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Lunes, 4 de agosto de 2008

TEATRO › HOY SE HARá UN HOMENAJE A TEATRO ABIERTO

La memoria grabada a fuego

Frente a lo que queda del Teatro del Picadero, cuya demolición total pudo evitarse, un grupo de teatristas se reunirá para rendirle tributo a un emblema de la resistencia cultural a la dictadura. Se verán escenas de Gris de ausencia, de Tito Cossa.

 Por Hilda Cabrera

Aquel texto leído el 28 de julio de 1981, cuando Teatro Abierto nació en el Teatro del Picadero, quedó grabado en la memoria de quienes se organizaron desde la cultura como otra forma de resistencia a la dictadura militar. El texto escrito por el dramaturgo Carlos Somigliana y leído por el actor Jorge Rivera López –entonces presidente de la Asociación Argentina de Actores– dejaba en claro razones y sentimientos: “Porque aspiramos a que nuestro valor se sobreponga a cada uno de nuestros miedos. Porque necesitamos encontrar nuevas formas de producción que nos liberen de un esquema chatamente mercantilista. Porque amamos dolorosamente a nuestro país y éste es el único homenaje que sabemos hacerle. Porque encima de todas las razones nos sentimos felices de estar juntos”. Vale la pena recordar estos fragmentos porque la actitud que transparentan permitió la supervivencia de un teatro entonces desplazado, al que hoy se rinde homenaje en un acto que se llevará a cabo a partir de las 18.30 frente a lo que ha quedado del Teatro del Picadero. Entre otras actividades, habrá una muestra de gigantografías de la fotógrafa Julie Weisz y se verán escenas de Gris de ausencia, obra de Roberto Co-ssa, por integrantes de TA.

El encuentro recibe el apoyo de la Subsecretaría de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura de la ciudad que, junto a la Subsecretaría de Planeamiento Urbano, participó del acuerdo judicial con la empresa constructora D’ Buenos Aires para dejar sin efecto la demolición total del Picadero, de acuerdo con lo estipulado por la Ley Nacional 14.800. Ese teatro –en parte ya destruido, ubicado en el pasaje Enrique Santos Discépolo 1847– estuvo a punto de desaparecer bajo la piqueta. Fue en 2006, cuando la agrupación civil Basta de Demoler hizo público el hecho y presentó un recurso de amparo que –sumado al pedido de Argentores (entidad que preside Cossa) y los reclamos de otras asociaciones– frenó en 2007 la demolición, ya entonces sólo de la fachada. La administración de ese espacio correrá por cuenta de D’ Buenos Aires, quedando sellado además el compromiso de la empresa “de recuperar y preservar la fachada original y el ámbito teatral del predio”, y dejar abierta la posibilidad de “una eventual cesión en comodato al Ministerio de Cultura de la ciudad”.

Cuando Somigliana escribió el texto inaugural no imaginaba qué sucedería días después. Se habían estrenado ya, ante un público que entusiasta colmó la sala, Decir sí, de Griselda Gambaro; El que me toca es un chancho, de Alberto Drago; y El Nuevo Mundo, del mismo Somigliana. Eso que sucedió y conmocionó a todos fue el ataque con bombas incendiarias en la madrugada del 6 de agosto de 1981. Según testimonios, el primero en llegar al lugar fue el técnico Abelardo Duarte, a quien –se supo– la policía apremió, haciéndole firmar que todo había sucedido por un desperfecto eléctrico. Otros más acudieron, pero el teatro de 100 butacas ardía sin esperanza de ser salvado. El programa incluía 21 obras (que fueron veinte por cuestiones técnicas), todas breves, para ofrecerlas de a tres en funciones diarias. La propuesta partió de los autores, siendo acaso el más tenaz el fallecido Osvaldo Dragún. A ellos se sumaron directores, intérpretes, iluminadores, escenógrafos, vestuaristas, músicos y técnicos, involucrando a unas 200 personas. El respaldo que ofrecieron empresarios de salas, entre ellos Carlos Rottemberg, quien puso a disposición el Tabarís, permitió que el ciclo continuara con la adhesión de un público que había perdido el miedo. El Picadero permaneció inactivo durante años hasta que en 1986 fue acondicionado como estudio de grabación. El 16 de julio de 2001 fue reinaugurado como espacio escénico por el empresario Lázaro Droznes y el director y actor Hugo Midón, a cargo de la dirección artística. No fue aquél un año propicio, y la sala cerró.

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Roberto Cossa, uno de los que luchó para que no se terminara de demoler el Picadero.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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