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Domingo, 7 de noviembre de 2004

CONTADO

Problemas del éxito

 Por Marcelo Zlotogwiazda

Si la oferta de canje a los bonistas defolteados que se presentó el lunes pasado alcanza un grado de aceptación mayor al 60 por ciento, el periodismo, los analistas y, ni hablar el Gobierno, calificarán a la operación como un éxito. Argumentos no van a faltarles. Además del porcentaje de aceptación en sí mismo, el caso marcará todo un record en cuanto a quitas obtenidas en renegociaciones de deudas soberanas en la historia reciente, lo que no es poca cosa ni merece ser subestimado. Sin embargo, aun concediendo como apropiada la calificación, ese éxito no terminará con el problema que supuestamente viene a solucionar, y dará origen a problemas nuevos.
Suponiendo que una importante mayoría acepte la oferta, la deuda externa argentina se verá reducida en unos 50.000 millones de dólares, pero incluso tras ese recorte quedará en aproximadamente 130.000 millones, lo que será equivalente a un 90 por ciento del Producto Interno Bruto del país. Para tener una idea de lo que eso significa, basta recordar que antes de que la convertibilidad estallara en mil pedazos tras verse aplastada en gran medida por el peso de la deuda, ésta era equivalente al 54 por ciento del PIB de entonces. Es decir que tras el éxito del canje, la proporción deuda/PIB sería cerca del doble que a fines del año 2001. También puede apelarse a parámetros internacionales, y recordar que el correspondiente requisito de sustentabilidad para poder suscribir el Tratado de Maastricht en la Unión Europea establecía que esa proporción no podía exceder el 60 por ciento.
Ese problema que el éxito del canje no resuelve puede ser observado también desde otro lado: desde el esfuerzo fiscal que compromete. Por muchos años la economía quedará sometida a obtener excedentes presupuestarios superiores al 2 por ciento del PIB destinados al pago de intereses, lo que en los tiempos que corren (con un superávit que en el año en curso orillará el 5 por ciento) no parece una meta inalcanzable, pero que visto en perspectiva histórica resulta un esfuerzo permanente descomunal, que limitará enormemente el margen de maniobra para hacer política económica.
En segundo lugar, dado que el mercado interpretará un alto grado de aceptación como un verdadero éxito, de esto podría nacer con elevada probabilidad un nuevo problema. Un país que dejó atrás un default en medio de un ciclo de intenso crecimiento económico es candidato cantado a ser receptor de un importante influjo de capitales, de características especulativas pero también atado a inversiones productivas. Es fácil advertir que un ingreso de capitales de magnitudes considerables metería más presión que la ya existente en sentido a una revaluación del peso; y es sabido que hay pocas cosas menos deseadas para el ministro Roberto Lavagna que un dólar cotizando muy por debajo de los 3 pesos.
En realidad, en las últimas semanas han aparecido indicios de que la sobreoferta de dólares no sólo procede del superávit comercial sino también del ingreso de fondos especulativos, que se habrían apurado para anticiparse y aprovechar al máximo el lógico rebote de un éxito en el canje. Los números de la city son elocuentes: los títulos públicos subieron en octubre un promedio de 7 por ciento y acumulan un 21 por ciento de alza en el año; y las acciones treparon 12,5 por ciento en octubre, que se sumó a un extraordinario 20 por ciento de aumento en septiembre. No hay duda entre los operadores que parte de esa burbuja fue inflada con aires foráneos. Y lo esperable sería aires más intensos luego de un canje exitoso. Hasta ahora Economía y el Banco Central vinieron neutralizando las presiones revaluatorias comprando divisas para las reservas (en octubre subieron 500 millones de dólares) con emisión de moneda, que en parte fue absorbida por la gente como circulante, y en parte esterilizada mediante la colocación de Letras. La pregunta es cuántomargen adicional hay para seguir con ese mecanismo sin incurrir en riesgo de inflación, entre otros. La consultora M&S lo pone en los siguientes términos en su último informe: “Lavagna está más cómodo con una fuga acotada que con un ingreso de capitales”.
Advirtiendo el mismo eventual problema, la competidora Finsoport conjetura que si en el futuro inmediato se produce una considerable sobreoferta de dólares, Economía podría poner trabas adicionales a las que ya existen para el ingreso de capitales extranjeros.
Desde una perspectiva totalmente distinta, el economista Alan Cibils del Center for Economic and Policy Research de Washington y asociado al Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas de la Argentina (Ciepp), se niega directamente a hablar de éxito. En un documento que acaba de publicar titulado ¿Mejor sin los organismos internacionales?, advierte que tras la quita del canje “la Argentina continuaría con una deuda que la dejaría al borde de otra gran crisis”, y sostiene convencido que la mejor solución sería lisa y llanamente defoltear los 35.000 millones de dólares que se les debe al FMI y a sus instituciones hermanas para forzar también con ellos una reestructuración que implique una gran quita.

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