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Domingo, 14 de marzo de 2004

EL BAúL DE MANUEL

Baúl I y II

 Por Manuel Fernández López

No es lo mismo
Ya Platón, cinco siglos antes de Cristo, se dio cuenta de que los productos no pueden cambiarse directamente entre sí, porque sólo por casualidad coinciden en cantidad y tiempo las necesidades y la producción de los mismos. Suponía una pequeña ciudad integrada por un agricultor, un tejedor y un albañil, productores de cereal, ropa y viviendas, respectivamente. El agricultor obtenía cereal una vez al año, pero la necesidad de pan se presentaba todos los días. Y así con los demás productos. La solución era, claro, adoptar un bien intermediario de los cambios, reconocido por todos, es decir, el dinero. Sin dinero, el intercambio entre varios participantes se vuelve dificultoso o imposible. Hace menos de un siglo ocurrió ese caso: la crisis de la Bolsa de valores de Wall Street, en octubre de 1929, si no fue la causa, sí fue el detonador de la crisis económica mundial de la primera mitad de la década de 1930. Uno de los efectos de la Gran Depresión fue la espectacular reducción del comercio multilateral y su reemplazo por tratados o acuerdos bilaterales. Esta tendencia se incrementó con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En julio de 1944, cuando se avizoraba la derrota del enorme ejército nazifascista, se comenzó a preparar el terreno para el día después, que se suponía estaría dominado por los EE.UU. Ese país convocó a una reunión de 44 naciones en Bretton Woods. Allí se discutieron propuestas para reconstruir el intercambio bilateral: la de EE.UU. o Plan White, con el dólar como moneda internacional; y la de Inglaterra, o Plan Keynes, que proponía crear una moneda artificial llamada bancor. Triunfó, claro, el Plan White, que se concretó en el Fondo Monetario Internacional (FMI), cuya sede se estableció en Washington y cuyos funcionarios son -norteamericanos o no– provistos por graduados de universidades de EE.UU. Perón, quejoso por no recibir ayuda de EE.UU., rehusó entrar al FMI. Caído Perón, se entró al FMI en 1957. El país vio sucesivos “planes de estabilización”. El único gobierno que rechazó la “ayuda” del FMI fue el del Dr. Arturo Illia. Con los años, el FMI fue dejando su papel de “aceitador” del intercambio y pasó a cumplir el de garante de las inversiones de cartera, es decir, el capital financiero puramente especulativo. La pregunta es si tiene sentido para nuestra sociedad seguir en un ente que engorda a los obesos y enflaquece a los desnutridos.

Naturaleza de la cosa
En los turbulentos días que corren, el papel tradicionalmente atribuido a Dios parece haberlo asumido la Economía. Si el dispensar los mayores bienes y las peores calamidades era facultad divina para nuestros predecesores, ahora parece serlo de la “ciencia lúgubre” (dismal science), en el decir de Carlyle. Si antes se decía “Dios da y Dios quita”, ahora es la Economía la que da o quita. La Economía da empleo, actividad general, estabilidad monetaria, posibilidad de buena salud y educación. Y también quita todo eso. O, peor aun, suele quitárselo a quienes lo poseen en poca medida y dárselo a quienes tienen tanto que no necesitan recibir más. No es, por tanto, ocioso preguntarnos qué cosa es ésta de la Economía. Vale decir: ¿cuál es la naturaleza de la ciencia económica? Es imposible hallar una única respuesta, pero elijamos una. Vale la pena oír aquélla en la que creyó la Universidad de Cambridge, uno de los centros de ciencia económica más creativos y prestigiosos del mundo, donde enseñaron maestros como Alfred Marshall, Arthur C. Pigou, D.H. Robertson, J.M. Keynes, M. Dobb y J. Robinson. En su clase inaugural en Cambridge (1885), declaró Marshall: “La doctrina económica no es un cuerpo de concretas verdades sino una máquina para el descubrimiento de la verdad concreta. Similar a, digamos, la teoría de la mecánica”. Descubrir la verdad es como viajar de la oscuridad o la ignorancia al conocimiento cabal, y la Economía hace posible ese viaje; sería, por así decirlo, como un avión que hace posibleun viaje. Pero un avión no es verdadero o falso sino un artefacto que funciona bien o mal dentro de ciertos márgenes precisos. No es un conjunto de verdades sino un conjunto de instrumentos. J.M. Keynes, alumno y continuador de Marshall, se expresó en igual sentido en 1922: “La teoría de la economía no suministra un cuerpo de conclusiones firmes, aplicables ya mismo a la política. Más que una doctrina es un método, un aparato de la mente, una técnica de pensar, que ayuda a quien la posee a extraer conclusiones correctas”. Así, el poder de segar vidas humanas no está en el cañón, la guillotina o la silla eléctrica sino en la persona que maneja tales aparatos; o mejor, en quien determina que tales aparatos se usen contra vidas humanas, y contra cuáles. Es claro que el resultado no sólo depende de la pericia en usar instrumentos sino de los valores que informan al usuario.

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