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Domingo, 7 de noviembre de 2004

EL BAúL DE MANUEL

El baúl de Manuel

 Por Manuel Fernández López

Un poco de irreverencia
No abundan testimonios de la existencia de Dios, es cierto, acaso por la falta de voluntarios para pasar al otro mundo y verificarlo. El tema desvelaba a los teólogos medievales, quienes tenían noticia de que las obras de Aristóteles contenían una respuesta aplicable. La dificultad es que las obras del griego se habían perdido, sobre todo luego del incendio de la Biblioteca de Alejandría. Pero finalmente aparecieron, rescatadas por la cultura islámica que florecía en España. Pero, de algún modo, todos aceptaban que Dios es el creador del Universo, y por lo tanto no puede existir otro ser que lo haya creado a El. Aristóteles sostenía algo similar: el mundo se integra con entes en perpetuo movimiento, donde unos mueven a otros y necesariamente, debe existir un motor inmóvil, que mueva a otros sin ser movido por ellos. Bastó con sustituir “motor inmóvil” por “Dios” y santas pascuas. Desde allí conocer a Aristóteles fue necesario para ser clérigo. El primer profesor de economía, el abate Antonio Genovesi, pasó un año entero estudiando a Aristóteles, y de conocerlo a fondo derivó aplicar la teoría aristotélica del “justo medio” a conceptos económicos como “población” u “oferta monetaria”. Durante largos siglos los estados procuraban maximizar su población y su circulante metálico. Genovesi planteó que los mismos están sujetos a una suerte de ley de rendimientos decrecientes, de modo que cada nuevo incremento de población o de dinero produce cierto grado de mejora económica, pero de intensidad cada vez más baja, hasta un punto en que una nueva adición no mejora nada y comienza a empeorar las cosas. Genovesi, siguiendo a Aristóteles, llamó a la cantidad mejor de población “giusta popolazione” (población justa). Schumpeter tradujo ese término como “población óptima”, lo que corrobora que la doctrina del justo medio fue la precursora del actual cálculo de optimización. Aunque numerosos problemas económicos se resuelven maximizando (o minimizando) el valor de cierto objetivo, respetando, claro, la restricción que impone la escasez de los recursos económicos, en otros un cierto valor positivo puede ser beneficioso y estimulante, pero demasiado puede ser catastrófico. Por ejemplo, la tasa de inflación, o el área sembrada y el ritmo de la producción de soja, o cierto grado de arancel protector de la industria nacional. En esos casos, lo que abunda sí daña.

Utopías
Hoy se habla mucho de utopías y aun se sugiere creer en ellas. Tal vez pocos aceptarían tal consejo, en vista del triste final que tuvo el autor del libro Utopía, decapitado por orden del rey al que había servido y aconsejado. El libro de Thomas More (1478-1535), canonizado como Santo Tomás Moro, al cumplirse cuatrocientos años de su muerte, contiene verdades permanentes, que podrían aplicarse a problemas actuales como la competencia imperfecta, la inflación estructural, los piqueteros y la invasión a Iraq. Aristóteles ya hablaba de monopolio (= un vendedor), y Moro acuñó el término “oligopolio”, el mercado dominado por un reducido número de vendedores, vocablo que recién volvió a utilizarse en el siglo 20, sobre todo después de la Gran Depresión. Pero, además, Moro notó que en tales mercados el precio difícilmente es flexible en sentido descendente, fenómeno también advertido por los economistas en las décadas del ‘30 y ‘40, y convertido en una de las causas de inflación estructural por los economistas latinoamericanos a finales de la década de 1950. Moro señaló como uno de los factores de creación de pobres y desposeídos a ciertos cambios en los sectores de producción, como sucedía en su tiempo con la transición de la agricultura para subsistencia, efectuada en tierras comunales, a la cría de ganado ovino en grandes extensionesganadas a la tierra común mediante los cercamientos (enclosures). Este cambio despobló los campos ingleses. Metafóricamente, decía Moro que “las ovejas se comen a los hombres”. Criticaba duramente la política expansiva y belicista de los principales países europeos, señalando que toda guerra tiene un costo, que no es solventado por las clases privilegiadas, y finalmente ningún beneficio: “todas esas aventuras guerreras, en las que tantas naciones se embarcan, no hacen sino empobrecer al pueblo y agotar el erario público para, después de efímeros éxitos, acabar en rotundo fracaso”. Repudiaba la opinión de que la indigencia del pueblo es garantía de paz social. Las cosas en una república no podrán marchar justa o prósperamente, si todo está repartido entre muy pocos, y no equitativamente. La indigencia lleva a robar, delito que se castigaba con la muerte, que juzgaba excesiva. Lo que se debería hacer, decía, era arbitrar medios de subsistencia para el pueblo, para que nadie se viera en la necesidad de robar.

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