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Domingo, 17 de enero de 2010

A socializar

 Por Ricardo Aronskind *

Luego de más de un año de crisis abierta, podemos trazar un recorrido y observar qué ha provocado y cuáles son algunas de sus perspectivas.

La raíz

El estallido de la crisis tuvo su expresión espectacular en lo financiero, pero tiene raíces estructurales mucho más profundas y más lejanas en el tiempo. Entre otros importantes factores, se destaca la polarización de ingresos global provocada por el neoliberalismo, con sus dos consecuencias: la generación de gigantescos excedentes financieros en los estratos más altos del sistema mundial y la destrucción de capacidad de consumo de amplias masas de población. La brecha entre la enorme potencialidad productiva de la economía mundial y la limitada capacidad de absorción de esa producción provocada por la caída del salario fue reiteradamente cubierta en las décadas recientes por burbujas de consumo artificiales, que en todos los casos estallaron dejando crecientes problemas sociales.

Distinta fue la caracterización realizada por el G-20. Este selecto grupo de países controlado por las principales potencias occidentales señaló en sus tres encuentros que el problema tiene estricto carácter financiero y se originó en fallas regulatorias que debían ser subsanadas mediante nueva legislación local e internacional.

Lo cierto es que el impacto del derrumbe bancario y bursátil se está trasladando progresivamente a otras áreas de la economía: las finanzas públicas entraron en fuertes déficit para contener la caída violenta de la economía, el nivel de actividad económica se contrajo por ausencia de crédito, malas expectativas y caída del consumo, el empleo empezó a ser destruido aceleradamente, el comercio internacional se contrajo por la menor demanda y el rebrote proteccionista, la cotización de las mercancías estandarizadas cayó producto de la crisis general, y la balanza de pagos de los países dependientes del consumo norteamericano y de créditos internacionales entró en zona de riesgo.

Los impactos regionales

Desde hace unos meses comenzó una recuperación bursátil zigzagueante, muy sensible a “malas” noticias que no dejan de aparecer, porque la economía real ha sido afectada. También en el tercer trimestre de 2009, la mayoría de las economías desarrolladas que estaban en recesión empezaron a mostrar signos de mejoría. Un ascenso sumamente tibio, pero que permite a la prensa financiera declarar que la crisis ha concluido.

El panorama regional es variado, y presenta situaciones muy diferenciadas. El epicentro de la crisis, y donde se observan las mayores dificultades, son los países beneficiarios principales de las burbujas inmobiliarias de los últimos años: Estados Unidos, Gran Bretaña, España, junto con las economías conectadas de Irlanda e Islandia. Serios problemas también se observan en Europa del Este, muy “beneficiada” de abundante crédito para el consumo (de bienes importados) en la presente década, y altamente endeudada. También Europa del Sur parece ser una zona de problemas crecientes, con serios déficit fiscales y de balanza de pagos.

En Africa varios países requerirán ayuda debido a la caída de los precios y las cantidades de sus exportaciones. En América latina, el país que deberá pasar por momentos graves será México, afectado de diversas formas por la crisis: caída de precio del petróleo, menos exportaciones a Estados Unidos y menores remesas de mexicanos que trabajan en ese mercado.

“Demasiado grande
para quebrar”

¿Cómo queda la situación de la economía mundial, suponiendo que la debacle financiera está definitivamente controlada? En lo inmediato, en el terreno de la regulación financiera internacional, aún no se tomaron medidas serias ni siquiera en función del diagnóstico superficial del G-20. Las grandes corporaciones financieras rescatadas se están apresurando a devolver los fondos recibidos, para sustraerse nuevamente a cualquier control público. Se ha producido una mayor concentración bancaria, ya que se salvó a las grandes entidades, en tanto cayeron numerosos bancos pequeños.

Muchos Estados quedan con altísimas deudas externas y déficit públicos muy difíciles de reducir en el corto plazo, por lo que continuará incrementándose su endeudamiento externo. Por otra parte, estos países (Estados Unidos, Europa) no pueden achicar tajantemente el gasto, porque la recuperación en marcha depende fuertemente de esos fondos estatales. El dato novedoso es que empieza a aparecer presión de los prestamistas internacionales para frenar la emisión de deuda pública, ya que se acrecienta el peligro de incobrabilidad de la misma. Se está desfilando en un estrecho sendero entre impulsar una débil reactivación y arriesgar nuevos pánicos financieros vinculados al incumplimiento de deudas “soberanas”.

La situación social se deterioró con relación al comienzo de la crisis: el aumento general del desempleo se vincula con el estancamiento salarial y con peores condiciones generales de negociación para los trabajadores. La recuperación no está generando por ahora recuperación de puestos de trabajo permanentes. El problema del subconsumo (en relación con la capacidad productiva del sistema) queda agravado, debido al salto en el desempleo (Estados Unidos 10 por ciento, España 17, crecimiento del problema en casi todos los países).

Un hecho cualitativo que merece destacarse es que se impuso de hecho, en las decisiones de la administración norteamericana, el principio de “too big to fail” (demasiado grande para quebrar). La frase sintetiza la idea de que existen corporaciones de tal magnitud que no puede permitirse que caigan, por las consecuencias dramáticas para el conjunto de la economía y para la reputación del país. Si bien existen voces autorizadas que sostienen que si algo es “tan grande que no puede quebrar” en realidad no debería existir, lo cierto es que existe, y que las políticas públicas se ajustan notablemente a sus necesidades. Esta realidad tiene consecuencias extraordinariamente importantes sobre las características que asume el capitalismo en nuestro tiempo, reduciendo notablemente la distancia que existe entre las instancias decisorias del Estado más poderoso del planeta y los requerimientos del capital más concentrado y organizado, aunque no el más productivo.

Tendencias futuras

Si el panorama económico muestra un deterioro general con relación al comienzo de la crisis, vale la pena observar algunas tendencias hacia el futuro que se están manifestando con claridad.

La crisis está subiendo hacia el nivel estatal: el caso de una empresa paraestatal de Dubai que mostró problemas para pagar deudas recientemente y la degradación de la deuda de Grecia marcan el comienzo de problemas crecientes con las deudas públicas de una serie de países.

Grecia no está aislada, sino que forma parte de un conjunto de países que tienen altos déficit, bajos ingresos externos y una deuda abultada y crecientemente sospechosa. Así, Gran Bretaña y España, cuyo gasto público creció en tanto cayó la recaudación impositiva, han incrementado los impuestos a los estratos más altos para mejorar las débiles finanzas públicas, afectadas por la recesión y la necesidad de apuntalar la economía para evitar una depresión abierta. Pero es precisamente la deuda de estos países la que se está volviendo preocupante para los financistas internacionales. Esta “sospecha” impulsará la exigencia de tasas de interés más altas para prestarles, lo que agravará las dificultades de los gobiernos.

Vale la pena observar, en el caso griego, cómo se despliega un conjunto de dilemas extremadamente complejos, de difícil pronóstico, y que abren cursos de acción de muy distintas consecuencias: si el gobierno de Grecia continúa como hasta ahora, gastando fuertemente contra endeudamiento acelerado, es probable que entre en default, es decir, que no esté en condiciones de cumplir con los pagos de deuda externa (con el consecuente efecto contagio sobre los eslabones más débiles de la Unión Europea); si se decide a fortalecer las finanzas públicas y reduce el gasto, como reclaman los acreedores financieros y las autoridades europeas, corre el riesgo de generar una crisis social (ya viene habiendo crecientes protestas de sectores juveniles por las pobres perspectivas de progreso que hay en el país). Si la UE interviene en el rescate de Grecia, facilitando fondos comunitarios “especiales” para evitar el dilema anterior, es probable que otros Estados que se encuentran en situación parecida se precipiten a solicitar apoyos similares, y entonces se provoque un cuello de botella en las finanzas comunitarias, con las consecuentes tensiones políticas. Si la UE no apoya a Grecia, ésta puede buscar resolver su situación como lo haría un país autónomo, devaluando la moneda, es decir, saliéndose de la “zona euro”. Esto también implicaría otra crisis política para la región.

Si el horizonte europeo está cargado de nubarrones, el de Estados Unidos no parece mucho mejor. El país –debido a que tanto el sector privado como el público están gravemente endeudados– no puede continuar sosteniendo el mismo rol de proveedor de demanda mundial que tanta influencia política le ha dado en las décadas recientes. Parece que ha llegado el límite a las posibilidades de sobreconsumo de los norteamericanos. El dólar corre riesgo de grave devaluación si se insiste en seguir imprimiéndolo sin una perspectiva de ajuste –al menos gradual– de la economía norteamericana. En cualquier caso, el “sueño americano”, entendido como paraíso del consumo y el ascenso permanente para todos, queda en suspenso.

Edwin Truman, un especialista del influyente Peterson Institute for Internacional Economics, escribió recientemente: “La continuidad de la globalización significa que los incidentes de turbulencias económicas van a ocurrir y difundirse, y los países, tanto avanzados como en desarrollo, deberían asegurar que sus políticas les van a permitir responder cuando las futuras crisis inevitablemente se desenvuelvan”. Este analista, que expresa la mirada del establishment internacional, sólo atina a recomendar precaverse frente a las nuevas crisis que indefectiblemente vendrán. En ninguno de los análisis de este tipo se cuenta con la posibilidad de la aparición de reacciones sociales frente al deterioro de las condiciones de vida y a la incertidumbre permanente. Sin embargo, ese sería un saludable límite a la fantasía de continuar indefinidamente jugándose el bienestar de la humanidad en el casino financiero internacional.

* Director del Programa interdisciplinario para el seguimiento de la evolución y los impactos de la crisis del orden económico mundial (Pisco), en el Instituto del Desarrollo Humano de la UNGS.

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Imagen: EFE

CLAVES

Crisis mundial

El estallido de la crisis tuvo su expresión espectacular
en lo financiero, pero tiene raíces estructurales mucho más profundas y más lejanas en el tiempo.

Un factor central es la polarización de ingresos global provocada por el neoliberalismo, con sus dos consecuencias: la generación de gigantescos excedentes financieros en los estratos más altos y la destrucción de capacidad de consumo de amplias masas de población.

El impacto del derrumbe bancario y bursátil se está trasladando a otras áreas de la economía.

La crisis está subiendo hacia el nivel estatal: el caso de una empresa paraestatal de Dubai que mostró problemas para pagar deudas y la degradación de la deuda de Grecia marcan el comienzo de problemas crecientes con las deudas públicas de una serie de países.

La situación social se deterioró con relación al comienzo de la crisis: el aumento del desempleo se vincula con el estancamiento salarial y con peores condiciones generales de negociación para los trabajadores.

 
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