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Domingo, 22 de septiembre de 2013

Neomaltusianismo

La explotación de hidrocarburos no convencionales mediante la técnica de la fractura hidráulica provocó un intenso debate en las páginas de Cash. A favor y en contra del fracking, qué tipo de desa-rrollo, la posición de los ecologistas y las restricciones económicas a partir de la pérdida del autoabastecimiento energético son temas que se expresan en los tres textos que se suman al debate y se publican hoy como aportes a la comprensión de una de las cuestiones cruciales del corto y mediano plazo de la Argentina.

 Por Eduardo Crespo *

Las hipótesis neomaltusianas reiteradamente alertan sobre el desbalance planetario generado por una explosión demográfica incompatible con las capacidades regenerativas de la tierra. En 1972, el célebre informe Meadows, del Club de Roma, alertaba sobre los “límites del crecimiento” y auguraba un escenario de crisis en base a la premisa de que se estaban extinguiendo las materias primas y fuentes de energía. La única salida para el planeta, argumentaban, consistía en crear una economía de crecimiento nulo organizada en base a energías renovables. El informe fue sumamente afortunado. Un año después, a causa de la guerra de Yom Kippur, sobrevino el primer gran shock petrolero, lo que contribuyó a darle una formidable difusión. Desde entonces, el “fin del petróleo” y el “agotamiento de las materias primas” se tornaron lugares comunes. Toda vez que suben los precios internacionales de los alimentos, como sucedió en la última década, reaparecen los argumentos y vaticinios neomaltusianos de entonces.

En la tradición de la economía política clásica, esta posibilidad fue contemplada, entre otros, por David Ricardo. Si las condiciones técnicas están dadas, la mayor demanda de alimentos resultante, por ejemplo, del crecimiento demográfico, sólo podría ser satisfecha apelando a tierras de menor fertilidad, lo que terminaría por elevar los precios. En estas condiciones, existiría una tendencia al encarecimiento de todos aquellos productos cuya elaboración depende especialmente de la utilización de recursos naturales, como los alimentos y el petróleo. Pero ésta no fue la tendencia observada en la historia del capitalismo, como lo apuntaron Raúl Prebisch y Hans Singer. Los términos de intercambio de los bienes primarios tendieron a declinar en relación con los manufacturados. Desde mediados del siglo XIX, con la consolidación de un mercado mundial de alimentos básicos y la incorporación de países de reciente colonización, como Estados Unidos, Canadá, Australia o la propia Argentina, la miseria mundial estuvo asociada con la comida barata y no con su persistente encarecimiento. La mayor parte de los seres humanos que sufren hambre se desempeñan como productores de alimentos, es decir, campesinos que operan en territorios marginales utilizando técnicas agrícolas rudimentarias y que están condenados a tareas de subsistencia al no poder competir con los precios que se fijan en base a las condiciones de producción de las zonas y productores más aventajados (Mazoyer y Roudart, A History of World Agriculture).

Para interpretar esta evidencia, debe tenerse en cuenta que el “tamaño” de un determinado recurso natural, así como su propia entidad en cuanto “recurso”, no depende de magnitudes exclusivamente físicas, sino también –y especialmente– de condiciones histórico-sociales; en particular de la tecnología vigente así como del modo en que son apropiados los frutos del progreso técnico. Desde inicios de los 2000, cuando los precios del petróleo volvieron a subir, los voceros del neomaltusianismo revivieron la vieja alarma que insistentemente vaticina su (siempre) “inminente” agotamiento y la “catastrófica” crisis alimentaria subyacente a la suba de los precios de los alimentos. Ahora, fracking mediante, se estima que inclusive el principal importador de petróleo del mundo, Estados Unidos, recuperará la autosuficiencia en aproximadamente diez años. Los agoreros de la escasez planetaria volvieron a equivocarse. “La Edad de Piedra no se acabó por falta de piedras ni la era del petróleo se va a terminar porque se acabe el petróleo”, afirmaba un destacado ministro saudita en los años ’70. Tenía razón.

Pero las predicciones equivocadas rara vez modifican creencias arraigadas. Los más conspicuos representantes del anarquismo ambientalista no precisan demostrar la postulada escasez planetaria. Sin mayores evidencias, resisten el fracking, la megaminería, el uso de la biotecnología en la agricultura. Llegan inclusive a renegar del crecimiento económico y hasta defienden la suspensión de las políticas de cuño desarrollista. Se oponen a las hidroeléctricas y al funcionamiento de las centrales nucleares, aunque no suelen cuestionar el uso doméstico de luz eléctrica, al tiempo que utilizan celulares y envían mensajes de texto por correo electrónico. Conjeturan que los métodos de cultivo de los “pueblos originarios” podrían alimentar a los actuales habitantes del planeta sin dañar el medio ambiente. Reclaman por mayores y más sofisticados niveles de participación democrática, y hasta reflotan, aunque bajo formas ambiguas y utópicas, la esperanza “socialista”. Se trata de una nueva izquierda cada vez más apartada de toda raíz marxista y materialista. Imaginan que elevados niveles de civilización ciudadana y sofisticación cultural serían alcanzables sin desarrollar las fuerzas productivas. El problema económico central en nuestros países, para ellos, ya no es el desarrollo. Se trataría de repartir mejor un volumen de riqueza dado.

En la práctica militante suelen actuar por estímulos de visibilidad que les llegan de arriba. En el caso argentino, no se los ve congregados para reclamar que se reviertan los daños ambientales más flagrantes y de más comprobable impacto para la población. No exigen, por caso, se descontamine el Río de la Plata o se limpie el Riachuelo, esa inmensa cloaca a cielo abierto situada en la región de mayor densidad poblacional del país, reclamos que ya estaban presentes, por el contrario, en la heroica Carta Abierta a la Junta Militar redactada por Rodolfo Walsh. Nada de eso. Invocando un insólito “principio precautorio”, se movilizan para reclamar por los potenciales efectos contaminantes en la Loma de... la Lata y se impacientan por la minería a “cielo abierto” en la inhóspita región cordillerana, zonas donde no se cuenta un habitante por km2.

Casualmente, estos reclamos se intensificaron cuando YPF volvió a ser estatal y el Gobierno, por fin, se dispuso a resolver un problema esencial como el déficit energético, que amenaza con paralizar la economía del país

* Profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro.

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