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Domingo, 12 de octubre de 2008

EL BAUL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Errare humanum est

Hasta 1860 las crisis económicas se consideraron fenómenos inconexos entre sí. Después, a partir de los estudios de Juglar, el ciclo económico se ha representado como curvas continuas y ondulantes (“funciones sinusoidales”), identificables por su período, amplitud y fase. Al nuevo aparato matemático (“series de Fourier”) se añadió el soporte estadístico. Con ambas disciplinas, pudieron conjeturarse los rasgos más angustiantes de una crisis: cuánto dura y qué profundidad tiene. Irving Fisher (1867–1947) fue un maestro en esas técnicas. Pero ante todo fue un inventor. Su único invento comercializado fue un sistema de tarjetas índice visibles, que patentó en 1913. Para explotarlo fundó la empresa Index Visible Company, que se fusionó (1925) con una competidora en la Kardex Rand Co, convertida en 1926 en la Remington Rand, Inc. (RR), de la que fue uno de sus directores hasta su fallecimiento, en 1947. En la década de 1920 las acciones subieron y Fisher usó los ahorros de su esposa y su hermana y fondos prestados para ejercer derechos a comprar más acciones de la RR en el mercado alcista de fines de la década de 1920. En la crisis bursátil de 1929, el valor de las acciones de la RR bajaron a la mitad, pero Fisher siguió aconsejando las acciones como el mejor negocio y siguió endeudándose cuanto pudo para comprar más. Su predicción –coincidente con la del gobierno de Hoover– era que la recesión duraría poco, y mes tras mes continuó comprando, con la idea de que una recuperación era inminente y que, como se decía, “la suerte está no más a la vuelta de la esquina”. Al poco tiempo la cotización de las acciones había caído prácticamente a cero. Perdió toda su fortuna, que su hijo Irving Norton Fisher estimó entre 8 y 10 millones de dólares. Su fama de gurú se derrumbó y con ella –en una sociedad que veía en el éxito económico un signo de predestinación– declinó la estima pública hacia su persona. Para evitarle verse desalojado de su casa, la Universidad de Yale en 1934 hubo de comprarla y luego alquilársela. Pero en 1935 se retiró de la universidad, poco antes de publicarse la principal obra de Keynes, que destacó la autoridad de Fisher en Theory of Interest (1930). El endeudamiento y la mala reputación lo acompañaron hasta su muerte, ocurrida el 29 de abril de 1947. Hasta 1950, según el Nobel de Yale James Tobin, su nombre no fue un timbre de honor en su propia universidad.

La misma piedra dos veces

El crash de Wall Street se sintió en Buenos Aires: devoró el oro de la Caja de Conversión, devoró la rentabilidad agropecuaria vía baja de precios y, por si faltase algo, derribó al gobierno constitucional. El gobierno de facto, por la recesión, vio caer el ingreso fiscal. Su actitud fue restablecer el statu quo: incrementar el ingreso fiscal, con nuevos impuestos, y reducir egresos, recortando el salario de empleados públicos. Todo eso reducía el ingreso del pueblo y su agravaba la recesión. Tanto el ministro, Enrique Uriburu, como el subsecretario, Raúl Prebisch, eran profesores de Economía en la UBA. A principios de 1933 Prebisch, ya sin ese cargo, se sumó a la misión Roca en Londres. En abril leyó en The Times cuatro artículos de Keynes (reunidos en The Means to Prosperity). “Yo tenía el cargo de conciencia –recordará Prebisch– de haber preconizado y logrado que la Argentina siguiera, en el año 1931 y mitad de 1932, la política más ortodoxa, cuando era subsecretario de Hacienda: una política de contracción, de acuerdo con la teoría aceptada de que la crisis había que sobrepasarla con una serie de medidas de austeridad: cortar las obras públicas, cortar el presupuesto, rebaja de sueldos, etc. Y después, pensando en esa experiencia, y ante la prolongación de la depresión mundial –que todos creíamos que era una cosa transitoria, y no, fue una cosa muy profunda– empecé yo a tener muchísimas dudas acerca de mi teoría ortodoxa.” Impresionado por los artículos de Keynes vio que lo que había hecho como funcionario era lo opuesto a lo que debía hacerse, vio “la necesidad de una política expansiva”. Así describió el panorama económico: “Caída de los precios agropecuarios... La desocupación era impresionante. Era noviembre del ‘33. La situación no podía ser más crítica en la Argentina”. Prebisch mantuvo reuniones con los ministros Pinedo y Duhau y el doctor Enrique Uriburu, a fin de elaborar medidas que detuvieran la recesión y reactivaran la economía. El resultado fue la adopción de una serie de medidas, anunciadas el 28 de noviembre de 1933 como Plan de Acción Económica Nacional, de carácter expansivo. Este fue un plan keynesiano de expansión de la economía, controlando el comercio exterior con una política muy selectiva de cambios. Hoy la opción parece repetirse: ¿política ortodoxa, con reducción del ingreso de los trabajadores, o política heterodoxa?

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