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Domingo, 6 de abril de 2003

BUENA MONEDA

Besar la lona

 Por Alfredo Zaiat

Tres párrafos de Joseph Stiglitz en su libro El malestar de la globalización son elocuentes sobre lo inservible que resultan las recetas del FMI. Lección para Alfonso Prat Gay, que en su corta gestión al frente del Banco Central ya contabiliza su primer fracaso en el manejo de la política monetaria: la restricción a la emisión provocó una acelerada caída del dólar, la suba de la tasa de interés y una estimación errada de la inflación. Las enseñanzas que expuso Stiglitz, en referencia a la crisis coreana, en 1997, son las siguientes:
1. “En medio de la crisis coreana, se le dijo (el FMI) al banco central que fuera más independiente y se centrara exclusivamente en la inflación, a pesar de que Corea no había tenido ningún problema inflacionario y no había razón para pensar que una incorrecta política monetaria guardara relación alguna con la crisis.”
2. “El FMI simplemente aprovechó la oportunidad que le brindaba la crisis para hacer cumplir su agenda política. El FMI, en parte, bajo el influjo del Tesoro americano, trató de imponer a Corea una condición política que la mayoría de los estadounidenses habría considerado inaceptable para su país.”
3. “Son escasas las pruebas de que los países con bancos centrales independientes crecen más rápido.”
Prat Gay asumió con el halo de hombre exitoso en el manejo de monedas, dado su trayectoria en ese departamento del banco de inversión JP Morgan. Se puso como objetivo diseñar el modelo de inflation targetting (metas de inflación) para la Argentina, jugando con la expansión monetaria y su correlato en la tasa de interés y la marcha del dólar. Su primer intento fue fallido. En la Argentina post-devaluación y post-corralito no es fácil estimar la demanda de dinero, o sea la cantidad de moneda doméstica que la gente está dispuesta a mantener en saldos líquidos. En esa nebulosa, Prat Gay definió una política monetaria ortodoxa, aunque no tan contractiva como la que pedía el Fondo, pero restrictiva al fin. Para ello, asumió que la demanda de dinero se comportaría como en los últimos años, como quien no quiere sumar complicaciones. La demanda transaccional histórica –de los ‘90– no supera el 10 por ciento del PBI, nivel que ya había alcanzado a principios de año. Entonces, para Prat Gay cualquier expansión de la oferta (emisión) impactaría en una suba de precios y no en la cotización del dólar.
Esa estrategia, dentro de la lógica de moda del inflation targetting, recibió un reprobado. En el acuerdo con el FMI, el objetivo de inflación previsto era del 35 por ciento anual, con un tipo de cambio navegando por los 3,85 y una tasa de interés coqueteando el 15 por ciento anual. La marcha de los precios, proyectando la evolución del primer trimestre, apunta a un dígito, el dólar retrocedió a niveles de 2,85 y la tasa se disparó por encima del 20 por ciento. En resumen, nada de lo estimado en conjunto por la dupla Prat Gay-Lavagna con los técnicos del Fondo se ha cumplido. Y, por lo tanto, prueba una vez más que resultan inservibles para la recuperación de la economía definir metas monetarias y fiscales con el FMI.
Ahora, ante el revés sufrido, Prat Gay aspira a reformular las pautas de expansión de dinero, revelando así que era errado su cálculo sobre el exceso de pesos en circulación en la economía. Para evitar que el dólar siga cayendo, tiene que salir a comprar cantidades y, de ese modo, engordar reservas. Los libros básicos de economía indican que en recesión o para fortalecer la salida del valle del ciclo económico la recomendación es expandir y no contraer la masa monetaria. Una de las formas era no abandonar la política de acumular la mayor cantidad de reservas emitiendo los pesos en contrapartida a los dólares que se suman al Tesoro del Banco Central. Sin embargo, Prat Gay prefirió otro camino. Y, como cualquier otro funcionario que se encierre en el dogma FMI, seguirá besando por esa vía una y otra vez lo lona de la derrota.

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