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Domingo, 15 de diciembre de 2013

LA CRISIS GLOBAL

Contratos cero horas

 Por Enrique Aschieri *

Si bien el proceso deflacionario en pleno avance ahonda las naturales preocupaciones suscitadas por la marcha de la crisis global, ciertas experiencias que se atraviesan en el ámbito laboral en algunos países que suelen marcar el rumbo del resto indican que no se está cerca de encontrarle la punta al ovillo.

El último grito en la moda maldita de la flexibilización laboral lo vocifera la experiencia británica en lo que ha dado en llamarse “contratos cero horas” (zero-hours contracts). Bajo esta modalidad contractual, un trabajador acuerda estar disponible para trabajar con un empleador en particular, pero sin ningún tipo de horas garantizadas y, por tanto, de pago y con casi nulos beneficios sociales. En estos contratos los empleadores sólo tienen que pagar por el trabajo cuando lo necesitan. En rigor de verdad, estos contratos no son un fenómeno nuevo, aunque la magnitud de su uso actual en el Reino Unido no tiene precedentes. Sobre 30 millones de miembros de la fuerza de trabajo, bajo esta modalidad hay un millón. Algunos observadores suponen que los ocho millones que se encuentran comprendidos en la modalidad part-time irán a parar más temprano que tarde al limbo “cero horas”. Esto amaga con dejar en el aire a un tercio de la fuerza de trabajo.

La pregunta, dada la experiencia mundial vivida en las últimas décadas en materia de flexibilización laboral, no es si cundirá el ejemplo británico sino cuándo se lo comenzará a flamear en nombre de la “competitividad”. Todo parece indicar que ese gran mito de este tipo de “competitividad” aleja cualquier desasosiego, salvo uno: el de la realidad. Destrozar los salarios nacionales no vuelve a un país más “competitivo” sino que lo vuelve más pobre.

No es solo que las ventas externas dada su histórica magnitud relativa menor –incluso en tiempos recientes donde el comercio exterior avanzó a ritmo galopante– no compensan las pérdidas internas, sino que a falta de poder repercutir sobre los beneficios nacionales, en razón de la internacionalización de la tasa de ganancia, las diferencias de los salarios nacionales repercuten sobre los precios. El sentido de la causalidad se revierte. No son los precios de los bienes los que determinan los ingresos de los factores que los producen, bien al contrario, son las remuneraciones de los factores que los producen las que determinan el precio de esos bienes producidos.

De manera que es el último absurdo suponer que bajar los salarios nacionales aumenta los beneficios al intercambiar internacionalmente, justamente porque la tasa de ganancia es una. Lo que bajan son los precios y así el país que incurre en tales prácticas al final de la rueda ve caer sus términos del intercambio y su resultado comercial. Y esto último teniendo siempre presente que las exportaciones son muy pero muy poco sensibles a las señales de los precios.

Una cosa muy distinta es que un país quiera preservar su espacio en el comercio mundial acudiendo a medidas que le hagan la vida más fácil a su sector exportador, y eso siempre dentro los estrechos márgenes de lo acordado en los organismos internacionales. A estas maniobras típicamente defensivas también comúnmente se las invoca en nombre de la “competitividad”, pero no son para nada lo mismo y, al contrario, son supletorias a la meta de preservar la salud del mercado interno.

Lo cierto es que al revisar el botón de muestra de los “contratos cero horas”, se verifica que los países desarrollados continúan empeñados en materializar el imposible añejo sueño del sistema capitalista, el de invertir independientemente de y en proporción inversa al consumo final. Así es como la ganancia y las perspectivas de ganancias, tan importante la primera como las segundas, naufragan en el mar de la impotencia de las políticas inspiradas en el lado de la oferta.

El constante fracaso de estos intentos parece suficiente para confirmar que la contradicción fundamental de la economía de mercado viene dada por el hecho de que los que deciden no pueden sino tratar la inversión y el consumo como magnitudes directamente proporcionales, mientras que son por naturaleza inversamente proporcionales. Vencer ese estado de la naturaleza, “corto, brutal, alocado”, es el desiderátum de la política de demanda, la gran ausente en todo esto.

* Economista, docente universitario.

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