SOCIEDAD › CHICOS CON FIEBRE Y PADRES CON PREOCUPACIóN EN EL HOSPITAL GUTIéRREZ

Crónica con barbijo puesto

El hospital de niños concentra las consultas sobre casos sospechosos de gripe A. Pero allí intentan bajar el nivel de psicosis. En general, mandan a los chicos de vuelta a esperar 48 horas. Y recién después se toman las muestras para análisis.

 Por Emilio Ruchansky

Al guardia de seguridad del hospital de niños Gutiérrez el barbijo le hace transpirar la cara. Se lo cambia cada dos horas, pero no se acostumbra. Está harto. Es el único en toda la sala de espera que lo usa, porque los casos sospechosos deben atenderse a la vuelta, sobre la vieja entrada de la calle Gallo. “Yo sólo estoy para contener, les pregunto a los padres si el chico estuvo en un colegio donde hay gripe porcina y les indico dónde atenderse”, dice al principio. Después de charlar un rato con este cronista, confiesa que muchos de los pacientes y familiares lo miran mal. “¡Como si yo tuviera la gripe! ¡Esto es una psicosis!”, se queja.

El trailer para atender los casos sospechosos está en el estacionamiento que precede a la entrada original del Gutiérrez. Para ingresar, las cientos de personas que pasan por estos días deben ponerse los barbijos que gentilmente alcanza otro guardia de seguridad. Mientras cae la tarde, aparecen padres con sus hijos de uniforme escolar, caminando rápido, sin disimular la preocupación, luego de las cuatro muertes informadas por el Ministerio de Salud de la Nación entre el lunes y ayer.

La sala de espera está afuera y consta de tres largas banquetas de madera. Más de uno se queja por la inhospitalidad. Por ejemplo, un hombre que espera apoyado sobre su auto y mira a su hermana y su sobrina sentadas allí, aguardando su turno. “Venís por una gripe y te cagás de frío, es cualquiera”, dice. A pesar de su malhumor, está preocupado porque el colegio al que va su sobrino cerró porque había casos sospechosos. De repente, un auto se estaciona a las apuradas y un hombre sale disparado de la puerta para hablar con el guardia: “¿Puedo dejar el auto ahí?, ¿no lo puedo entrar?, por favor, vengo con mis dos chicos, tienen mucha fiebre”.

Al final el hombre estaciona, como puede, sobre la calle Gallo y entra con su esposa y sus mellizos, de unos 10 años. Está más asustado que ellos. Al rato sale una pareja de treintañeros y acceden a hablar, mientras le quitan el barbijo a su nene, Agustín. “Va al colegio Marianista y hubo dos casos confirmados ahí. Anoche estaba con temperatura, tos, dolor de cabeza, por eso lo trajimos, pero está bien. Ni siquiera tomaron muestras para el laboratorio”, explica la madre, Ana María Alvarez.

Ella y su marido, Gabriel Aranda, son profesores de escuelas de la ciudad y el conurbano bonaerense. Coinciden en que la situación es la de una paranoia total. “Yo le conté a un compañera de trabajo en la escuela y me gritó ‘qué hacés acá’, ‘pedite licencia’. Yo le decía, si querés falto, por mí bárbaro”, dice Alvarez. Su marido apunta que el problema es que no se cumple el aislamiento, sea gripe A o estacional. “No hay conciencia –asegura el hombre–, los chicos están enfermos pero los padres los dejan ir al cíber, al club, a las reuniones, a los bailes. Eso sí, llaman al colegio permanentemente para saber si cierran o no.”

Alvarez asiente: “Es algo de todos los días”, dice y agrega que los chicos también van al colegio engripados y cuando les pregunta contestan que los mandan los padres. “Si no guardan cama estamos en la misma, los chicos se siguen contagiando. Y no es todo culpa de los padres, estoy hablando de alumnos de séptimo grado. Está en uno no ir y esperar a estar mejor. Por eso nos contagiamos”, dice la mujer, que le baja el pulgar al brote epidémico: “Vivimos con los chicos y con la gripe estacional. Sabemos que los casos en los que murieron chicos eran chicos que ya estaban enfermos, con neumonía, o enfermedades más graves. Agustín está sano, tiene bien las defensas, así que no nos alertamos tanto”.

Sin embargo, en medio de la conversación los dos profesores discuten porque la pediatra que acaba de atender al chico recomendó ver la evolución de Agustín en las siguientes 48 horas, antes de tomar una muestra para el laboratorio. “La verdad que se la podía tomar hoy”, dice la madre, mientras el padre le señala que no importa, que los análisis no se hacen allí sino en el Instituto Malbrán y tardan 10 días. “Igual, si le tomaban una muestra hoy, lo podían mandar hoy”, insiste Alvarez.

El trailer azul donde se atendió a Agustín y le informaron que sus pulmones están bien tiene un cartel que dice: “Normalizando el pulso ciudadano”. Adentro hay cinco médicos, todos pediatras y algunos que también son infectólogos. Una doctora, joven, sale para hablar por celular y se la escucha responder preguntas sobre la gripe A a alguien. Después accede a charlar con Página/12 y cuenta que ella y sus colegas hacen turnos de 6, 8 y hasta 12 horas para atender en el trailer.

“La mayoría viene con infección respiratoria. Si no tienen ningún contacto con otros posibles contagios ni viajaron a alguna zona infectada les decimos que ‘no tiene criterio’ para considerarse sospechoso, como para bajar la ansiedad de los padres”, dice Florencia, que no quiere dar su apellido, más por vergüenza que por otra cosa. Ella suele trabajar en la guardia del hospital, como el resto de los que están en el trailer. Como el guardia de la entrada principal, también está harta del barbijo. “Uso doble barbijo, encima.”

Al rato sale el matrimonio con los mellizos. Parecen más calmados. “Ya pasó el susto”, dice el padre, que explica que la pediatra de los chicos les había recomendado ir al hospital. “Nos dijeron que no tienen criterios, que no pasa nada. Igual no pueden ir al colegio hasta el lunes que viene porque tenemos que mantenerlos aislados”, cuenta la madre. Los mellizos tienen fiebre pero están contentos. “¿Están así porque no están enfermos?”, pregunta este cronista. El padre responde por ellos: “No, la verdad es que están chochos porque no van al colegio”.

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El trailer para atender los casos sospechosos está en el estacionamiento que precede a la entrada.
Imagen: Rafael Yohai
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