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Domingo, 28 de agosto de 2011

ENFOQUE

El mal ejemplo

 Por Claudio Scaletta

Frente al pensamiento económico convencional caben dos sensaciones encontradas. El desdén por sus reiterados fracasos sistémicos para generar bienestar para la mayoría de la población y la admiración por su capacidad para construir sentido común.

Sobre el desdén puede argumentarse que sólo surge de un juicio de valor. No se le puede pedir a la ortodoxia que satisfaga aquello que no forma parte de sus objetivos: el desarrollo con inclusión. Sobre la coexistente admiración vale aclarar que no es esquizofrenia. Karl Marx, por ejemplo, el principal crítico del capitalismo del siglo XIX, admiraba profundamente al sistema que criticaba. En particular, la capacidad transformadora de sus fuerzas productivas materiales. En cambio, un pensamiento económico que en su desarrollo y aplicación acentuó las peores tendencias del capitalismo, que generó pobreza, aumentó el desempleo, concentró la riqueza y que, además, propone en el presente resolver las crisis con las mismas recetas recesivas que fracasaron sistemáticamente desde hace 80 años, no parece mostrar flancos para ser admirado.

Sin embargo, a la vez que provoca estos resultados, esta corriente fue capaz de convencer a las poblaciones de que poseía, y todavía posee, la receta correcta para algunos problemas principales. Buena parte de la sociedad cree que entre sus filas se encuentran los “economistas serios” y que es a ellos a quienes debe recurrirse si el objetivo es combatir la inflación o los déficit, o para buscar “eficiencia” microeconómica. Pero el mayor éxito de este pensamiento convencional fue hacer creer que sus acciones son guiadas por un saber técnico y desideologizado; por la pura “economía” sin nada de “política”.

Como la aplicación local de la ortodoxia no resiste el análisis de resultados, en el presente la corriente evita la introspección y se contenta con la crítica del otro. Lo hace de la manera que mejor sabe, intentando construir nuevos sentidos comunes. El principal apunta a la explicación de las causas del crecimiento record.

Hace algunas semanas, la “Unidad de inteligencia” de la conservadora revista británica The Economist, habitual espacio de difusión de las ideas del poder financiero y medio al que, huelga decir, le resulta antipático el proceso económico iniciado en Argentina en 2003, publicó un gráfico de gran impacto visual. Un cuadro que no contiene ninguna revelación especial y que se limita a yuxtaponer las tasas de crecimiento del producto de un grupo de 27 países entre el cuarto trimestre de 2007 y el segundo de 2011. En el ranking, Argentina ocupa el podio en el tercer lugar, detrás de China e India. El impacto de la posición argentina es tan fuerte que puede nublar que todo el G-7, con la solitaria excepción de Alemania, experimentó durante el período caídas importantes en sus ingresos per cápita.

Frente a la contundencia de los números, que incomodan al establishment internacional por su carácter de “mal ejemplo”, el sentido común que se intenta crear es la idea de que, en realidad, el crecimiento se debe a los buenos precios de las exportaciones. Todo obra de la suerte. Si en el límite el razonamiento se ajusta al copyright de la Mesa de Enlace, puede completarse con que todo fue gracias a la soja y los cereales.

La verdad es muy distinta. Primero, porque la magnitud del crecimiento local es muy superior a la de países que disfrutaron de condiciones externas similares. Luego, porque la mejora de los términos del intercambio (TI: la relación entre las canastas de exportaciones y de importaciones) no se traduce en mejoras de vida para la mayoría de la población sino a través de determinadas políticas económicas.

Existen contraejemplos cercanos. Por razones muy similares a las actuales, los ’90 también fueron un período de mejora de los TI. El anterior período de auge había ocurrido entre los ’50 y los ’60. En ambos casos hubo crecimiento del Producto, no sólo para el país, sino para toda la región. En las décadas del ’50 y del ’60, la inversión alimentó procesos de sustitución de importaciones, con mejoras de la distribución del ingreso y el nivel de empleo. En los ’90, en cambio, la política fue dominada por el Consenso de Washington, con apertura, desregulación y privatizaciones. El crecimiento existió pero, al margen de su insustentabilidad, no llegó a la mayoría de la población. En ambos casos, como en el presente, hubo “viento de cola” y crecimiento del Producto.

Pero en estos períodos la naturaleza del crecimiento y la distribución de sus beneficios al interior de la sociedad fueron abismalmente diferentes. Durante los ’90, América latina se convirtió (medido por el coeficiente de Gini) en la segunda región más desigual del mundo detrás de Africa.

Los buenos precios internacionales, entonces, necesitan de políticas que trasladen los beneficios del sector externo al conjunto de la sociedad, como las orientadas al fortalecimiento del gasto social y el empleo, o el impulso de la industrialización, entre otras. Luego está la dimensión cambiaria. La mejora de los TI puede dar lugar a la “enfermedad holandesa”: la fuerte revaluación por el aumento del flujo de ingresos de divisas por exportaciones, con la consiguiente pérdida de competitividad para el resto de los sectores. En este punto fundamental no es lo mismo que existan o no políticas activas. Dicho de manera rápida: si el viento de cola generó en los ’90 crecimiento del PIB, también provocó revaluación con desindustrialización. En cambio, entre 2003 y 2010, la expansión industrial del 8,1 por ciento promedio anual explicó el 15 por ciento de la expansión económica del período. En su desesperación, el pensamiento convencional intenta desdeñar estas diferencias como aspectos menores de lo que comenzó a denominar “el relato oficialista”

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Imagen: EFE
 
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