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Domingo, 28 de junio de 2015

EMPRESA, TRABAJADORES Y PRODUCTIVIDAD

El fantasma del ausentismo

Los datos estadísticos desmienten la existencia de un grave problema vinculado con el ausentismo laboral, como esgrimen los sectores empresarios. Igual es un aspecto de estudio vinculado con la competitividad de la economía.

 Por Diego Rubinzal

El fantasma del ausentismo laboral es agitado periódicamente por ciertos círculos empresarios. A finales de 2013, el abogado Julián de Diego –reconocido asesor de compañías y cámaras empresarias– sostenía que “el ausentismo en la industria se duplicó en los últimos cinco años”. Las inasistencias se multiplicaban los lunes debido a las actividades recreativas del fin de semana (partidos de fútbol, festejos vecinales, consumo de drogas y alcohol), según De Diego.

La Encuesta de Indicadores Laborales (EIL), elaborada por el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, releva datos sobre esta cuestión desde agosto de 2012. La EIL considera ausentismo a la inasistencia de un trabajador en, al menos, una jornada de trabajo. El indicador incluye todo tipo de inasistencias (enfermedad, maternidad, accidentes de trabajo, problemas familiares o personales, sin aviso) excepto las correspondientes a licencia ordinaria.

Los últimos datos disponibles, correspondientes al primer semestre de 2014, revelan que el 16,4 por ciento de los asalariados se ausentó al menos un día al mes. Las causales de inasistencia pueden agruparse en: problemas de salud (45 por ciento), sin avisar (20 por ciento), otras razones (matrimonio, defunciones, nacimiento, maternidad, estudio) (17 por ciento), problemas personales (11 por ciento) y accidentes de trabajo (6 por ciento).

Asimismo, la proporción de ausentismo por día hábil de trabajo fue del 4,2 por ciento. Ese indicador es el más representativo porque combina la proporción de trabajadores ausentes con la duración de la inasistencia. El porcentaje de inasistencia de varones (4,2 por ciento) y mujeres (4,6 por ciento) no presenta mayores diferencias. Las mayores ausencias femeninas se deben a enfermedades, problemas personales y maternidad. En cambio, los varones registran más faltas por accidentes y sin aviso. El tope máximo de ausentismo aceptado por medianas y grandes empresas, según los informantes del sector privado, es del 5 por ciento.

Es decir, los datos estadísticos desmienten la existencia de un grave problema. Sin perjuicio de eso, la cuestión fue abordada por Cristina Fernández de Kirchner en el Congreso de Adimra Joven celebrado en Parque Norte en octubre del año pasado. La Presidenta sostuvo que “debo admitir algunos planteos por parte del sector empresarial cuando nos hablan en materia de productividad del ausentismo que se registra en muchos sectores... esto lo tenemos que charlar con los compañeros de los sindicatos. El ausentismo es un problema grave que atenta contra los propios trabajadores. Porque si pierde competitividad la empresa, lo más probable es que también termine en algún momento alguien perdiendo el trabajo”.

Los niveles de inasistencia laboral tienden a crecer en el sector público. En particular, el sector docente es blanco de diversas críticas. El ex director general de Educación Bonaerense, Mario Oporto, plantea que “a veces se pone la mirada en el docente porque su ausencia en un aula se nota mucho más que la ausencia de una oficina. Si en una oficina de diez personas falta una, trabajan las otras nueve. En un aula falta el docente y no hay nadie... (además) es una profesión fuertemente feminizada en la edad fértil y hay una gran cantidad de ausencias por embarazo” (“Mitos y realidades”, Le Monde Diplomatique, edición de junio de 2015).

La preocupación por el ausentismo laboral registra múltiples antecedentes históricos. El integrante del Observatorio Educativo de la Universidad Pedagógica de Buenos Aires (Unipe), Leandro Bottinelli, recuerda que “en el marco del Centenario, y con la cuestión social como gran preocupación para la élite oligárquica, funcionarios gubernamentales, políticos y hombres de empresas denunciaban con frecuencia la cuestión del ausentismo, enfatizando no tanto sus consecuencias económicas sino sus impactos en términos del cuestionamiento de la autoridad y las jerarquías sociales” (“¿Por qué faltan los docentes?”, Le Monde Diplomatique, edición de junio de 2015).

El mítico médico sanitarista Ramón Carrillo comentaba en su trabajo Higiene y Medicina Social que esa temática se instaló como “gran problema nacional” a mediados de la década del cuarenta. Por entonces, el Servicio Estadístico Nacional del Ministerio de Asuntos Técnicos de la Nación se ocupaba de recopilar las estadísticas de ausencias laborales. Los datos revelaban, en 1946, que la mitad de las inasistencias eran atribuidas a resfríos y bronquitis. En 1949, la Cámara Argentina de la Industria Metalúrgica reclamó tomar medidas contra el ausentismo por “enfermedad simulada”. El gobierno respondió creando la “Comisión para la lucha contra el ausentismo obrero por manierismo”, que actuaba bajo la órbita de la Secretaría de Salud Pública de la Nación.

El 21 de marzo de 1951, el Congreso de la Productividad y Bienestar Social reunió a representantes gubernamentales, de la Confederación General Económica (CGE) y la Confederación General del Trabajo (CGT). El objetivo principal del cónclave tripartito era debatir cómo incrementar la productividad laboral. Entre otras cuestiones, la CGE planteó la necesidad de combatir el ausentismo de los trabajadores. La investigadora Victoria Haidar sostiene en La aparición y declinación del ausentismo como problema para el gobierno de la población trabajadora que “en el interior del campo médico, la idea de que el ausentismo estaba motivado por un ejercicio abusivo de los derechos sociales se había instalado con particular intensidad a partir de la sanción, en el año 1948, de la ley 11.729, que obligaba al empleador a remunerar toda una serie de ausencias que se consideraban justificadas, siempre y cuando el trabajador hubiese efectuado la correspondiente notificación”. El doctor Félix Chiovino, profesor de la Unidad Docente del Hospital Alvarez, afirmaba que se produjo una “verdadera congestión de las oficinas de correos ante el despacho de telegramas colacionados a los patrones avisando que el obreroempleado se halla enfermo...los días lunes, sábados e intermedio de feriados”. Una de las recomendaciones del Congreso de la Productividad fue promover el “presentismo obrero” mediante estímulos económicos tales como, por ejemplo, “primas por puntualidad y asistencia”.

Haidar señala que “el escenario post-peronista estaría dominado por la convicción de que lo que conspiraba contra el aumento de la productividad era la forma en que se desarrollaban las relaciones entre empleadores y trabajadores en las empresas, el poderío que habían asumido la clase trabajadora, el insatisfactorio equilibrio de fuerzas generado en el plano del taller. Ese cambio en las relaciones de fuerza había sido logrado, en gran medida, gracias al “uso” que los trabajadores habían hecho de los derechos sociales reconocidos durante el peronismo”.

Los enfoques empresariales sufrieron modificaciones en las décadas siguientes. El foco de atención se trasladó a las relaciones humanas interempresarias. La mejora del “clima laboral” pasó a considerarse condición necesaria para el incremento de la productividad. El progresivo predominio del paradigma de “relaciones humanas” provocó el desprestigio del control del ausentismo. Haidar señala que “la gestión controladora de las ausencias comenzó a percibirse cada vez más como una actividad burocrática que no estaba de acuerdo con los reales objetivos de la disciplina y como una acción antieconómica desde el punto de vista del poder: una actividad potencialmente conflictiva y que produce franco desagrado y a veces molestias injustificadas, tanto en el empleado que la soporta como en el médico que debe practicarla”

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@diegorubinzal

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