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Domingo, 10 de febrero de 2008

EL BAUL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Y el cambio ¿dónde está?

La proeza del hombre fue renunciar a su propia inclinación agresiva hacia otros y asociarse a ellos para producir sus bienes necesarios. Pero ni la producción ni la satisfacción de necesidades habrían sido posibles sin intercambio, ni éste sin empleo de dinero. Y aún cabe añadir: el intercambio se dificulta sin el fraccionamiento de la moneda en denominaciones suficientemente pequeñas, disponibles en precisas cantidades. La experiencia milenaria llevó a usar metales para fabricar monedas: metales preciosos para las de mayor valor, y metales ordinarios (como el cobre) para las menos valiosas –moneda fraccionaria o divisionaria– (el “cambio”). ¿Qué cantidad de dinero necesita un país para atender su intercambio? La pregunta apareció con el dinero mismo, y halló respuestas clásicas en las obras de Petty, Smith y Marshall. El dinero no se gasta, destruye ni desaparece por solo usarse una vez en el intercambio: cumplida esa tarea, sirve para otra vez. ¿Cuántas? Por cada vez, el dinero multiplica su capacidad de permitir el intercambio. Si Y es la masa de bienes producidos en un año, M la cantidad de dinero y V el número de veces que se emplea M (velocidad-ingreso del dinero), es Y = MV. Alfred Marshall se ocupó en establecer qué cantidad de M era necesaria en un país, y propuso que M = KY (K = 1/V). Dado el valor de Y, K expresa las preferencias de los particulares por poseer dinero en efectivo. Cabría añadir: dinero de distintas denominaciones: monedas de 0.05, 0.10, 0.25, 0.50, 1.00, etc. Si el proveedor de moneda no acierta con las cantidades requeridas de distintas denominaciones, habrá dificultades para adquirir productos y servicios. Como decía Petty (1662): “Existe cierta medida y proporción del dinero requerido para conducir el comercio de una nación, y mayor o menor cantidad de él lo perjudicará. Igual que existe cierta proporción de Farthings necesarios en el pequeño comercio minorista”. El método tradicional llega a su fin y sólo subsiste en sociedades atrasadas. ¿Cómo pagar $ 2,049 (1 litro de nafta súper) con dinero de metal? La tarjeta magnética recargable permite pagar con cuantos decimales se deseen, sin que jamás falte cambio o deba redondearse un precio. De igual modo que con el voto electrónico jamás podrían faltar boletas para sufragar. En uno y otro caso sólo hace falta voluntad de cambiar. ¿O es que el no cambiar le sirve a alguien?

Dos Argentinas

Alejandro E. Bunge y Juan D. Perón utilizaron en la década de 1940 la expresión “nueva Argentina”, que aludía a un país integrado, en lo social y en lo regional. El ferrocarril, tal como había predicho Alberdi, fue el gran unificador del territorio y movilizador de producciones y productores. Cierto es que distinguía entre pasajeros de primera y de segunda, pero ello era herencia del pasado inglés y no era un factor de discriminación social. Suprimir la gigantesca red ferroviaria sí constituyó un instrumento de la regresión social. Como también lo fue el modo indigno de reestablecer ciertos servicios ferroviarios. En estos días, cuando aún no se habían disipado las quejas de cientos de pasajeros varados en medio de Mar del Plata y Buenos Aires, un hecho similar acaba de ocurrir en el servicio ferroviario que une Posadas y Buenos Aires, conocido por el emblemático nombre de “El Gran Capitán”, cuyo uso entendemos que debería prohibirse a la empresa Trenes Especiales Argentinos, perteneciente a la provincia de Corrientes, de la cual la Secretaría de Transportes de la Nación dice que no está habilitada, o lo está sólo con carácter provisorio y precario, hasta efectuarse el correspondiente llamado a licitación. El “Gran Capitán” quedó varado en Basavilbaso, Entre Ríos, a 300 km de la Capital, durante nueve horas, lapso en el que la empresa TEA poco hizo para aliviar la penosa espera de 700 pasajeros en el tren, sin agua, aire fresco, ni comida, y la de otros 700 que aguardaron todo un día en Retiro para realizar el viaje a Posadas con la misma formación, porque en total el viaje duró 47 horas. El pasaje en clase turista sale 30 pesos, un tercio del pasaje en micro. Un caso similar, de abandono y menosprecio al pasajero, se verificó en el servicio Constitución-Mar del Plata, gestionado por otra empresa, lo que lleva a pensar que se está ante una política oficial de tirar abajo el servicio ferroviario si el pasajero es de condición baja o media, mientras otro es el planteo cuando se prevé invertir una ingente suma de fondos públicos en otro servicio ferroviario, el tren bala, cuyos usuarios naturalmente no podrán ser pasajeros de limitados recursos. De tal modo, parece revelarse una doble política ferroviaria, una para pobres y otra para ricos. Como aquel cliente de un restaurant, que primero pidió polenta y después caviar, porque decía tener parásitos, y primero les daba de comer a los bichos y después comía él.

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