Armada. Además, si la fuerza lo consideraba “no apto” para esa función, la calificación valdría para todos los organismos públicos de España. Lo que sí intentó fue iniciar una acción judicial, para lo cual necesitaba un documento que acreditara el accidente de trabajo. Volvió a la fuerza para que completaran la solicitud, pero volvió a chocar con el capitán de corbeta. Según el joven, el militar le explicó que “ese documento debió solicitarlo en el momento del hecho”. El joven cordobés le recordó que él estuvo inconsciente. El superior no se inmutó. Sin trabajo y sin cobertura social, optó por volver a Córdoba, donde planea seguir la recuperación y dejar de lado ese dolor que le impide mover el brazo derecho.
Caride trabajaba como operador de equipo de comunicaciones y radares en la fragata “Extremadura”, con asiento en Ferrol, provincia de La Coruña. Había llegado a España en 2002, tenía un contrato de dos años y un sueldo de 600 euros. “El peor era el sargento primero José Castro, me discriminaba continuamente, me decía que yo les sacaba el trabajo a los españoles y todo el tiempo me decía que ‘vienen aquí porque en Argentina se cagan de hambre’”, recordó el joven, y aseguró que la agresión más común era “sudaca muerto de hambre”.
Lucas Caride tiene doble nacionalidad por el abuelo materno, que nació y vivió muchos años en España. En 2001, cuando faltaban pocos meses para terminar el colegio secundario y comenzar a estudiar gastronomía, llegó a su casa de Villa Carlos Paz una invitación para un acto a realizarse en el consulado español en Córdoba. El tema: ser voluntario de las fuerzas armadas españolas. Asistió, al igual que autoridades diplomáticas y representantes de todas las armas que hicieron muchas promesas. La misma invitación para sumarse a la fuerza, y que en su portada rezaba “¿Buscás una oportunidad?”, había sido enviada a 27 mil jóvenes argentinos con padres o abuelos españoles.
“Nos habían asegurado que íbamos a tener muchos beneficios, que iba a crecer como persona, que íbamos a trabajar seis horas y podríamos estudiar. Todo mentira, había maltrato y trabajaba doce horas diarias”, señaló el joven cordobés. Consultado acerca de si le ofrecen nuevamente un contrato y volver, afirmó que “ya no creo lo que me prometen”.
Caride fue uno de los 600 aspirantes de Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Montevideo que habían aprobado el examen de aptitud en 2001, todos con doble nacionalidad y de entre 18 y 27 años. Respondían a una iniciativa gubernamental española para atraer soldados, ya que en ese país el servicio militar es voluntario y pertenecer a las fuerzas armadas parece no ser un rubro atractivo para los jóvenes españoles: para doce mil puestos sólo hubo seis mil postulantes. Las promesas que se resaltaban eran un sueldo de entre 500 y 600 dólares, capacitación especializada, treinta días de vacaciones y acceso a la seguridad social.
En aquel momento, el ministro de Defensa español, Federico Trillo, había resaltado que “el ejército puede ser una buena vía para volver a España”.
A sólo quince días de la iniciativa, ya había desertado casi el quince por ciento de los conscriptos. El hecho ocasionó duras críticas de diputados españoles, que remarcaron la poca información que les habían brindado a los aspirantes. La Oficina del Defensor del Soldado –una organización no gubernamental española– había resumido: “Les prometieron el oro y el moro, y están empezando a darse cuenta de que no es así”.

Informe: Darío Aranda.

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Los voluntarios fueron convocados en el extranjero porque los españoles le rehúyen al servicio militar.
 
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