SOCIEDAD › CAMPAÑA DE MUJERES QUE CUENTAN EXPERIENCIAS PROPIAS

Dar la cara por el aborto

Todo empezó con un e-mail a través de un sitio en Internet en el que una mujer hizo público su caso. Así nació la campaña “Yo aborté”, en la que mujeres de distintos niveles sociales cuentan las circunstancias en que se sometieron a intervenciones clandestinas. Buscan sensibilizar a la opinión pública para abrir el debate sobre la despenalización.

 Por Mariana Carbajal

Mujeres anónimas y desconocidas de distintos puntos del país iniciaron una jugada campaña por la despenalización del aborto a través de la Red Informativa de Mujeres de Argentina (RIMA), una lista feminista de correo electrónico, coordinada desde Rosario, que integran casi 900 mujeres de la mayoría de las provincias y algunas también del exterior. Con el título “Yo aborté”, profesionales, amas de casa y estudiantes de distintas edades se animaron a contar sus experiencias de abortos clandestinos: fueron solas o acompañadas, con dinero suficiente para hacerlo en un lugar seguro o sin los medios necesarios para no arriesgar la vida. Ya suman más de 35 los testimonios. Se pueden leer a través de la web, donde cualquiera que lo desee puede agregar su historia o simplemente expresar su adhesión a la movida, que busca lograr un cambio en la legislación.
El testimonio que disparó la campaña fue el de Gabriela Adelstein, de 42 años, traductora, empleada administrativa, madre de dos hijas, colaboradora de RIMA y vecina del barrio porteño de Monserrat, movilizada por el último Encuentro Nacional de Mujeres que se hizo meses atrás en Mendoza –y que finalizó con una multitudinaria marcha en favor de la despenalización del aborto– y por la visita al país de la médica holandesa Rebecca Gomperts, creadora de la ONG Mujeres sobre las Olas, que promueve la práctica de abortos seguros en un barco frente a las costas de aquellos países en los que esa práctica es considerada un delito.
Entonces, a mediados de diciembre, Gabriela Adelstein escribió: “Yo aborté, pero como soy de clase media, tuve médicas contenedoras, asepsia y anestesia. Hasta tuve un hombre responsabilizado y contendedor a mi lado (todo un lujo). Yo acompañé a mis hermanas a abortar, pero como somos de clase media alta, tuvieron asepsia y anestesia, y una hermana contenedora. Yo ayudé económicamente y emocionalmente a mi empleada doméstica a abortar, pero como ella es de clase baja, por enésima vez le pusieron una sonda en el cuello del útero, le dieron suficientes antibióticos, pero pocos anestésicos. Se la bancó como una duquesa y si sus cuatro hijos se quedaban huérfanos, pues ... joderse. Así es la vida. ¿Quién más?”

Romper el silencio

El texto, espontáneo y comprometido de Gabriela impulsó la avalancha de relatos que hoy se pueden leer en la página www.rima web.com.ar. “Sentí que había que hacer algo y me salió ese e-mail de barricada. Lo lancé sin ningún cálculo. Yo no milito en ninguna organización. Fue una reacción visceral”, recordó Adelstein, en diálogo con Página/12. Lo que importa ahora, dijo, es el espacio que se generó para que otras, muchas, todas las mujeres que han pasado por un aborto se animen a hablar. Y no sólo las que lo han sufrido en su propio cuerpo rompieron el silencio. Varias de las que se sumaron a la campaña han acompañado a una hermana o amiga en ese trance tan difícil, que anualmente enfrentan más de medio millón de argentinas, según los cálculos del propio ministro de Salud, Ginés González García. En la última semana, en un reportaje con este diario, el funcionario se pronunció abiertamente a favor de la despenalización del aborto, para evitar más muertes de mujeres que se someten a esta práctica en condiciones precarias, por no poder pagar una interrupción del embarazo segura.
“Es una mentira eso que sostienen muchos de que la sociedad no está madura para debatir la despenalización del aborto. Más que madura, está repodrida”, disparó Adelstein ante Página/12.
Cada día se agregan a la campaña más testimonios, algunos con nombre y apellido, otros sólo con las iniciales de su autora. Cada uno muestra la crudeza, los miedos y los riesgos que implican realizarse un aborto en la clandestinidad en la Argentina.
“Al día siguiente de que circulara por RIMA el e-mail de Gabriela, fueron llegando cinco o seis testimonios más, y al otro día otros tantos, y más y más. Todos en primera persona. Muy fuertes”, señaló Gabriela De Cicco, periodista y una de las creadoras y coordinadoras de la lista de correo electrónica en la que se gestó el movimiento.
RIMA es una lista cerrada que en julio cumplirá cinco años, en la que se intercambian informaciones, noticias, artículos de diarios, sobre temas de género y se generan debates y acciones del movimiento de mujeres. Entre sus “colisteras”, como se llaman sus integrantes, hay profesionales, periodistas, diputadas, funcionarias, amas de casa, estudiantes, todas ligadas al feminismo. Todas mujeres.
“A medida que se iban juntando los testimonios nos empezamos a preguntar si se podían y debían hacerse públicos. Hubo colisteras que a partir de eso hablaron por primera vez en su familia o con su pareja sobre el tema. Y finalmente, hace dos semanas, se acordó publicar la campaña en la página web de RIMA”, describió Irene Ocampo, también periodista y la otra creadora y coordinadora de RIMA.

Historias

La campaña, en primera persona, tiene como antecedente el manifiesto en favor de la despenalización firmado en Francia en 1973 por 343 mujeres famosas, entre ellas Simone de Beauvoir y Catherine Deneuve, y que fue fundamental en la lucha por los derechos sexuales y reproductivos en aquel país y en la legalización del aborto. Emulando aquella iniciativa, la desaparecida revista Tres Puntos, en su primer número convocó a una docena de famosas, intelectuales, escritoras, que contaron –también en primera persona– que habían abortado. Una de ellas, Tununa Mercado, de 65 años, adhirió en los últimos días a la campaña de RIMA y también envió allí su testimonio: “Era menor de edad, en términos legales, cuando aborté por primera vez. Me acompañó una amiga, a quien yo también había acompañado para que abortara unas semanas antes. Fue a finales de los cincuenta. No era un hábito cuidarse ni que a una la cuidaran. No había anticonceptivos. Hacer el amor era como una hazaña heroica cuyos riesgos había que correr. Los corrí, no me arredré, y sentí alivio. Tuve suerte y condiciones de asepsia medianamente seguras”.
Cada historia es única. Todas con la marca del miedo que acarrea la ilegalidad. “Aborté cuando tenía 22 años, sin poder hablar, sin compañero, sola, con una amiga que hizo lo que pudo –comienza el relato de María Inés Z., de Jujuy–. Y me recuperé en la casa de otra que, apenas me desperté, me hizo saber que prefería que me fuera porque ella estaba mal por haber colaborado con una muerte. Me fui a mi departamento de estudiante en Córdoba, donde vivía con dos amigas que no sabían nada de lo que me ocurría. Yo sola, así en silencio, sin poder hablar, elaborar mi decisión y mis miedos, miedo a que alguien supiera lo que había hecho, miedo a que mi familia se enterara de que no había perdido mi mensualidad de estudiante sino que había tenido que pagar un aborto, con miedo a morirme y con culpa. Aborté con una persona que apenas desperté de la anestesia me pidió que me fuera rápido y que no tomara el colectivo en la parada que estaba cerca de su casa, sino más adelante.”
Sonia, periodista, de Buenos Aires, escribió que abortó a los 15 años. “A pesar de lo convencida que estoy de mi decisión y de que las mujeres tenemos derecho a decidir cuándo y cómo tener un hijo, no hablo muy fácilmente de mi aborto. Muy pocas personas lo saben, pero creo que esta es una buena oportunidad para que lo sepan más muchas/os más.” Alejandra Ciriza, de Mendoza, dijo lo suyo. Le tocó acompañar a abortar a varias conocidas y después a ella misma pasar por esa situación. “Yo aborté cuando apenas tenía 14 o 15 años y acompañé a Isabel, una chica que trabajaba en casa, apenas dos años mayor que yo, en un adurrial de Salta (...) Luego fueron una de mis primas y otras amigas, de mi edad. Con suerte: conseguíamos la plata (...) Ninguna de las mías ha muerto de aborto séptico, pero las almas de muchas han quedado duramente marcadas. Por el maltrato, la clandestinidad, el dolor físico y el miedo. (...) La clandestinidad nos deja libradas a la arbitrariedad y a menudo la brutalidad de algún otro.”
Una psicóloga, identificada por sus iniciales C.Z., pasó por un aborto a los 20 años. “Porque era estudiante universitaria y tenía trabajo, aborté con un médico y con anestesia, acompañada por un marido tibio que no terminaba de comprometerse, diciendo ‘como vos quieras’. Después de hacerlo me sentí aliviada y hasta el día de hoy no me arrepiento.”
Entre los testimonios está el de Dora Coledesky, una veterana militante por la despenalización del aborto. A los 76 años, sigue en la lucha por lograr que la interrupción voluntaria de un embarazo sea gratuita y legal en el país. Desde hace casi dos décadas viene bregando por ese objetivo desde la Comisión por el Derecho al Aborto. Desde noviembre, todos los lunes entre las 18 y las 20, junto con otras mujeres de varias organizaciones, montan una mesa en la puerta de la vieja Confitería del Molino, en Callao y Rivadavia, para repartir folletos y juntar firmas. En enero hicieron una impasse, pero volvieron a instalarse el lunes último.
“Si el ministro de Salud de la Nación es coherente con su discurso debería ejercer presión en el Gobierno y sobre el Congreso para llevar adelante la despenalización. No puede quedarse en palabras”, piensa Coledesky, que también es abogada. La campaña de RIMA, dice, la conmovió.
“Se rompió el tabú, de la cultura de la culpabilidad que nos impusieron. Si esta campaña pudiera llegar a más mujeres, a aquellas que no tienen email ni acceso a Internet, nos llevaríamos varias sorpresas. La campaña es la mayor compensación a tanta lucha, hemos sacado la careta de la hipocresía, nos hemos mostrado con toda nuestra fuerza. Dará sus frutos, tarde o temprano”, concluyó.

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