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Domingo, 16 de octubre de 2011

ENFOQUE

Cabos sueltos

 Por Claudio Scaletta

Esta semana se destacaron dos noticias vinculadas con uno de los rubros pendientes en la agenda de la política económica: la sustitución de importaciones. Pendiente tanto por su necesidad para el desarrollo de una mayor integración industrial, con su consecuente efecto multiplicador sobre el empleo y el crecimiento, como por la amenaza cíclica de restricción externa. Si bien todavía existe superávit del comercio exterior, la proyección de las tendencias actuales indica que al excedente le queda poco, salvo que exista una decidida intervención pública.

La primera noticia sumó a un proceso en marcha. Una conocida firma de celulares comenzará a fabricar en Tierra del Fuego aparatos que antes importaba y cuyas compras al exterior eran restringidas. La segunda noticia es que algunas automotrices que importan vehículos de lujo compensarán estas compras al exterior con exportaciones de bienes primarios. Si bien esto último no es exactamente sustitución, se trata de un camino para desalentar importaciones motivado también por la amenaza de restricción externa.

Acercar la lupa a este presente y sumar la perspectiva histórica puede ser de utilidad para los próximos cuatro años. A primera vista no parece muy racional generar un polo industrial a 3000 kilómetros del principal centro de consumo, pero pueden argumentarse razones geoestratégicas. En su momento la promoción industrial en Tierra del Fuego tuvo por objeto principal poblar la isla. El período de auge de esta promoción fueron los años ’80 y desde este polo se abastecieron, por ejemplo, el grueso de los televisores de la por entonces nueva tecnología “color”.

Las críticas de la época sostenían que, en realidad, no se estaba desarrollando una industria electrónica en Tierra del Fuego, sino ensambladoras y que, además, los consumidores argentinos pagaban más por estos productos que por los importados. El resultado neto podía ser un flujo de fondos a la isla para pagar la mano de obra del ensamblado, pero también una transferencia desde los consumidores a las empresas. Algunas cifras, reales y relevadas in situ en su momento, sirven para graficar numéricamente esta “transferencia”. Importar las piezas, los componentes de un televisor color, de tubo, de 20’’ costaba 94 dólares. Importar el televisor armado costaba 89 dólares. El producto “fabricado” en Tierra del Fuego se comercializaba en las bocas minoristas de Buenos Aires en torno de los 300 dólares. Las transformaciones de los ’90 terminaron con estos regímenes, un proceso socialmente traumático para la isla, pero no muy diferente al que experimentaron otros polos industriales. El grueso de las fábricas fueguinas desapareció o contrajo drásticamente su producción.

Puede ser preferible la inconsistencia de los ‘80, que al menos generaba empleo, a la desolación de los ’90. Pero si el resultado es que, frente a un cambio de política económica, las fábricas desaparecen, no se está sólo frente a un problema de insustentabilidad, sino también frente a la dilapidación de la inversión social. La magnitud del despilfarro es la sumatoria del diferencial de los precios pagados por los productos locales en relación con los importados, una cuenta pagada por los consumidores.

El “sobrecosto para los consumidores” fue y es el argumento más sólido de la ortodoxia (que nada dice, en cambio, cuando las transferencias se realizan hacia los no transables vía tarifas). Por eso se necesita aclarar que estas transferencias no son malas per se, al contrario; son la esencia de las políticas industriales y el ABC de cualquier política sustitutiva. Una industria nueva necesita un período de aprendizaje hasta adquirir capacidades similares a las de la industria desarrollada, pero este proceso es espurio sin su quid pro quo. Una política industrial consistente presupone que el sector público establezca la contrapartida de metas. El Estado, por ejemplo, reserva mercado a través de un impuesto a productos importados similares y establece barreras paraarancelarias no explícitas. A cambio, la industria emergente debe cumplir con determinadas condiciones: por ejemplo, integración local creciente, precios descendentes, todo convergiendo hacia un punto del futuro en el que el diferencial de precios pagado por el consumidor desaparece.

Cabe indagar si esto es lo que hoy efectivamente sucede con la industria electrónica de Tierra del Fuego o si un cambio de signo gubernamental a mediano plazo puede generar los mismos resultados que en el pasado. La segunda cuestión es si realmente se está frente a un proceso sustitutivo o frente a una intermediación “industrial” del proceso importador que no morigera la tendencia hacia la restricción externa. No es a priori negativo que se importen los bienes intermedios de un proceso fabril, pero no es lo mismo que la relación con el exterior termine en esa importación que si, luego de la agregación de valor local, no sólo se sustituyen una parte de las importaciones (del bien final ahora producido localmente), sino que se compensa exportando una parte de los productos terminados.

Distinta es la situación de la industria automotriz. En este sector las cuentas externas disimulan en muchos casos el comercio intrafirma. No existe un sector automotor estrictamente local, sino que se trata de una plataforma regional en la que la política industrial reserva el mercado regional a las matrices de las potencias con terminales locales. Esta estructura es la que dificulta el impulso de la sustitución, que aparece como antieconómica para las matrices y que supondría una reversión de las economías de escala ya existentes.

Por último, la exportación de arroz a cambio de la importación de autos. Si el objetivo era frenar la importación de “bie-nes innecesarios” (si tal cosa existe en economía), el proceso ya se agotó: las grandes importadoras están demostrando acabadamente su capacidad para la triangulación y la medida no aumenta las exportaciones. No es lo mismo para las firmas más chicas, aunque con el tiempo seguramente también encontrarán la forma de triangular.

La conclusión preliminar es que en materia de política industrial en general y sustitutiva en particular, existen muchos cabos sueltos y, vuelta al principio, una política de sustitución de importaciones que aleje la restricción externa es materia pendiente

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Imagen: Enrique García Medina
 
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