SOCIEDAD

La exposición rural de los que se
autogestionan en el Cono Sur

Argentinos y uruguayos fueron a ver, vender y aprender a un pueblo cerca de Porto Alegre donde se realiza la feria.

 Por Laura Vales

“Otra economía ocurre”, se lee en el pasacalle que cruza la entrada de lado a lado. Detrás, en una enorme carpa azul y amarilla, comienza la feria: hay 10 mil metros cuadrados de puestos –uno al lado del otro, hasta donde da la vista–, con productos autogestivos o de cooperativas. En la ciudad de Santa María, a cuatro horas de Porto Alegre, una vez por año se realiza el mayor encuentro de economía solidaria del Brasil. Aquí es posible conocer los emprendimientos productivos del Movimiento de los Sin Tierra y las cadenas de cooperativas del algodón y la miel, que han significado para miles una salida real de la desocupación.
“Todos los productos que ve son de nuestros asentamientos”, dice en el puesto del MST Moisés Hochmann, mientras señala los paquetes de yerba y de arroz que se exhiben sobre el mostrador, entre libros de Stedile y botellas de cachaça. Moisés tiene 19 años y nació en un campamento. “Mi padre ocupó la tierra y allí nací, en el asentamiento de Itapuí. Crecí con él, lo ayudaba en el campo, pero ahora que terminé de estudiar estoy más dedicado a la comercialización.” El chico muestra la mercadería de las cooperativas: miel de abejas Nonoa, conservas Doce Sabor, yerba Conquista do Chao. Hay verduras orgánicas y un buen stock de remeras del movimiento, que se venden bien especialmente entre los turistas. En algunos casos, se trata de productos con elaboración industrial. Todo se hace dentro de las fazendas, con cooperativas del movimiento. “Lo más difícil es la venta –dice él–; generalmente usamos las ferias, pero fuera de ellas hay problemas: donde hay intermediarios no nos queda casi ganancia.”
La feria reúne a 500 grupos expositores de 22 estados. La organiza la Municipalidad de Santa María –una ciudad, dicen aquí, equivalente a lo que es Rosario para los argentinos, gobernada por el PT–, junto con la Iglesia Católica y el proyecto Esperanza-Cooperanza, una iniciativa que promueve la economía social. La feria se realizó por primera vez en 1994 y desde entonces ha sumado actividades afines, como una muestra de biodiversidad. En el municipio hay una fuerte tradición cooperativa. La novedad de este último encuentro ha sido su extensión a otros países del Cono Sur, con delegaciones de Uruguay, Argentina, Ecuador y Venezuela, entre once países.
El encuentro tiene un aspecto dedicado al intercambio comercial (por la feria pasaron en el fin de semana 35 mil personas) y un área de formación, con eventos para discutir políticas estructurales; en esta edición se debatieron estrategias de integración alternativa en el Mercosur. Las actividades buscan darle visibilidad al sector, que en Brasil es considerado en rápido crecimiento. En el acto de apertura, Arí Moraes contó que existen tres cadenas productivas en ascenso: la producción cooperativa de miel, de frutas y de algodón orgánico. Los trabajadores han comenzado incluso a organizarse en una central propia, Unisol, una organización que asocia a emprendedores de la economía solidaria y grupos de autogestión. En la actualidad, Unisol reúne a 108 cooperativas de producción, tanto urbanas como rurales.
¿Cuáles son los principales reclamos del sector?, pregunta Página/12. “Mayor apoyo del poder público y el cambio de la legislación, que no ayuda a estas experiencias”, señala Moraes. Dice también que les preocupa el trabajo hacia dentro, con la construcción de una identidad.
Carmen Carini, uruguaya, llegó a la feria en representación de la Asociación de Mujeres Rurales, integrada por unas 2000 trabajadoras del campo. En el Uruguay, la economía solidaria está menos desarrollada. “Más que a vender, vinimos a aprender”, dice Carini. Su organización tiene diez años de historia, pero su apuesta por la producción a gran escala es reciente: acaban de crear Delicias Criollas, una marca compartida entre 14 cooperativas para vender dulces y bebidas artesanales.
El proyecto fue complejo porque tuvieron que ponerse de acuerdo grupos alejados geográficamente entre sí, conseguir por separado habilitaciones de bromatología y desarrollar normas comunes de elaboración y presentación de los productos. “Hay una marca compartida, pero cada cooperativa fabrica cosas distintas”, cuenta Carini. ¿Generaron puestos de trabajo genuino? “Hasta ahora fue más un complemento para la familia, un ingreso extra en una época de crisis económica. Sólo cuando es temporada de alguna fruta y tenemos que envasar grandes cantidades se genera empleo.”
La feria tiene un sector destinado a la agricultura familiar, donde se compran y venden no sólo verduras sino también semillas y se difunden métodos de cultivo ecológico.
El gobierno está haciendo un mapeo del sector, y sus primeros datos muestran que hubo, entre 1990 y el 2005, un crecimiento del 65 por ciento respecto de la década del 90. El crecimiento ha sido la respuesta de los más pobres al desempleo, un recurso para la sobrevivencia pero, en algunos casos, ha servido para avanzar en nuevas formas de organización económica. Uno de los ejemplos más comentados es el de las cadenas de grupos autogestivos. “Los productores de algodón orgánico conseguimos vincularnos con cooperativas de hilado de San Pablo y con otros emprendimientos textiles de confección. Luego esa ropa se comercializa en las ferias de economía todo el país”, dice Arí Moraes. “A diferencia de la actividad privada, construimos y distribuimos colectivamente y damos transparencia a la formación de los precios.” Estas cadenas de productores unen hoy a 36 cooperativas.
Para la hermana Lourdes Dill, organizadora de la feria, los principales problemas que enfrenta la economía solidaria son la falta de una legislación protectiva, la escasez de crédito y la poca conciencia en la sociedad sobre la importancia del consumo justo. “El 100 por ciento de lo que se consume aquí va a las economías familiares, pero mucha gente sigue comprándoles a las multinacionales. Ese es el cambio de paradigma que tenemos que conseguir.”
La economía solidaria no es considerada una cuestión marginal dentro de Brasil. Según Valdeci Oliveira, intendente de Santa María, “la producción del 80 por ciento de los alimentos consumidos en el país viene de emprendimientos familiares, cooperativas y asociaciones”. Aunque el censo nacional sobre economía solidaria no está terminado, los referentes del sector estiman que en el país hay unas 20 mil cooperativas o grupos de autogestión que dan trabajo a un millón de personas.
La feria reúne a grupos de productores autogestivos, cooperativas agrícolas y emprendimientos indígenas.

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Santa María, al sur de Brasil, hogar de “la otra economía”.
 
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