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Domingo, 10 de octubre de 2010

MUNDO FINANCIERO › REFUGIO ANTE LA INCERTIDUMBRE GLOBAL

La fiebre del oro

 Por Carlos Weitz

La quimera del oro es una de las películas más logradas dirigida y actuada por Carlitos Chaplin. La filmación realizada en 1925 se sitúa en las heladas regiones de Alaska, donde habría tenido lugar la llamada “fiebre del oro” ocurrida entre finales del siglo XIX y principios del XX. Chaplin relata con crudeza y humanidad el drama de cientos de hombres dispuestos a todo con la única esperanza de salvar su existencia hallando oro. Un siglo más tarde, el oro sigue siendo uno de los metales mas codiciados del planeta, atrayendo –ahora en forma un poco más civilizada–- a inversores de distintas latitudes. Precisamente esta semana el precio de la onza de oro al contado alcanzó un nuevo record en el mercado de Londres, al superar los 1350 dólares. El metal volvió a actuar como refugio para los inversores frente a las incertidumbres que plantea el escenario económico internacional. En lo que va del año, el oro ya se ha revalorizado más de un 17 por ciento, y si se lo compara con la década pasada, la suba supera un 300 por ciento.

De acuerdo con un informe presentado esta semana por la agencia noticiosa Reuters, la gente más rica del planeta se ha volcado a comprar oro en respuesta a sus dudas sobre el vigor de la recuperación económica. Algunos han ido directamente a comprar el oro físico, mientras que otros han preferido otras alternativas para apostar al metal, como son la compra de acciones de empresas mineras o productos que cotizan en los mercados de contado o de futuros. Si bien la inversión en oro físico no paga cupones de intereses como los bonos, ni distribuye dividendos como las acciones, suele considerarse un buen resguardo en épocas de tasas de interés bajas e incertidumbre.

Distintos fondos de inversión de primera línea recomiendan a sus clientes de mayores recursos que mantengan posiciones en oro u otros metales con precios cercanos al 10 por ciento de sus inversiones totales. La mayor parte de la investigación económica sugiere que la evolución del precio del oro es muy difícil de predecir en plazos cortos o medianos, siendo las probabilidades de pérdidas y ganancias bastante parejas. En tal sentido, pocos temas dividen tanto al mundo inversor como las opiniones respecto del vil metal como inversión. Mientras que algunos creen que constituye efectivamente un refugio natural ante riesgos inflacionarios, otros piensan que el mercado del oro se ha convertido en una nueva burbuja similar a la ocurrida con los valores tecnológicos en los ’90, o con la burbuja hipotecaria en la década pasada. En esta línea de pensamiento se ubica el conocido gurú financiero George Soros, quien ha descripto el alza en el precio del oro como “la última burbuja”.

Economistas como Kenneth Rogoff sostienen que el elevado precio del oro se debe al “espectacular surgimiento de Asia, América latina y Oriente Medio en la economía global. Mientras legiones de nuevos consumidores ganan poder adquisitivo, la demanda inevitablemente aumenta, y hace subir el precio de las materias primas escasas”.

La realidad muestra que el oro se está volviendo una inversión cada vez más popular, ampliándose a sectores que hasta hace poco tiempo lo veían como una alternativa complicada. Es cierto también que en muchos casos los inversores minoristas suelen ser “los últimos en enterarse” de inversiones que ya han tenido un importante recorrido alcista, y su entrada en esos activos coincide con la salida de inversores más sofisticados que ya han realizado importantes ganancias. Este tipo de criterios científicos utilizaba Joseph Kennedy, reconocido especulador en Wall Street durante la década de 1920, luego presidente de la Comisión de Valores estadounidense, cuando debía decidir cómo invertir su dinero. Kennedy sostenía que el momento exacto de vender un determinado activo financiero era cuando el chico que le lustraba los zapatos le recomendaba precisamente invertir en ese valor

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