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Domingo, 7 de noviembre de 2004

BUENA MONEDA

Ayatolas y mercaderes

 Por Alfredo Zaiat

En estos días de cuestionamientos de Roberto Lavagna a la labor y a la estructura de poder de los organismos financieros internacionales, y también de especulación sobre la posibilidad de cancelar toda la deuda con el FMI, apareció un muy interesante libro del periodista Ernesto Tenembaum. Esa obra ayuda a comprender con más facilidad la actual tensión con el Fondo, a la vez que su lectura contribuiría a que los hacedores de política no ilusionen con recetas mágicas para la resolución del endeudamiento con esa institución, puesto que la realidad es un poco más compleja que buenas intenciones. Enemigos. Argentina y el FMI: la apasionante discusión entre un periodista y uno de los hombres clave del Fondo en los noventa, del Grupo Editorial Norma, es un diálogo fecundo y esclarecedor vía mail con Claudio Loser, funcionario del Fondo y encargado para América latina entre 1994 y 2002, que revela la hipocresía e ignorancia de esa tecnoburocracia, a la vez que las miserias de los encargados de llevar las riendas de la economía argentina en ese período.
Cuando está presente el debate sobre el papel de la prensa en la sociedad y la labor de los periodistas, la obra de Tenembaum tiene un gran valor pues se trata de un hallazgo periodístico: el rostro del fracaso argentino en el FMI (el mendocino Loser) brindando explicaciones, excusas y hasta perdones por lo que hicieron, por lo que omitieron y por su impotencia.
Lavagna afirmó la semana pasada que los organismos financieros internacionales “no cumplen el rol para el que fueron creados”, además de haber contribuido a la creación de burbujas porque “han tenido un papel procíclico” en las crisis. Loser no fue ajeno a ese proceso. Y él lo dice, en tono de autojustificación, de la siguiente manera: el Fondo “no es una institución de caridad pero tampoco es deshumanizada”, agregando luego que “le acepto que el FMI muchas veces no ha tenido la sensibilidad política necesaria para entender qué pasa en los distintos países, que busca soluciones basadas en la experiencia pasada y le cuesta experimentar, y es cierto que los países grandes tienen una influencia desmedida y difícil de controlar”.
La relación con el Fondo ha sido y todavía lo sigue siendo conflictiva. Cada vez hay más consenso sobre la responsabilidad que tuvo esa institución en la debacle argentina, y en la impericia de los miembros de su staff en esa crisis. Esa carencia queda al descubierto cuando Tenembaum lo increpa sobre la “responsabilidad” de los miembros del Fondo y Loser, sin pudor, describe los perfiles de los burócratas de Washington: “Van desde los ayatolas ideológicos hasta los mercaderes de alfombras, y yo debo estar entre estos últimos”. Esa confesión facilita la comprensión de la pérdida de autonomía que significa quedar atrapado en una lógica de negociación con el FMI, cuando el preconcepto, el programa predeterminado y la definición de lo que se puede y no se puede hacer ya forma parte del inventario. Si bien esa descripción descarnada de los privilegiados miembros del Fondo colabora para un mejor entendimiento de esta historia turbulenta, el otro gran valor del libro de Tenembaum es que muestra una obviedad, aunque a veces relativizada y hasta ignorada, que refiere a la responsabilidad de los gobernantes durante la crisis.
En algunas circunstancias de la vida no viene mal escuchar cómo se ven de afuera ciertos comportamientos, con todo el esfuerzo que implica domar el potro de la soberbia.
“El problema de Argentina era el caos –describe Loser–, mucho más que el engaño. Tienen gente muy brillante a nivel individual, pero mucho menor disciplina de equipo y continuidad.”
–¿Es así realmente como se ve a la clase dirigente argentina desde afuera? –fue el mail de reacción de Tenembaum.
–... Fíjese un dato: no hay ningún presidente, civil o militar, que haya terminado bien su mandato, yo diría que desde la década del treinta. Es un caso único en el continente. O terminan presos, o fuera del país, o recluidos, o derrocados o se van antes de tiempo. Cada uno que asume, odia al anterior. Encima, es una clase dirigente colmada de personas muy talentosas... pero todas peleadas entre sí y sin conceptos, ideas básicas aglutinantes. Es realmente un fenómeno muy particular.
Enemigos no es sólo un contrapunto inteligente entre un periodista y un hombre clave del Fondo de la década pasada, que en un momento de su vida decide realizar una aguda autocrítica de su trabajo y del organismo al que le dedicó treinta años, aunque defendiendo el rol que le cabe en este mundo globalizado. También es un espejo para el actual gobierno para emprender una relación con el FMI sin arrebatos impulsivos.
A propósito, ¿usted pagaría toda junta una monumental deuda sin ninguna quita del capital a una institución desprestigiada, considerada por la mayoría como el enemigo, que ha sido corresponsable de la peor crisis que le ha tocado vivir?

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