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Domingo, 31 de julio de 2005

EL BAúL DE MANUEL › EL BAUL DE MANUEL

El baul de Manuel

 Por Manuel Fernández López

Dejate llevar

“Empezaba a bullirme en la cabeza un asomo de cálculo. Me atenía a unos números y probabilidades, pero pronto lo dejaba todo y volvía a poner sin casi darme cuenta de lo que hacía. Debía de estar muy distraído; recuerdo que los croupiers rectificaron algunas veces mis jugadas. Incurría en burdos errores. Mis sienes estaban bañadas en sudor y mis manos temblaban. ¡La suerte seguía siéndome propicia! ¡Había ganado aquí otros treinta mil florines y la banca cerraba también hasta el día siguiente!.” Así farfullaba –si no cabe decir “razonaba”– Alexei Ivánovich, el jugador de Dostoievski, este último también adicto al juego, por el que perdió a su familia y quedó en la ruina. Esa experiencia, repetida siempre, en cada lugar, llevó al mundo a acotar el juego en estrictos límites. Aquí el 22 de julio de 1902 el Senado de la Nación presentó un proyecto de ley “prohibiendo los juegos de azar en la Capital de la República”. En su defensa, el senador Carlos Pellegrini calificó al abuso del juego como “un vicio que tiene consecuencias funestas para el hombre y para la familia”, como “un síntoma de riqueza y de abundancia”, y reclamó suprimir “la incitación al vicio” expresada “por medio de avisos, anuncios, carteles o de otro medio de publicidad”, de la que eran víctimas “las clases más fáciles de seducir: el pueblo trabajador, los menores de edad”. Entonces no había radio ni TV, cuyos mensajes llegan hoy a millones. Hoy se escucha: “jugar compulsivamente es perjudicial para la salud”, pero a continuación, una voz joven, femenina, acaso menor de edad, nos habla de un río cuya corriente va hacia donde tu imaginación le dicte, y asocia al juego con “toda la emoción, toda la imaginación”, y suscribe esa publicidad nada menos que la Lotería Nacional. Toda publicidad se paga, y sólo se contrata cuando los rendimientos esperados de ella son mayores. En un país en el que la mitad de la población es pobre y una estrecha franja se apropia de la mayoría de los ingresos, es claro que la publicidad apunta a tomar de esa franja una parte de sus enjundiosos recursos, y hacerlo a través de sus hijos. El aviso, tras sugerirte que todo lo que imagines es posible, aconseja ser pasivo: “dejate llevar”. Si Juan Escolaso te invita a jugar, dejate llevar. Si Juan Cafisho te da una cita, dejate llevar. Si Juan Narco te convida un porrito, dejate llevar. Con beneficencia así, ¿quién necesita maleficencia?

Fiesta

No vivo en la Reina del Plata, sino en un aledaño. Mi calle jamás tuvo asfalto. Jamás agua corriente ni cloaca. Enfrente siempre hubo un enorme baldío, donde se realizaban diversas actividades, y ahora, desde la crisis, es visitado por recolectores particulares de basura –abundante desde comienzos del invierno, compuesta por cantidades infinitas de hojas y ramas de árboles que podan sus propios dueños, además de otros desperdicios, incluidos autos despiezados– que mientras vacían sus carros aprovechan el pasto para alimentar a sus caballos. No faltan algunas calles asfaltadas, hace más de cuarenta años, ahora agrietadas y llenas de lomos de burro, acaso para frenar el ímpetu de los conductores y evitar que el asfalto se quiebre más. De pronto todo cambió: las grietas del asfalto fueron rellenadas con alquitrán, los lomos de burro pintados con brillantes franjas blancas, aparecieron barrenderos en las calles, se asfaltaron tres o cuatro cuadras, y hasta el baldío de enfrente se limpió, se cortó el pasto y tras instalarse algunos juegos y arcos de fútbol, fue convertido en un “parque recreativo”. En la avenida principal, de punta a punta se instalaron esferas luminosas, “como en la Capital”. Personajes que antes conocíamos de una forma, ahora se exhiben en grandes carteles multicolores, con anchas sonrisas y ropas espléndidas. En un momento cambió todo, hasta las personas. Como en el teatro, diría Erasmo, todos aparentan ser lo que no son: un hombre se pone careta de mujer, el viejo luce ahora como joven, el esclavo se viste de rey, y el que era pobre se disfraza de dios. Es una primavera dentro del invierno, en la que los políticos se nos ofrecen para servirnos, en pintadas adornadas con corazones. Sé que algunos opinan que son trampas cazabobos, o cazavotos, si se quiere. Sé que las obras públicas que hoy se prometen mañana las borrará el olvido. Sé que el gasto en mantener obras hechas en el pasado es mínimo. Y sé, por último, que muchos intendentes recién se acuerdan de los vecinos tres meses antes de los comicios. Pero, ¿qué quiere que le diga?, a mí me vuelven la esperanza y el optimismo. Por eso digo que debiera llamarse a elecciones cada tres meses, así el gasto público sería siempre para el vecino y no se olvidarían las promesas. Y canto, con Serrat: “Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras y hoy cubierta de bombillas”.

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