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Domingo, 16 de octubre de 2005

EL BAúL DE MANUEL

Mami

En tiempos de las monarquías los gobiernos de los países eran hereditarios para las casas reinantes. Pobre del rey que muriera sin descendencia, como le sucedió a Carlos II en España. Fue el último de la casa de Austria. Al morir, su silla pasó a Felipe V, Borbón, nieto de Luis XIV. Un matrimonio decidía la suerte política de un país. De ahí que los reyes no sólo buscaran consortes que les dieran hijos, sino que también les añadiesen territorios. Felipe V se casó con la italiana Elisabetta Farnese, gran duquesa de Toscana y Parma, con quien tuvo a Fernando y a Carlos. Esta suerte de “doble nacionalidad” habilitó a sus hijos para ser monarcas de dos reinos. Al morir Felipe V, el reino de España pasó al primogénito, como Fernando VI. Su hermano menor, Carlos, sin otra ocupación más que cazar bichos, a los 17 años, en 1734, juntó un ejército de 16.000 infantes y 5000 caballeros, y se fue al Reino de Nápoles a cazar austríacos, que mantenían sojuzgado el Reino de las Dos Sicilias. Ser hijo de una italiana le ayudó no poco a ganarse el aprecio de los napolitanos, casi tanto como entrar triunfante a la ciudad arrojando a la multitud monedas de oro y de plata (no se habían inventado aún los electrodomésticos). También le ayudó el consejo de Bernardo Tanucci, quien por su parte, buscando proponerle al joven rey una amplia política reformista, buscó inspiración en Antonio Genovesi, Ferdinando Galiani y Gaetano Filangieri, prestigiosos economistas napolitanos y autores de obras memorables. El primero fue designado para enseñar economía en la primera cátedra de esa ciencia que se creó en Europa. En España, entre tanto, en 1759 fallecía el rey Fernando, y su sucesor natural era su hermano, domiciliado en Nápoles. Carlos pasó, pues, a España, para reinar como Carlos III. Llevó consigo algunos colaboradores y emprendió una política reformista como había hecho en Nápoles, ahora apoyado por las Sociedades Económicas de Amigos del País. En la de Zaragoza promovió crear la primera cátedra de Economía de España, confiada a Lorenzo Normante y basada en las Lezioni di Commercio de Genovesi (publicadas en 1765), cuya versión castellana realizaba Victorián de Villava (y apareció en 1785-86). La lectura de ese texto de Genovesi, en versión de Ramón de Salas, le sirvió a Manuel Belgrano –quien por esos años era alumno en Salamanca– para iniciarse en el conocimiento de la economía política.

Madres

“Margaret, ¿sabes dónde está tu hijo ahora?.” Margaret Douglas viuda de Smith miró a su alrededor, buscó ansiosa en todas partes, y no lo halló. Fue hasta una roca cercana, que le servía a la vez de mesa y lugar de juegos, pero tampoco halló a su hijo Adam, de quien era única responsable, pues su esposo había fallecido tres meses antes de nacer el niño. John Douglas, su hermano, salió a buscar ayuda. Se dio la alarma y al cabo de un tiempo el niño Adam Smith, de apenas tres años, fue devuelto por una mujer “gipsy”, autora del secuestro. Smith llegó muy alto: profesor de retórica y bellas letras en Edimburgo, y de Lógica y Filosofía Moral en Glasgow. Dejó la universidad y viajó por Francia y Suiza. Al regresar, en 1767, fue a vivir con su madre en su pueblo natal, Kirkaldy (Escocia), y escribir su obra inmortal, La Riqueza de las Naciones, en la que mostró particular aversión a cualquier tipo de restricción a la libertad y simpatía hacia todo lo conducente a la liberación de la actividad humana, acaso como una respuesta adulta a la terrible impresión del secuestro sufrido en su primera edad. Pero Adam Smith no fue el único economista de importancia estrechamente ligado a su madre. El mismo día en que Smith fue bautizado, el 5 de junio, nacía en 1883 John Maynard Keynes, hijo de Florence Ada Brown y John Neville Keynes. Roy Harrod, discípulo y biógrafo de Keynes, así describió a Florence: “La señora Keynes fue, en realidad, una gran pionera. Es posible que su humanitarismo práctico produjera en el joven espíritu de Maynard impresión más profunda que las doctrinas abstractas de los filósofos sociales, que a veces estaban un poco distanciadas de las sórdidas realidades. Maynard podía ver en sus actividades el espíritu reformador de Cambridge convertido en realidad y aliviando a personas necesitadas”. Este rasgo de su madre influyó en las preocupaciones intelectuales de Keynes, quien identificaría como causa de las miserias sociales la incapacidad de la economía para tener pleno empleo. Pronto, en 1914, comenzó a ver que un gasto público conscientemente orientado podía ayudar a disminuir la desocupación. En carta a su madre, del 9 de agosto de ese año, decía: “Cuando el dinero se puede gastar provechosamente en mejoras sustanciales y en su mayor parte sirve para pagar trabajadores que de otro modo estarían desocupados, los argumentos en favor de gastar son muy fuertes”.

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