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Domingo, 10 de julio de 2011

OPINIóN › PERSPECTIVAS DE LA OCUPACIóN

Detrás de las cifras

 Por Javier Lindenboim *

Es sabido que a la salida de la crisis de 2001 se inició un período de recuperación económica que, a poco andar, se tornó en un lapso de fuerte y persistente crecimiento. A diferencia de otras circunstancias, tal dinamismo se basó en el intenso proceso de regeneración de las empresas pequeñas y medianas. Estas han sido en Argentina las principales fuentes de absorción ocupacional.

Esto explica que hasta 2007 el incremento del empleo tuvo casi tanto empuje como el aumento de la producción. Pese a que la dinámica económica es factor predominante en la determinación de la demanda de trabajo, no siempre se dan circunstancias tan propicias como las observadas en esos primeros años. A las condiciones económicas externas e internas se sumaron los efectos de decisiones favorables como las inspiradas a mediados de 2002 y fortalecidas con el cambio de gobierno en 2003.

Hasta comienzos de 2007 el empleo asalariado creció un 25 por ciento (contando los planes de empleo) o un 35 por ciento excluyéndolos. Mayoritariamente dicha alza se explicaba por el empleo protegido. La construcción duplicó su dotación. La industria creció más de un 40 por ciento al igual que el comercio o el sector financiero.

Sin embargo, de allí en más el panorama se modificó drásticamente. Si en esos años el aumento anual del empleo asalariado era del 6 o 7 por ciento, en el período reciente sólo alcanzó a poco más de un 2 por ciento anual. Y las ramas dinámicas dejaron de ser las productoras de bienes y volvieron como en el pasado a centrarse en los servicios. El estancamiento del empleo asalariado en la industria podría no significar una situación problemática si fuera la consecuencia de un importante aumento de la productividad sectorial, aunque no parece ser ese el caso. De todos modos entre fines de 2006 y fines de 2010 la industria absorbió apenas 2 por ciento más de asalariados, lo que contrasta con el 40 por ciento del cuatrienio precedente. En la construcción el estancamiento ha sido más intenso aún.

Este comportamiento se expresa en el peso sectorial de los asalariados. En 2003 los trabajadores de la industria eran el 15 por ciento del total y hacia fines de 2010 dicho porcentaje no había variado. No estaría mal considerar estas realidades al momento de caracterizar la situación presente, lo cual a veces parece realizarse con alguna ligereza. El descenso del peso empleo industrial observado en los noventa se habría consolidado a comienzos del siglo XXI. La construcción aumentó un punto su participación, pasando del 5 al 6 por ciento en igual período.

La mejoría en materia económica y social desde el punto de vista del sector asalariado tiene dos componentes esenciales: la evolución del empleo y la del salario. En los primeros años poscrisis el factor decisivo ha sido la ampliación del número de trabajadores. En el lapso más reciente ese factor dinámico casi ha desaparecido. Y las posibilidades de que la remuneración del trabajo sea la base de un mejoramiento –de tener lugar– se asentarían en el devenir de las convenciones colectivas frente al comportamiento de los precios. Pero los ajustes convencionales no alcanzan a los trabajadores privados precarios y en lo relativo a los estatales no parece que sus sueldos hayan podido “subir por el ascensor”, es decir haber alcanzado a la variación de precios. Con lo cual no es fácil imaginar un “reparto de la torta” más equitativo.

Reconocer y analizar este heterogéneo comportamiento en el sector asalariado resulta un requisito para identificar y operar las acciones conducentes a su modificación en un sentido de mayor protección al trabajador y de fortalecimiento del crecimiento con equidad. Con prescindencia de la relevancia asignada a este tema deberíamos preocuparnos por él con un espíritu menos inmediatista y en procura de mejor información de soporte. Los tiempos electorales pueden ser una ocasión propicia

* Director del Ceped UBA/Conicet.

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