SOCIEDAD › OPINION

Blumberg y la crisis de la política

Por Juan Abal Medina (h.) *

Que un ciudadano que sufrió una de las peores tragedias personales que le pueden ocurrir, como es la pérdida de un hijo, canalice su dolor mediante un fuerte reclamo hacia las instituciones utilizando convocatorias populares, presentando proyectos e instalando la discusión en la esfera pública, nos muestra una saludable conducta democrática de un importante sector de la sociedad.
Por el contrario, que la mayoría de los dirigentes políticos se haya escondido detrás de él y actúe de la manera que lo hizo en los días inmediatamente posteriores a la primera manifestación convocada por Blumberg, nos habla de una clase política en decadencia, que está lejos de haber superado la crisis que estalló a fines de 2001.
Las sesiones de las cámaras legislativas, en vísperas de Semana Santa, cuando los legisladores se mostraron como obligados a no tomarse vacaciones y ponerse a trabajar, constituyeron un espectáculo patético en el que parecía que sólo la atenta mirada de Blumberg (y las cámaras de televisión) garantizaba que se aprobaran proyectos en los que los legisladores no habían pensado hasta entonces.
Obviamente esto no era así, pero lo importante del hecho es que desnudó la crisis de legitimidad que sigue enfrentando gran parte de los políticos de nuestro país. Así, casi nadie que veía la transmisión de la sesión dudaba de que quien lo representaba en ella era el mismo Blumberg y no las personas que fueron electas y cobran un sueldo para hacerlo.
En el momento del auge del descontento popular, la clase política tuvo que optar entre dos caminos antagónicos: o producir la profunda reforma política que la ciudadanía demandaba o esconderse hasta que la cosa pasara y continuar con sus prácticas anteriores. La mayoría no dudó y simplemente esperó, dejando de concurrir a lugares públicos y apareciendo menos en la televisión. No se escucharon las voces que desde la oposición de ese momento (como Carrió, Zamora, Kirchner o Ibarra) o desde el mismo oficialismo (el propio presidente Duhalde) propusieron tomarse en serio el reclamo ciudadano.
Cuando Kirchner desde la presidencia generó un conjunto de políticas valientes que reconciliaron a gran parte de la población con la política enfrentando a los poderes y reivindicando la capacidad de transformar la realidad, los políticos típicos salieron de sus escondites y como quien no quiere la cosa volvieron a sus prácticas históricas, creyendo que la popularidad presidencial también les pertenecía.
Los hechos que ocurrieron mostraron su error, el respeto ganado por el Presidente no lava las culpas del resto. Así, si no quieren volver a protagonizar nuevas “sesiones Blumberg” cada vez que un ciudadano harto se dirija al Congreso deberán, ahora sí, realizar la profunda transformación institucional tantas veces prometida y jamás realizada.
Sólo una reforma que sea verdaderamente profunda y no un mero maquillaje, que transforme el sistema electoral, que acabe con el clientelismo, que establezca límites claros al financiamiento espurio de la política, que termine con los mecanismos electorales provinciales “aberrantes” (lemas, supermayorías, etc.) y que genere verdaderos organismos de control ciudadano (como la Agencia Electoral) podrá reconciliar a los dirigentes con la sociedad y volver a hacer creíble su condición de representantes del pueblo.

* Doctor en Ciencia Política, profesor (UBA-UNSAM-UDESA) e investigador del CONICET.

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